Corso monache 26 giugnoOrando con el Evangelio

P. Bruno Moriconi, o.c.d.

EVANGELIO: Juan 20, 1-9

El primer día de la semana, María Magdalena fue al sepulcro al amanecer, cuando aún estaba oscuro, y vio la losa quitada del sepulcro. Echó a correr y fue donde estaba Simón Pedro y el otro discípulo, a quien quería Jesús, y les dijo: “Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto”. Salieron Pedro y el otro discípulo camino del sepulcro. Los dos corrían juntos, pero el otro discípulo corría más que Pedro; se adelantó y llegó primero al sepulcro; y, asomándose, vio las vendas en el suelo: pero no entró. Llegó también Simón Pedro detrás de él y entró en el sepulcro: Vio las vendas en el suelo y el sudario con que le habían cubierto la cabeza, no por el suelo con las vendas, sino enrollado en un sitio aparte. Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; vio y creyó. Pues hasta entonces no habían entendido la Escritura: que él había de resucitar de entre los muertos.

Son tres los personajes que se mueven en torno a Jesús resucitado (María Magdalena, Pedro y el otro discípulo, a quien quería Jesús). De los tres tenemos que aprender algo particular, porque cada uno manifiesta un aspecto de la fe con la cual el creyente tiene que acercarse al Señor para sentirse realmente salvado, por su resurrección que vence el pecado y la muerte.

El primer personaje es María Magdalena, la cual, viendo la losa quitada del sepulcro, se echó enseguida a correr y fue donde estaba Simón Pedro y el otro discípulo, espantada, porque pensaba que alguien se había llevado del sepulcro al Señor. Más adelante, en el mismo capítulo de Juan, a diferencia de Pedro y del discípulo amado que vuelven a casa, ella se queda llorando junto al sepulcro. Se queda y su tenacidad le merece ser la primera en encontrar a su Señor resucitado. Aquí, sin embargo, en esta primera parte del relato, representa la mayoría de los hombres que no pueden ni pensar que Jesús haya resucitado.

Como se lo dice a Pedro y al otro discípulo, piensa que alguien se lo ha llevado a otro sitio. De hecho, creyendo que era el jardinero el que le preguntaba si estaba buscando algo, le dirá: “Si tú te lo has llevado, dime dónde lo has puesto y yo iré a buscarlo”. Solo cuando Jesús la llama así (¡“María!”), ella ya no tiene dudas. Ella se vuelve y le dice: “¡Maestro, mío!”. Y esto, porque, para creer de verdad hace falta escuchar al Señor que nos llama por el nombre. De hecho, la fe cristiana nace solo de un encuentro con el Señor en la oración y en la vida donde Él nos acompaña siempre, aunque no lo sepamos o no nos demos cuenta.

Pero, hay también otra cosa que es necesaria para estar seguros de que se trata de un verdadero encuentro y no solo de un capricho o de una fantasía. Y esto nos lo dicen los otros dos personajes: Pedro y el otro discípulo. Pedro, nos dice el evangelio, “entró en el sepulcro, vio las vendas en el suelo y el sudario con que le habían cubierto la cabeza, no por el suelo con las vendas, sino enrollado en un sitio aparte”. Hay que fijarse en el verbo “ver”. Poca cosa el ver, respeto a lo que pasó al otro discípulo, que, en cambio, “vio y creyó”, pero el ver de Pedro representa, aquí, la objetividad del acontecimiento de la resurrección, proclamada desde hace dos mil años por la Iglesia.

​El otro discípulo representa al creyente que ve y, al mismo tiempo cree. ¿Cree porque es mejor que Pedro? No, no es éste el mensaje. De hecho, no se dice que era el discípulo que amaba a Jesús, sino que era el discípulo amado por Jesús. Él cree, porque, representándonos, siente el amor que ha empujado Jesús a dar la vida por todos los hombres. La mayoría no se da cuenta de eso, pero hasta que uno no se sienta llamar por su nombre, como pasó a la Magdalena, todavía no es un discípulo verdadero. Jesús ha muerto y resucitado también por él, pero él no se ha dado cuenta. Y para darse cuenta y escuchar a Jesús, como María de Magdala, que se quedó junto al sepulcro, tenemos que estarnos de vez en cuando durante el día en compañía del Señor que nos ama. Nos lo enseña santa Teresa de Jesús.