Orando con el Evangelio

+ Fr. Santiago Agrelo 
Arzobispo de Tánger

EVANGELIO: Juan 3,14-21

En aquel tiempo dijo Jesús a Nicodemo:
-Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del Hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna.
Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único, para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vicia eterna.
Porque Dios no mandó a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por él.
El que cree en él, no será condenado; el que no cree, ya está condenado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios.
Esta es la causa de la condenación: que la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron la tiniebla a la luz, porque sus obras eran malas.
Pues todo el que obra perversamente detesta la luz, y no se acerca a la luz, para no verse acusado por sus obras.
En cambio, el que realiza la verdad se acerca a la luz, para que se vea que sus obras están hechas según Dios.

Un amor que todo lo transforma

Lamentación, eso es hoy la plegaria de la comunidad eclesial: llanto “con nostalgia de Sión”.

Nostalgia… Si entro en el corazón de un emigrante hallaré nostalgia de hogar, da familia, de calor humano, de una vida de trabajo y de amor.

Nostalgia… de verdad, de lealtad, de solidaridad, de humanidad.

Nostalgia… de bondad, de belleza, de amor, de felicidad, de vida.

Nostalgia… de justicia, de igualdad, de fraternidad, de libertad, de paz.

Nostalgia, lamento, llanto, porque nos falta el aire en un mundo asfixiado de violencia, de egoísmo, de odio, de arrogancia, de prepotencia.

Nostalgia, porque, en un mundo en el que sobra pan, millones de personas mueren de hambre; lamento, porque se invierte en instrumentos de muerte lo que los pobres necesitan para vivir; llanto, porque unos pocos roban lo que es de todos; nostalgia, lamento, llanto, porque de los esclavizados se pretende que canten para quienes los esclavizan, y de los oprimidos, que diviertan a los opresores.

Para ti, Iglesia en camino hacia la Pascua; para ti que, con nostalgia de un mundo nuevo, de una humanidad nueva, te reúnes en oración; para ti, que vive en comunión dichosa con los pobres; para ti, para ellos, para la humanidad entera, es el mensaje de gracia que hoy se te revela: “Dios, rico en misericordia, por el gran amor con que nos amó… nos ha hecho vivir con Cristo”… “nos ha resucitado con Cristo y nos ha sentado en el cielo con él”. Para ti es el evangelio, inaudito, increíble, la locura de Dios que hoy se te anuncia: “Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en él”.

Por si no hubieses reparado en ello, recuerda que en esa revelación asombrosa se te habla de Dios, de su corazón, del lugar que ocupas en ese corazón.

Recuerda que en esa revelación se habla de ti, de tu destino final, de que ya eres, misteriosamente unida a Cristo en los sacramentos, lo que has de ser eternamente unida a él en el cielo.

Recuerda que esa revelación transforma en bienaventuranza tu nostalgia, en súplica tu lamentación, en canto de esperanza tu llanto.

Recuerda que eres hechura de Dios, que eres humanidad recreada en Cristo Jesús, que ya no caben en ti más obras que las de Cristo Jesús, que ya no cabe en ti sino lo que añorabas: las obras “que Cristo Jesús nos asignó para que las practicásemos”.

“Que se me pegue la lengua al paladar si no me acuerdo de ti”, Dios mío, si no pongo a Cristo Jesús en la cumbre de mis alegrías, si dejo de soñar un mundo según tu corazón, si dejo de trabajar por una humanidad de hijos de Dios.

¡Ven, Señor Jesús!