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Eran 49 en Abilinia los cristianos obligados a esconderse. No sabemos si alrededor había navajas o lunas encubridoras o los soldados prepararon emboscadas detrás de las palmeras. Seguramente, entre los 49, más de un niño lloraría indefenso y algún que otro anciano pediría fuerza a las estrellas.

Eran 49 y Diocleciano los sorprendió cuando partían el Pan, semiescondidos, bajo las hojas de un platanar donde no llegaban fácilmente los ojos de los guardias.

-Estamos comiendo, como hermanos, la flor de la Palabra que nos dejó el Maestro. Nadie puede sentirse ofendido. Partimos el Pan con la mano y lo besamos antes de comerlo para que Dios pueda llevarse también al pecho la intención del labio.

-¿Por qué hacéis esto? El emperador lo ha prohibido.

-Sí, sí, conocemos su deseo, pero sine dominico non possumus, sin el Pan del domingo no podemos vivir.

Y se llevaron a los 49 a una condena sólo justificada por el capricho de quien gobernaba el Imperio.

Testigos hubo que les oyeron cantar camino de la muerte

...Sin este Pan no se puede vivir.

No se puede vivir.