Corso monache 26 giugnoOrando con el Evangelio

P. Bruno Moriconi, o.c.d.

EVANGELIO: Juan 1,1-18

En el principio ya existía la Palabra,
y la Palabra estaba junto a Dios,
y la Palabra era Dios.

La Palabra en el principio estaba junto a Dios.
Por medio de la Palabra se hizo todo,
y sin ella no se hizo nada de lo que se ha hecho.

En la Palabra había vida
y la vida era la luz de los hombres.

La luz brilla en la tiniebla,
y la tiniebla no la recibió.

La Palabra era la luz verdadera,
que alumbra a todo hombre.

Al mundo vino y en el mundo estaba;
el mundo se hizo por medio de ella,
y el mundo no la conoció.

Vino a su casa,
y los suyos no la recibieron.

Pero a cuantos la recibieron,
les da poder para ser hijos de Dios,
si creen en su nombre.

Estos no han nacido de sangre,
ni de amor carnal,
ni de amor humano,
sino de Dios.

Y la Palabra se hizo carne,
y acampó entre nosotros,
y hemos contemplado su gloria:
gloria propia del Hijo único del Padre,
lleno de gracia y de verdad.

Pues de su plenitud todos hemos recibido, gracia tras gracia: porque la ley se dio por medio de Moisés, la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo.

A Dios nadie lo ha visto jamás: el Hijo único, que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado a conocer.

"La Palabra, en el principio, estaba junto a Dios". La Palabra era Dios, la vida, la luz verdadera.

Un día, ese Dios a quien nadie ha visto nunca, decidió rasgar la tiniebla y plantar su tienda junto a nosotros. La Palabra cambió la vecindad de Dios por la vecindad de los hombres, y el resplandor de la gloria acampó junto a la debilidad de nuestra carne. El que acampa no se protege con puertas blindadas ni con alarmas; su única defensa consiste en confiar en que su misma debilidad y pobreza le defenderán de cualquier codicia.

Tú has venido a vivir así entre nosotros. No vas a imponer nada, no vas a ejercer la fuerza de tu señorío ni a tomar posesión de nuestra tierra con imperativos. Te oiremos decir: "Si quieres"..., "si alguno se quiere venir conmigo...", "estoy a la puerta y llamo; si alguien me abre..." Sabremos que eres Tú porque la caña cascada se enderezará entre tus manos. Porque tu aliento conseguirá que, de la mecha que se apagaba, vuelva a brotar una llamita. No gritarás ni te impondrás con violencia, pero las fuerzas del mal se someterán a tu autoridad, y alguien reconocerá con asombro: "Tú tienes palabras de vida eterna".

"Canten mis labios tus alabanzas, Señor,
por Ti fueron hechas todas las cosas
y fuiste hecho Tú en medio de las mismas;
Tú, que eres el manifestador del Padre
y el creador de su Madre;
Hijo del Padre Dios sin madre,
hijo del hombre de madre sin padre;
gran luz de los Ángeles,
pequeña en la luz de los hombres;
Palabra de Dios antes de los tiempos;
palabra humana en el tiempo oportuno,
creador del sol,
creado bajo el sol"

Jesús es la definitiva Palabra del Padre, igual a Dios mismo, que lo expresa y revela, que crea y que santifica todo: "Al principio existía la Palabra. La Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios. Ya al principio ella estaba junto a Dios. Todo fue hecho por ella y sin ella no se hizo nada de cuanto llegó a existir" (Jn 1,1-3).

En tu proyecto creador el centro es la Palabra. Dios ha creado todo por la Palabra. Todo cuanto existe es palabra tuya. Escuchar es una forma de existir, es acoger la vida que siempre nos viene dada por Dios. Esta Palabra creadora se manifestó, una y otra vez en la historia, a través de los profetas, como palabra de vida y de salvación: "En ella estaba la vida y la vida era la luz de los hombres" (Jn 1,4).

"Y la Palabra se hizo carne y habitó (literalmente: "puso su tienda") entre nosotros". Tú, que eres la Palabra creadora y omnipotente, entras en la historia asumiendo la condición frágil y mortal de todo hombre.

En Ti se encuentra la razón del universo, la plenitud de cuanto existe, el sentido de la historia y la revelación de tus caminos. Lo que es propio de todo hombre, ser "carne", se afirma ahora de la Palabra eterna y divina. Has colocado tu "tienda" en la historia de los hombres, en la debilidad de nuestra carne.

