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EVANGELIO: Jn 14,15-21

15Si me amáis, guardaréis mis mandamientos. 16Y yo le pediré al Padre que os dé otro Paráclito, que esté siempre con vosotros, 17el Espíritu de la verdad. El mundo no puede recibirlo, porque no lo ve ni lo conoce; vosotros, en cambio, lo conocéis, porque mora con vosotros y está en vosotros. 18No os dejaré huérfanos, volveré a vosotros. 19Dentro de poco el mundo no me verá, pero vosotros me veréis y viviréis, porque yo sigo viviendo. 20Entonces sabréis que yo estoy en mi Padre, y vosotros en mí y yo en vosotros. 21El que acepta mis mandamientos y los guarda, ese me ama; y el que me ama será amado por mi Padre, y yo también lo amaré y me manifestaré a él.

No hay duda que la afirmación más importante de este fragmento del Evangelio, sea la segunda, donde Jesús, a sus discípulos, preocupados por su misteriosa partida, dice: “Yo le pediré al Padre que os dé otro Paráclito, que esté siempre con vosotros, el Espíritu de la verdad”. Unas palabras de consuelo, donde Jesús habla de “otro” Paráclito, sin haber hecho nunca alusión de quién es el primero. Está, sin embargo, claro que el primer Paráclito es Él. “Hijos míos”, se leerá en la primera carta de Juan, “les escribo esto para que no pequen. Pero si alguien peca, tenemos un abogado (parákletos) ante el Padre, Jesucristo el Justo” (1Jn 2,1).

Paráclito es una palabra griega y puede significar, al mismo tiempo, abogado, defensor, testigo y consolador. Aquí el significado más adecuado parece ser aquel de testigo de la presencia de Jesús con nosotros, a pesar de su vuelta al Padre y, al mismo tiempo, aquel de consolador en su ausencia visible. También sería significativo pensarlo como defensor porque el Espíritu es también el abogado que nos defiende “que habla por nosotros – escribía el padre Jesús Castellano - que interpreta nuestros silencios, que suple nuestra debilidad, que nos da fuerza para resistir al mal”.

​Una observación, ésta del padre Castellano, que nos empuja a volver a las palabras que preceden a la promesa de Jesús: “Si me amáis, guardaréis mis mandamientos”. Parece que no tengan nada que ver con las palabras que siguen y que acabamos de comentar (“Yo le pediré al Padre que os dé otro Paráclito, que esté siempre con vosotros, el Espíritu de la verdad”). Sin embargo, aunque parezca que no, las dos cosas van juntas. ¿Cómo podríamos mostrar nuestro amor guardando los mandamientos del Señor, sin el Espíritu que suple nuestra debilidad, y nos da fuerza para resistir al mal”? “Si me amáis, guardaréis mis mandamientos”, nos dice Jesús. Y nosotros, claro que nos gustaría amarlo con todo el corazón, pero nuestro amor es muy poca cosa y frágil, quebradizo. Si no fuera por la presencia del Espíritu que, dentro de nuestros corazones, nos empuja y sostiene en la búsqueda de la Verdad que es el mismo Cristo, esto no sería posible.

​En el momento en el cual Jesús está hablando, ni siquiera los discípulos entienden lo que está diciendo, pero Él les asegura: “Dentro de poco el mundo no me verá, pero vosotros me veréis y viviréis, porque yo sigo viviendo. Entonces sabréis que yo estoy en mi Padre, y vosotros en mí y yo en vosotros”. Una certeza que - para nosotros - se renueva en cada Eucaristía, donde se hace memoria de la muerte y de la resurrección del Señor. Allí y en cada momento de la vida, si escuchamos al Espíritu Santo que nos ha sido dado para entender y profundizar el misterio grande de nuestra salvación.

Aunque no sabemos pedir como es debido - enseña san Pablo en el capítulo 8 de la carta a los Romanos - el Espíritu nos viene a socorrer en nuestra debilidad, e intercede por nosotros con gemidos que no se pueden expresar. Y eso, porque nosotros no hemos recibido un espíritu de esclavos, para recaer en el temor, sino un espíritu de hijos que nos permite llamar a Dios abba (papá), con la familiaridad de cualquier hijo para con su padre.