Orando con el Evangelio

+ Fr. Santiago Agrelo 
Arzobispo de Tánger

EVANGELIO: Juan 11,1-45

En aquel tiempo [un cierto Lázaro, de Betania, la aldea de María y de Marta, su hermana, había caído enfermo. (María era la que ungió al Señor con perfume y le enjugó los pies con su cabellera: el enfermo era su hermano Lázaro).]
Las hermanas le mandaron recado a Jesús, diciendo:
-Señor, tu amigo está enfermo.
Jesús, al oírlo, dijo:
-Esta enfermedad no acabará en la muerte, sino que servirá para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella.
Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro. Cuando se enteró de que estaba enfermo, se quedó todavía dos días en donde estaba.

Sólo entonces dice a sus discípulos:
-Vamos otra vez a Judea.
[Los discípulos le replican:
-Maestro, hace poco intentaban apedrearte los judíos, ¿y vas a volver allí?
Jesús contestó:
-¿No tiene el día doce horas? Si uno camina de día, no tropieza, porque ve la luz de este mundo; pero si camina de noche, tropieza, porque le falta la luz.
Dicho esto añadió:
-Lázaro, nuestro amigo; está dormido: voy a despertarlo.
Entonces le dijeron sus discípulos:
-Señor, si duerme, se salvará.
(Jesús se refería a su muerte; en cambio, ellos creyeron que hablaba del sueño natural.)
Entonces Jesús les replicó claramente:
-Lázaro ha muerto, y me alegro por vosotros de que no hayamos estado allí, para que creáis. Y ahora vamos a su casa.
Entonces Tomás, apodado el Mellizo, dijo a los demás discípulos:
Vamos también nosotros, y muramos con él.]
Cuando Jesús llegó, Lázaro llevaba ya cuatro días enterrado. [Betania distaba poco de Jerusalén: unos tres kilómetros; y muchos judíos habían ido a ver a Marta y a María, para darles el pésame por su hermano.] Cuando Marta se enteró de que llegaba Jesús, salió a su encuentro, mientras María se quedaba en casa. Y dijo Marta a Jesús:
-Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano. Pero aún ahora sé que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo concederá.
Jesús le dijo:
-Tu hermano resucitará.
Marta respondió:
-Sé que resucitará en la resurrección del último día.
Jesús le dice:
-Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto?
Ella le contestó:
-Sí, Señor: yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo.
[Y dicho esto, fue a llamar a su hermana María, diciéndole en voz baja:
-El Maestro está ahí, y te llama.
Apenas lo oyó, se levantó y salió a donde estaba él: porque Jesús no había entrado todavía en la aldea, sino que estaba aún donde Marta lo había encontrado. Los judíos que estaban con ella en casa consolándola, al ver que María se levantaba y salía deprisa, la siguieron, pensando que iba al sepulcro a llorar allí. Cuando llegó María adonde estaba Jesús, al verlo se echó a sus pies diciéndole:
-Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano.]
Jesús, [viéndola llorar a ella y viendo llorar a los judíos que la acompañaban, sollozó y] muy conmovido preguntó:
-¿Dónde lo habéis enterrado?
Le contestaron:
-Señor, ven a verlo.
Jesús se echó a llorar. Los judíos comentaban:
-¡Cómo lo quería!
Pero algunos dijeron:
-Y uno que le ha abierto los ojos , a un ciego, ¿no podía haber impedido que muriera éste?
Jesús, sollozando de nuevo, llegó a la tumba. (Era una cavidad cubierta con una losa.)
Dijo Jesús:
-Quitad la losa.
Marta; la hermana del muerto, le dijo:
-Señor, ya huele mal, porque lleva cuatro días.
Jesús le dijo:
-¿No te he dicho que, si crees, verás la gloria de Dios?
Entonces quitaron la losa.
Jesús, levantando los ojos a lo alto, dijo:
-Padre, te doy gracias porque me has escuchado; yo sé que tú me escuchas siempre; pero lo digo por la gente que me rodea para que crean que tú me has enviado.
Y dicho esto, gritó con voz potente:
-Lázaro, ven afuera.
El muerto salió, los pies y las manos atados con vendas, y la cara envuelta en un sudario. Jesús les dijo:
-Desatadlo y dejadlo andar.
Y muchos judíos que habían venido a casa de María, al ver lo que había hecho Jesús, creyeron en él.

Sacramentos para resucitar:

Aquel otro día, “al pasar, Jesús vio a un hombre ciego de nacimiento”. Todavía resuenan en nuestro corazón las palabras que le dijo: “Ve a lavarte a la piscina de Siloé”.

Esas palabras evocan el misterio de nuestro encuentro con Jesús, cuando la Luz nos dijo: “Ve a lavarte a la fuente bautismal”, “ve a Siloé”, “al Enviado”, “a Cristo Jesús”...

Fuimos, nos lavamos, y volvimos con ojos de ver, unos ojos que sólo Dios puede dar.

Hoy, el que es nuestra luz, dice de sí mismo: “Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, no morirá para siempre”.

Y esas palabras, que nos revelan el misterio de Jesús, revelan al mismo tiempo el misterio del bautismo que los catecúmenos se disponen a recibir y que el pueblo de Dios ya ha recibido, y revelan también el misterio de la eucaristía que hoy celebramos: Hoy, a ti que has creído en él, viene “el que es la resurrección y la vida”.

Tu fe lo recuerda con asombro y agradecimiento: “En la Palabra estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres… Y la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros”.

Tu fe dice: “La Palabra habitó entre nosotros”; y el evangelio que se proclama en tu celebración, te ayuda a comprender el significado de lo que dices: La Palabra que es la vida ha venido a ti, ha abrazado tu debilidad, se ha llegado a tu sepulcro, ha descendido a lo hondo de tu mortalidad. La Palabra que es la vida, por amor a ti, habitó contigo en el lugar de los muertos.

Y tú, por la fe y los sacramentos de la fe, has acogido a la Palabra y te has abrazado a la vida: creyendo, vives; comulgando, resucitas.

“La Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros”: Viniendo a ti, la Vida ha apartado la losa de tu sepulcro; viniendo a ti, la Resurrección te liberó de tus ataduras y te dejó andar.

A ti, que gritabas desde lo hondo, te ha visitado la misericordia de Dios, a ti ha venido la redención copiosa. El Señor ha abierto nuestros sepulcros y nos ha hecho salir de nuestros sepulcros, y nos ha infundido el Espíritu que resucitó a Jesús de entre los muertos.

Creyendo, Iglesia cuerpo de Cristo, un día fuiste bautizada en el que es la resurrección y la vida. Creyendo y comulgando, hoy, en la Eucaristía, te haces una con el que es la resurrección y la vida.

Feliz domingo.