Tú te haces hombre y nos invitas a hacernos también nosotros cada día más humanos, más respetuosos de la dignidad del hombre, porque sólo así seremos cada día más semejantes a Ti, que has querido compartir nuestra condición.


RECUPERAR A JESÚS

Los creyentes tenemos múltiples y muy diversas imágenes de Dios. Desde niños nos vamos haciendo nuestra propia idea de él, condicionados, sobre todo, por lo que vamos escuchando a catequistas y predicadores, lo que se nos transmite en casa y en el colegio o lo que vivimos en las celebraciones y actos religiosos.

Todas estas imágenes que nos hacemos de Dios son imperfectas y deficientes, y hemos de purificarlas una y otra vez a lo largo de la vida. No lo hemos de olvidar nunca. El evangelio de Juan nos recuerda de manera rotunda una convicción que atraviesa toda la tradición bíblica: «A Dios no lo ha visto nadie jamás».

Los teólogos hablamos mucho de Dios, casi siempre demasiado; parece que lo sabemos todo de él: en realidad, ningún teólogo ha visto a Dios. Lo mismo sucede con los predicadores y dirigentes religiosos; hablan con seguridad casi absoluta; parece que en su interior no hay dudas de ningún género: en realidad, ninguno de ellos ha visto a Dios.

Entonces, ¿cómo purificar nuestras imágenes para no desfigurar de manera grave su misterio santo? El mismo evangelio de Juan nos recuerda la convicción que sustenta toda la fe cristiana en Dios. Solo Jesús, el Hijo único de Dios, es «quien lo ha dado a conocer». En ninguna parte nos descubre Dios su corazón y nos muestra su rostro como en Jesús.

Dios nos ha dicho cómo es encarnándose en Jesús. No se ha revelado en doctrinas y fórmulas teológicas sublimes sino en la vida entrañable de Jesús, en su comportamiento y su mensaje, en su entrega hasta la muerte y en su resurrección. Para aproximarnos a Dios hemos de acercarnos al hombre en el que él sale a nuestro encuentro.

Siempre que el cristianismo ignora a Jesús o lo olvida, corre el riesgo de alejarse del Dios verdadero y de sustituirlo por imágenes distorsionadas que desfiguran su rostro y nos impiden colaborar en su proyecto de construir un mundo nuevo más liberado, justo y fraterno. Por eso es tan urgente recuperar la humanidad de Jesús.

No basta con confesar a Jesucristo de manera teórica o doctrinal. Todos necesitamos conocer a Jesús desde un acercamiento más concreto y vital a los evangelios, sintonizar con su proyecto, dejarnos animar por su espíritu, entrar en su relación con el Padre, seguirlo de cerca día a día. Ésta es la tarea apasionante de una comunidad que vive hoy purificando su fe. Quien conoce y sigue a Jesús va disfrutando cada vez más de la bondad insondable de Dios.

José Antonio Pagola


EL ROSTRO HUMANO DE DIOS

La Palabra de Dios se ha hecho carne.

El cuarto evangelio comienza con un prólogo muy especial. Es una especie de himno que, desde los primeros siglos, ayudó decisivamente a los cristianos a ahondar en el misterio encerrado en Jesús. Si lo escuchamos con fe sencilla, también hoy nos puede ayudar a creer en Jesús de manera más profunda. Sólo nos detenemos en algunas afirmaciones centrales.

La Palabra de Dios se ha hecho carne. Dios no es mudo. No ha permanecido callado, encerrado para siempre en su Misterio. Dios se nos ha querido comunicar. Ha querido hablarnos, decirnos su amor, explicarnos su proyecto. Jesús es sencillamente el Proyecto de Dios hecho carne.

Dios no se nos ha comunicado por medio de conceptos y doctrinas sublimes que sólo pueden entender los doctos. Su Palabra se ha encarnado en la vida entrañable de Jesús, para que lo puedan entender hasta los más sencillos, los que saben conmoverse ante la bondad, el amor y la verdad que se encierra en su vida.

Esta Palabra de Dios ha acampado entre nosotros. Han desaparecido las distancias. Dios se ha hecho «carne». Habita entre nosotros. Para encontramos con él, no tenemos que salir fuera del mundo, sino acercamos a Jesús. Para conocerlo, no hay que estudiar teología, sino sintonizar con Jesús, comulgar con él.

