Orando con el Evangelio

+ Fr. Santiago Agrelo 
Arzobispo de Tánger

EVANGELIO: Juan 10,27-30

En aquel tiempo, dijo Jesús:
-Mis ovejas escuchan mi voz, y yo las conozco y ellas me siguen, y yo les doy la vida eterna; no perecerán para siempre y nadie las arrebatará de mi mano.
Mi Padre, que me las ha dado, supera a todos y nadie puede arrebatarlas de la mano de mi Padre.
Yo y el Padre somos uno.

No llores por los pobres: llora por sus verdugos

Hace seis años, en el domingo del Buen Pastor, hacíamos memoria de tres emigrantes muertos en el mar que separa España de Marruecos. Entonces escribí: « Si una sociedad concede más valor a la economía que a las personas, si se preocupa más de rescatar bancos que de rescatar náufragos, si pone las leyes del mercado por encima de las leyes del mar, esa sociedad habrá dejado de respetarse a sí misma, se habrá vendido a la indiferencia con que ella misma será enterrada, se habrá subido ya a la patera en la que ella misma habrá de naufragar.»

Hace tres años, en torno al mismo domingo, llevábamos alimentos a los emigrantes que, en el bosque de Beliones, sobreviven mientras esperan una oportunidad para entrar en la ciudad vallada de Ceuta. Y sólo pudimos ser testigos mudos de cómo los metían en furgonetas del ejército y se los llevaban delante de nuestros ojos.

Hoy el mar ha devuelto a una playa de la provincia de Cádiz el cadáver de un adolescente, desaparecido en el naufragio de la última patera.
Hoy, frente a las costas de Túnez, se han ahogado 70 emigrantes.

Domingo del Buen Pastor. En la misa escuchamos las palabras del salmista: “La misericordia del Señor llena la tierra; la palabra del Señor hizo el cielo”. Y habremos de conjugar lágrimas de víctimas y misericordia de Dios, impotencia del creyente y memoria del poder creador de Dios.

Esa síntesis imposible para el hombre, propia del Reino de Dios, la hará en ti, Iglesia amada del Señor, el Espíritu de Cristo. Sólo él sabe aunar lágrimas y alegría, debilidad y victoria, abajamiento y enaltecimiento.

Fíjate en tu Señor, en tu Pastor. Si lo reconoces en Jesús de Nazaret, ves que se hizo siervo de todos y dio la vida por sus ovejas. Si lo contemplas en la Eucaristía, su servicio y su vida entregada se te revelan en un pan consagrado, fraccionado, repartido y comulgado. Si lo ves en ti misma, ves que todavía hace suya tu debilidad, hace suyas tus lágrimas, hace suyos tus deseos de liberación. Si lo ves en los pobres, ves que en unos es olvidado, en otros perseguido, en todos menospreciado. Si lo ves en los emigrantes, el corazón se te encoge de pena porque, en ellos, todavía continuamos atormentado y crucificando a nuestro Señor. Es tu Señor el que es empujado a las furgonetas del ejército para ser desplazado lejos de las fronteras de un país de epulones, de amos, de dueños. Es tu Señor el que se arena cadáver en nuestras playas. Es tu Señor el que se ahoga en las aguas de nuestros mares.

Una vez más tu Señor ha sido humillado y vejado y abandonado como un no hombre, como un sin derechos, como uno de quien Dios se ha olvidado. Pero tú sabes que, en su debilidad, él es siempre tu Señor, él es siempre tu Pastor, él es el Resucitado a quien se ha dado para siempre todo poder.

Por eso hoy confiesas con las víctimas y se lo recuerdas a los verdugos: “Sabed que el Señor es Dios, que él nos hizo y somos suyos”.

Por eso hoy tú y tus pobres y tus muertos cantaréis con el salmista: “El Señor es bueno, su misericordia es eterna, su fidelidad por todas las edades”. Vuestro salmo resonará en la catedral y en las furgonetas del ejército y en las aguas de todas las fronteras; vuestro salmo resonará en la asamblea del débil rebaño del Hijo de Dios, y en el corazón de aquellos a quienes el poder priva del derecho a un futuro digno del hombre.

Esa misma bondad, la misma misericordia, la misma fidelidad, que son la esperanza de los pobres, harán justicia de quienes sin piedad los condenan hoy a muerte.

No llores, madre Iglesia, por los pobres: llora por sus verdugos.