Orando con el Evangelio

+ Fr. Santiago Agrelo 
Arzobispo de Tánger

Perdido estaba el hombre. Está.
Entre quedarse con el amor, la toalla o el beso
elige mirar hacia los bosques donde la espesura
no deja ver más que un ramo de oscuros,
los búhos encienden de amarillo sus ojos y
apenas si se escucha una persecución de pájaro
levantando a las hembras los grises de sus alas.

Mirando hoy a Jesucristo, encaramado al pollino, entre triunfos y palmas, alfombras y alegrías, me pregunto con Aleixandre si son puñales o rosas. O a la vez unos y otras.

Los cristianos entendemos, sin embargo, que mereció la pena esta manera de entrar en el sacrificio, anticipándose a una gloria que, después de la Cruz, ya será definitiva.

...La vida también nos trae aplausos y desaires, amores y desventuras. También nosotros entramos en Jerusalén algún que otro domingo entre gozos, hasta que llega el viernes santo y se nos vuelca en el alma todo el dolor de la feliz memoria.

Jesucristo y su amor en la Cruz nos trajeron para siempre la salvación. El pollino tuvo que asombrarse ante tantos olivos alfombrados, ante los gritos de amor que hasta puede que fueran verdaderos. Pero Él conoce la condición del hombre, por eso vino a rescatarlo.

Entonces y ahora, por inalcanzable, estoy seguro que seguirá pensando:

-Yo soy quien soy. Pero no soy de nadie.

Pasión de Nuestro Señor Jesucristo según San Lucas 22,14-23,56

C. [Llegada la hora, se sentó Jesús con sus discípulos, y les dijo:
+ -He deseado enormemente comer esta comida pascual con vosotros antes de padecer, porque os digo que ya no la volveré a comer hasta que se cumpla en el Reino de Dios.
C. Y tomando una copa, dio gracias y dijo:
+ -Tomad esto, repartidlo entre vosotros; porque os digo que no beberé desde ahora del fruto de la vid hasta que venga el Reino de Dios.

En este Evangelio de San Juan quedan en evidencia como pecadores los que van por la vida creyéndose santos.

Me subyuga el gesto de Jesús de mirar a la tierra y escribir sobre ella, mientras los fariseos señalan con el dedo a una mujer desvalida que aguarda un castigo terrible: la lapidación.

Por dos veces Jesús mira a la tierra para que no estalle su luz en los ojos de los intransigentes. Para no regalarles la mirada a quien no se la merece.

...El desprecio más grande es que alguien hable contigo sin mirarte. Jesús no mira a los fariseos porque no los considera dignos de sus ojos, mientras tiene ojos de misericordia para una mujer que transitó un camino equivocado.

...Lo peor es quedarse sin la luz de Dios. El infierno debe ser eso: darte cuenta de que Dios no te mira y sufrir eternamente la sombra.