Corso monache 26 giugnoOrando con el Evangelio

P. Bruno Moriconi, o.c.d.

EVANGELIO: Mateo 11,2-11: «¿Eres tú o tenemos que esperar a otro?»

En aquel tiempo, Juan, que había oído en la cárcel las obras del Mesías, le mandó a preguntar por medio de sus discípulos:-«¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?»
Jesús les respondió: «Id a anunciar a Juan lo que estáis viendo y oyendo: los ciegos ven, y los inválidos andan; los leprosos quedan limpios, y los sordos oyen; los muertos resucitan, y a los pobres se les anuncia el Evangelio. ¡Y dichoso el que no se escandalice de mí!»
Al irse ellos, Jesús se puso a hablar a la gente sobre Juan: «¿Qué salisteis a contemplar en el desierto, una caña sacudida por el viento? ¿0 qué fuisteis a ver, un hombre vestido con lujo? Los que visten con lujo habitan en los palacios. Entonces, ¿a qué salisteis?, ¿a ver a un profeta?
Sí, os digo, y más que profeta; él es de quien está escrito:
"Yo envío mi mensajero delante de ti, para que prepare el camino ante ti." Os aseguro que no ha nacido de mujer uno más grande que Juan, el Bautista; aunque el más pequeño en el reino de los cielos es más grande que él.»

Lo que más nos llama la atención y nos sorprende no poco en este episodio del evangelio, es que sea el mismo Juan Bautista el que dude de la autenticidad de Jesús como Mesías. ¿No había sido él quien lo había bautizado en el Jordán declarándose, al mismo tiempo, indigno de poderlo hacer? ¿Acaso, no era él quien, al ver acercarse a Jesús al lugar donde estaba bautizando, señalándolo con la mano, había gritado, para que todos lo escucharan: “Ahí está el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo” (Jn 1,29)?

¿Y ahora qué? Ahora que se encuentra en la cárcel donde lo ha encerrado Herodes Antipas y la gente le refiere de las obras de Jesús, el Bautista envía a algunos de sus discípulos para que averigüen si es Él el Mesías esperado o si se ha equivocado presentándolo así. “¿Eres tú el que ha de venir – tienen que preguntarle - o tenemos que esperar a otro?». Nos extraña, pero la justificación de esta duda la encontramos en las últimas palabras de Jesús quien, después de haber asegurado que nunca había nacido un hombre (un nacido de mujer) “más grande que Juan, el Bautista”, añade: “aunque el más pequeño en el reino de los cielos es más grande que él”.

Y es precisamente esto lo que nosotros hemos de aprender de este episodio del evangelio. Juan Bautista no se ha equivocado. Jesús es aquel que tenía que venir, pero aquel no podía imaginar que las obras a las cuales el Mesías se dedicaría, serían las que le han contado los que iban a visitarle en la cárcel. Como todos, Juan pensaba en el poder davídico del Mesías, no en que se dedicaría todo el tiempo a curar ciegos, inválidos, sordos y hasta leprosos. En una palabra, que consagraría su atención a los más despreciados por la sociedad y la religión.

El Bautista es un verdadero hombre de Dios, el mejor, dice Jesús a sus discípulos. No es uno que se deje sacudir como una caña por el viento, un hombre vestido con lujo como los que se encuentran en la corte de Herodes. Él es un profeta, y más que profeta, desde el momento en que es el último mensajero, aquel Elías que tiene que volver para anunciar la venida del Mesías.

Es un hombre muy honrado y no se ha equivocado al señalarle, pero también a él le resulta difícil reconocerle en su manera de actuar. Hay algunos obstáculos (esto significa la palabra escándalo en griego) que se podrán superar solamente siguiendo a Jesús hasta su muerte en la cruz y, después de haberle encontrado otra vez vivo, dejándose llevar por el Espíritu para entender, al fin, quién era de verdad. Entender que Jesús no es simplemente el Mesías, sino el Hijo de Dios venido al mundo, no para triunfar, sino para que todos puedan gozar en Él como hijos del mismo Padre.

De momento, los de Nazaret no pueden aceptarlo porque le conocen como simple carpintero, los fariseos porque acoge a los pecadores y come con ellos. De momento, tampoco los discípulos entienden, querrían impedirle que fuera hasta Jerusalén, pero se resignan y le siguen. Tampoco ellos entienden cómo el Mesías pueda haber venido solo para los pecadores, pero, por lo menos hasta su condena, están con Él. Por el momento, tampoco ellos son los pequeños del reino de los cielos y mucho menos son más grandes que Juan Bautista, pero llegarán a serlo, una vez que – conducidos por el Espíritu - volverán atrás los ojos del corazón y lograrán entender el amor que, en el Hijo, Dios había querido manifestar.

No se trata de ser mejores que Juan Bautista, sino de entender lo que incluso ese gran hombre no podía entender. Que la manera de actuar de Jesús con los ciegos, los inválidos, los sordos y hasta con los leprosos, era una manera de manifestar el por qué había venido para todos. De hecho, cuando dijo a los fariseos que había venido para los pecadores y no para los justos, quería decir que había venido para todos, cada uno a su manera pecador como lo somos todos. Es al saber esto que, hasta el más pequeño, puede sentirse “más grande” que el mismo Bautista, aunque siempre sea él el mejor entre los nacidos de mujer.

Bruno Moriconi, ocd