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Lc 12,13-21 (4 agosto 2019)

Uno de la gente dijo un día a Jesús: “Maestro, di a mi hermano que reparta la herencia conmigo”. Por su parte, Jesús le respondió: “Amigo, ¿quién me ha nombrado juez o árbitro entre vosotros?”. El problema era la distribución de las tierras entre los hijos. Siendo la familia grande, existía el peligro de que la herencia se dividiera en pequeños trozos de tierra que ya no habrían podido garantizar la supervivencia de esos bienes. Por eso, para evitar la desintegración de la herencia y mantener vivo el nombre de la familia, el primogénito recibía el doble de los demás hijos (cf. Dt 21,17 y 2Rs 2,11), como puede haber pasado en el caso de aquel hombre. 

En la respuesta de Jesús ("Amigo, ¿quién me ha nombrado juez o árbitro entre vosotros?”) brota la conciencia que Él tiene de su misión en este mundo. Jesús no ha sido mandado por el Padre para resolver peleas entre los parientes por las cosas materiales que tienen que resolver ellos mismos. Él ha venido para enseñar cómo administrar la verdadera riqueza que es la vida. Por ejemplo, como en este caso quiere hacer entender a través de la parábola que cuenta, que lo importante es guardarse de cualquier codicia, “que, por más rico que uno sea, la vida no depende de los bienes".

La misión de Jesús, en efecto, no consiste en sustituirnos a nosotros y solucionar los problemas de la sociedad, sino en iluminarnos sobre el sentido profundo de la vida. El valor de uno no consiste en poseer muchas cosas, sino en el ser rico dentro. Quien piensa sólo a poseer (acumulando muchos bienes), olvida la importancia del vivir como hijo del Padre (rico a los ojos de Dios). Con su comportamiento antes que con sus palabras, Jesús enseña que quien quiere ser el primero, tiene que ser el último. Que es mejor dar que recibir. Que el más grande es quien se considera el menos importante. Que salva la vida solo aquel que es capaz de darse a los demás.

Bruno Moriconi, ocd