A Dios nadie lo ha visto jamás. Los profetas, los sacerdotes, los maestros de la ley hablaban mucho de Dios, pero ninguno había visto su rostro. Lo mismo sucede hoy entre nosotros: en la Iglesia hablamos mucho de Dios, pero nadie lo hemos visto. Sólo Jesús, el Hijo de Dios, que está en el seno del Padre es quien lo ha dado a conocer.

No lo hemos de olvidar. Sólo Jesús nos ha contado cómo es Dios. Sólo él es la fuente para acercarnos a su Misterio. Cuántas ideas raquíticas y poco humanas de Dios hemos de desaprender y olvidar para dejamos atraer y seducir por ese Dios que se nos revela en Jesús.

Cómo cambia todo cuando uno capta por fin que Jesús es el rostro humano de Dios. Todo se hace más simple y más claro. Ahora sabemos cómo nos mira Dios cuando sufrimos, cómo nos busca cuando nos perdernos, cómo nos entiende y perdona cuando lo negamos. En él se nos revela la gracia y la verdad de Dios.

José Antonio Pagola


Al mundo vino.

Toda la tradición bíblica insiste en que el Dios de Israel es un “Dios escondido», según la bella expresión del libro de Isaías. El cristianismo sigue afirmando lo mismo. Es cierto que se ha “revelado» en Jesucristo, pero Dios sigue siendo un misterio insondable y, como decía B. Pascal, «toda religión que no diga que Dios está escondido no es verdadera».

Lo nuevo de la fe cristiana es confesar, a partir de Cristo, que de ese Dios oculto sabemos lo más importante. Tiene su rostro vuelto hacia nosotros, pues su misterio insondable es un misterio de amor. Dios no puede sino mirarnos con amor. Nos lo recuerda san Juan de la Cruz: «el mirar de Dios es amar».

Todo esto puede ser así. Pero lo cierto es que, para muchos, Dios es hoy no sólo un Dios escondido, sino un Dios ausente. Dios se ha diluido en su corazón. Su vida transcurre al margen del misterio. Fuera de su pequeño mundo de preocupaciones, no hay nada importante. Dios es sólo una abstracción. Lo verdaderamente transcendental para ellos es llenar esta corta vida de bienestar y experiencias placenteras. Eso es todo.

¡Sin embargo, el Dios escondido no es un Dios ausente. En el fondo de la vida, detrás de las cosas, en el interior de los acontecimientos, en el encuentro con las personas, en los dolores y gozos de la existencia, está siempre el amor de Dios sustentándolo todo.

Muchos han quedado hoy sin oído para escuchar esa presencia. Pero la vida no ha cambiado. Dios sigue ofreciéndose calladamente en el interior de cada persona y de cada cosa. El mensaje último y decisivo que él pronuncia sobre cada ser humano, lo ha de escuchar cada uno en el fondo de su corazón. Por eso, el primer paso hacia la fe es ponerse a escuchar a ese Dios que ni pregunta ni responde con palabras humanas, pero está ahí, en el interior de la vida, invitándonos a vivir con confianza.

Estamos celebrando estos días la Encamación del Hijo de Dios. Como dice el evangelista san Juan: «A Dios nadie lo ha visto jamás: el Hijo único, que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado a conocer. » Dios sigue escondido pero en Cristo nos ha revelado hasta dónde llega su amor al hombre.

Este es el mensaje último de la fiesta de la Navidad. Dios es amor. Tiene su rostro vuelto hacia nosotros. Nos bendice y nos mira con amor. Como escribió el gran teólogo suizo Karl Barth: “Que está mal, el mundo lo sabe ya; pero no sabe que, por los cuatro costados, está en las manos buenas de Dios. »

José Antonio Pag

 

VIVIR SIN ACOGER

Los suyos no la recibieron.

Todos vamos cometiendo a lo largo de la vida errores y desaciertos de todo tipo. Calculamos mal las cosas. No medimos bien las consecuencias de nuestros actos. Nos dejamos llevar por el apasionamiento o la insensatez. Somos así. Sin embargo, no son ésos los errores más graves. Lo peor es tener planteada la vida de manera errónea. Pongamos un ejemplo.

Todos sabemos que la vida es un regalo. No soy yo quien he decidido nacer. No me he escogido a mí mismo. No he elegido a mis padres ni a mi pueblo. Todo me ha sido dado. Vivir es ya desde su origen recibir. La única manera de vivir sensatamente es acoger de manera activa y responsable lo que se me da.

