Orando con el Evangelio

+ Fr. Santiago Agrelo 
Arzobispo de Tánger

EVANGELIO: Juan 14,15-21

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
-Si me amáis, guardaréis mis mandamientos. Yo le pediré al Padre que os dé otro Defensor que esté siempre con vosotros, el Espíritu de la verdad. El mundo no puede recibirlo porque no lo ve ni lo conoce; vosotros, en cambio, lo conocéis porque vive con vosotros y está con vosotros.
No os dejaré desamparados, volveré. Dentro de poco el mundo no me verá, pero vosotros me veréis, y viviréis, porque yo sigo viviendo. Entonces sabréis que yo estoy con mi Padre, vosotros conmigo y yo con vosotros. El que acepta mis mandamientos y los guarda, ése me ama; al que me ama, lo amará mi Padre, y yo también lo amaré y me revelaré a él.

VENDREMOS A TI

Lo hemos oído en los Hechos de los Apóstoles: “De muchos poseí-dos salían los espíritus inmundos lanzando gritos, y muchos paralíticos y lisiados se curaban”. En realidad, a la ciudad de Samaria no había llegado un médico capaz de remediar toda enfermedad, ni tampoco un mago ca-paz de dominar con sus poderes las fuerzas del mal; a Samaria había lle-gado sólo la palabra que “predicaba a Cristo”. Llegaba la palabra, y retro-cedía el mal. Llegaba la palabra, y “de muchos salían los espíritus inmun-dos, y muchos paralíticos y lisiados se curaban”.

Mientras escuchabas la narración, tu corazón daba testimonio de que estabas oyendo la verdad, pues también a tu vida había llegado la palabra que “predicaba a Cristo”, y tú habías sido liberado, habías sido cu-rado, habías sido redimido, habías sido salvado.

Y cuando el lector dijo: “La ciudad se llenó de alegría”, ya no pen-saste en Samaria, sino en ti mismo y en la asamblea de la que formas par-te, porque, desde que acogiste la palabra que “predicaba a Cristo”, se te ha dado un gozo que nadie podrá quitarte, el mismo que tienen los que están contigo en esta asamblea santa. En verdad se os puede llamar, “la ciudad que Dios llenó de alegría”.

Luego el lector añadió: “Les imponían las manos y recibían el Espíri-tu Santo”. Entonces tu pensamiento te llevó, no a Samaria sino a la Iglesia en la que fuiste bautizado, a la fuente en la que naciste del agua y del Espíritu, al obispo que te confirmó, a todas las asambleas eucarísticas en las que, recibiendo a Cristo Jesús, has recibido de él el Espíritu que te transforma en ofrenda agradable a los ojos de Dios.

Después de oír lo que el Señor ha hecho contigo, necesitas contarlo y cantarlo: “Venid a escuchar; os contaré lo que ha hecho conmigo”. “Aclamad al Señor, tocad en honor de su nombre, cantad a su gloria”. Cuéntalo una y otra vez a tu corazón, deja memoria de las obras de Dios en todos los rincones de tu vida, en todas las estancias de tu ser, de mo-do que siempre cante quien siempre recuerda, quien siempre agradece, quien siempre ama. Cuéntalo a la creación entera, para que toda ella can-te contigo la gloria de Dios.

Con todo, todavía no has hecho más que acercarte al misterio de salvación que estás celebrando. Acoger la palabra que “predica a Cristo”, significa en realidad “amar a Cristo”, y también “guardar sus mandamien-tos”. Si acoges la palabra que “predica a Cristo”, la gracia te redime; si amas a Cristo, él le pedirá al Padre que te dé otro Defensor que esté siempre contigo, el Espíritu de la verdad. Si acoges la palabra que “predica a Cristo”, Dios llenará de alegría la ciudad; si amas a Cristo, guardarás sus mandamientos, y el Padre te amará, Cristo te amará, Cristo se te reve-lará. Si acoges la palabra que “predica a Cristo”, pasarás de la esclavitud a la libertad, del pecado a la gracia, de la muerte a la vida; si amas a Cristo, guardarás su palabra, y el Padre te amará, y vendrán a ti, y harán morada dentro de ti. Tú acoges la palabra de Dios, y es para ti la Pascua del Se-ñor, el paso liberador de Dios por la vida de los esclavos; tú acoges la pa-labra de Dios, y tu vida se llena de alegría porque se ha llenado de Dios.

Ahora ya puedes cantar el cántico nuevo, el de la Pascua última: “Grandes y maravillosas son tus obras, Señor, Dios omnipotente; justos y verdaderos tus caminos, ¡oh Rey de los siglos!”.

Aún así, no hemos hecho más que asomarnos al misterio que cele-bramos. Has oído al Señor que te decía: “Si alguno me ama, guardará mi palabra, y mi Padre lo amará y vendremos a él”. Vendrá a ti el que amas, vendrá a ti el que te ama; vendrá a ti, como palabra para ser creída; ven-drá a ti, como pan de vida para ser comulgado; vendrá a ti, como pobre para que lo acudas en su necesidad. Él vendrá a ti: si le acoges, tu vida será un canto de amor en la ciudad que Dios llenó de alegría.