Orando con el Evangelio

P. Bruno Moriconi, o.c.d.

EVANGELIO: Lucas 6,27-38

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
-A los que me escucháis os digo: Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os odian, bendecid a los que os maldicen, orad por los que os injurian.
Al que te pegue en una mejilla, preséntale la otra; al que te quite la capa, déjale también la túnica. A quien te pide, dale; al que se lleve lo tuyo, no se lo reclames.
Tratad a los demás como queréis que ellos os traten. Pues, si amáis sólo a los que os aman, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores aman a los que los aman. Y si hacéis bien sólo a los que os hacen bien, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores lo hacen.
Y si prestáis sólo cuando esperáis cobrar, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores prestan a otros pecadores con intención de cobrárselo.
¡No! Amad a vuestros enemigos, haced el bien y prestad sin esperar nada: tendréis un gran premio y seréis hijos del Altísimo, que es bueno con los malvados y desagradecidos.
Sed compasivos como vuestro Padre es compasivo; no juzguéis y no seréis juzgados; no condenéis y no seréis condenados; perdonad y seréis perdonados; dad y se os dará: os verterán una medida generosa, colmada, remecida, rebosante.
La medida que uséis la usarán con vosotros.

Imitadores del amor que es Dios

Si digo que creo, no me doy una cita con la eventualidad de un enigma, sino que me adentro en un misterio de amor.

Mi fe es fe en el amor.

Y si alguien me recuerda que la fe sólo puede ser fe en Dios, yo le recordaré que el Dios de mi fe es amor.

El salmista lo confesó a su manera, diciendo: “El perdona… él cura… él rescata… él colma de gracia… él es compasivo y misericordioso”.

El Hijo se lo reveló así a un desconcertado Nicodemo: “Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna”.

Ese Hijo entregado es la misericordia de Dios que perdona, es medicina de Dios que cura, es fuerza de Dios que libera, es bondad de Dios que nos colma de gracia.

Vosotros, hermanos míos, no sois una secta de ilusos, sino el pueblo del amor que es Dios, un pueblo de redimidos, una comunidad de hijos amados de Dios.

Sólo el amor de Dios da razón de lo que sois.

En ese amor ahonda sus raíces la paz del corazón, la esperanza que nos anima, la confianza con que vivimos.

Sólo de ese amor puede nacer el salmo de alabanza: “Bendice, alma mía, al Señor, y todo mi ser a su santo nombre. Bendice, alma mía, al Señor, y no olvides sus beneficios”.

Sólo ese amor da razón de nuestra forma de vida.

Todos conocéis vidas de las que es razón el dinero, el poder, la ambición, la vanidad, el fanatismo, el odio: vidas tanto más perdidas cuanto más hayan sido entregadas a la razón por la que se ha escogido vivir.

Y todos, si sois de Cristo Jesús, sabéis que de vuestra vida ha de dar razón el amor.

Éste es el mandato que hemos recibido del que nos amó hasta dar su vida por nosotros: “Que os améis unos a otros como yo os he amado”.

Y por si alguno quisiera pensar que el amor al que somos llamados ha de estar reservado para los de nuestra casa, para los de nuestra fe, el que por todos vivió y murió, quiso que a todos amáramos, quiso que por todos perdiésemos la vida: “Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os odian, bendecid a los que os maldicen, orad por los que os injurian”.

Amar, amar sin medida, amar sin fronteras, como ama el Padre del cielo, como nos amó el Hijo en el que creemos, con el que vivimos en comunión y del que recibimos el Espíritu del amor.

Como creyentes en Cristo, se nos reconocerá por la compasión y la misericordia.

Feliz domingo.