Sin embargo, no siempre pensamos así. Nos creemos que la vida es algo que se nos debe, que nos pertenece de manera exclusiva. Nos sentimos propietarios de nosotros mismos. Pensamos que la manera más acertada de vivir es organizarlo todo en función de nosotros mismos. Yo soy lo único importante. ¿Qué importan los demás?

Esto tiene consecuencias diversas. Algunos no saben vivir sino exigiendo. Exigen y exigen siempre más. Tienen la impresión de no recibir nunca lo que se les debe. Son como niños insaciables que nunca están contentos con lo que tienen. No hacen sino pedir, reivindicar, lamentarse.

Sin apenas darse cuenta, se convierten poco a poco en el centro de todo. Ellos son la fuente y la norma. Todo lo han de subordinar a su ego. Todo ha de quedar instrumentalizado para su provecho.

La vida de la persona se cierra entonces sobre sí misma. Ya no se acoge el regalo de cada día. Desaparece el reconocimiento y la gratitud. No es posible vivir con el corazón dilatado. Se sigue hablando de amor, pero «amar» significa ahora poseer, desear al otro, ponerlo a mi servicio.

Esta manera de enfocar la vida conduce a vivir cerrados a Dios. La persona se incapacita para acoger. No cree en la gracia, no se abre a nada nuevo, no escucha ninguna voz, no sospecha en su vida presencia alguna. Es el individuo el que lo llena todo.

Por eso es tan grave la advertencia del Evangelio en estos últimos días de la Navidad: «La Palabra era luz verdadera que alumbra a todo hombre. Vino al mundo... y el mundo no la conoció. Vino a su casa y los suyos no la recibieron». Nuestro gran pecado es vivir sin acoger.

José Antonio Pagola


LA ETERNA INFANCIA DE DIOS

Habitó entre nosotros.

No es tan equivocado afirmar que la Navidad es la fiesta de los niños y de aquellos que saben vivir con corazón de niño.

Son ellos los que desde su sencillez, su capacidad de sorpresa y su mirada limpia pueden disfrutar como nadie del regalo de un Dios niño.

A los adultos se nos hace más difícil disfrutar del contenido entrañable de estas fiestas. Lo que nos impide gozar como los niños no es la edad, sino nuestro corazón envejecido, autosuficiente, lleno de egoísmos e intereses. Nuestra vida agitada, polarizada en la búsqueda obsesiva de eficacia, rendimiento, seguridad y bienestar a cualquier precio.

El niño habita un mundo diferente al nuestro. No ha cerrado todavía las puertas de su ser a lo bueno, lo hermoso, lo admirable. No necesita tampoco esconderse detrás de una máscara. Puede revelarse como realmente es, en lugar de dedicarse a proyectar imágenes que agraden, seduzcan y engañen.

El niño es todavía capaz de dar y recibir con gozo. Es un ser abierto. Sabe admirar, acoger, disfrutar. No ha aprendido todavía a manipular a los demás. Su vida es acogida y crecimiento.

La Navidad es una gracia que nos invita a despertar lo que queda en nosotros de ese niño que fuimos, capaces de admirar, escuchar y acoger con sorpresa y gozo el regalo de la vida.

La contemplación de un Dios niño es una llamada a reavivar lo que la ambición, el ansia de seguridad, la obsesión de bienestar y la mentira han podido matar en nosotros.

Paul Claudel, describiendo su conversión, nos recuerda cómo sintió un día de Navidad en la catedral de Notre Dame de París «el sentimiento desgarrador de la inocencia, revelación inefable de la eterna infancia de Dios». Sorprendido y sollozando, comenzó a salir de su «estado habitual de asfixia y desesperanza».

Cuando uno ha intuido, aunque sea de manera muy elemental y pobre, la eterna infancia de Dios, es difícil seguir siendo el adulto mentiroso y manipulador de siempre.

El niño que todavía hay en nosotros se despierta para acoger a ese Dios, pequeño, «infantil», incapaz de engaños y manipulaciones. Un Dios sencillo, confiable, transparente, acogedor.

No lo olvidemos. En medio de la superficialidad y banalidad que caracterizan con frecuencia a nuestras fiestas navideñas, hay algo que sólo se puede descubrir con corazón de niño: la eterna infancia de un Dios que puede despertar nuestra ternura y nuestra capacidad de amar por puro gozo, como ¡os niños.

José Antonio Pagola