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EVANGELIO: Mt 10,37-42 

El que quiere a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí; 38y el que no carga con su cruz y me sigue, no es digno de mí. 39El que encuentre su vida la perderá, y el que pierda su vida por mí, la encontrará. 40El que os recibe a vosotros, me recibe a mí, y el que me recibe, recibe al que me ha enviado; 41el que recibe a un profeta porque es profeta, tendrá recompensa de profeta; y el que recibe a un justo porque es justo, tendrá recompensa de justo.42El que dé a beber, aunque no sea más que un vaso de agua fresca, a uno de estos pequeños, solo porque es mi discípulo, en verdad os digo que no perderá su recompensa».

                                                                                               

En Lc 14,26, estas palabras de Jesús suenan todavía más fuertes. “Si alguno viene a mí y no odia a su padre, a su madre, a su mujer y sus hijos, a sus hermanos, a sus hermanas, y hasta su propia vida, no puede ser discípulo mío”. Sin embargo, la versión de Mateo se ajusta más al sentido semítico de odiar que no significa detestar (¡sería inhumano, y contra todos los principios éticos!), sino amar menos. Por eso, en la versión del primer evangelista que se lee en la Eucaristía de este domingo XIII del tiempo ordinario, Jesús habla de esta manera: “Quien ame a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; quien ame a su hijo o a su hija más que a mí no es digno de mí” (Mt 10,37). 

Es verdad que, incluso en esta versión, el sentido es todavía muy exigente, pero lo que pretende subrayar Jesús es que, quien quiera ser discípulo suyo, tiene que saber que se trata de una decisión muy seria y condicionante. En términos humanos, podríamos compararlo a la decisión de casarse con una persona. No se trata de un simple cambio de estado social, sino de poner a la persona escogida (la mujer o el hombre) por encima de todas las demás, incluidos los padres, como se lee en el mandato primordial de Génesis 2,24: “Por eso deja el hombre a su padre y a su madre y se une a su mujer”. A Jesús, una vez decidido ir tras sus pasos como discípulos, no hay que anteponer a nadie. 

La primera consecuencia es ésta: no se es verdadero cristiano hasta que todo lo demás no esté por detrás del seguimiento. La segunda se refiere a lo que significa seguir a Jesús, o sea, a la necesidad de tomar su propia cruz. Sí, porque, “el que no carga con su cruz y me sigue, no es digno de mí”, nos dice el SeñorCruz, probablemente no fue el término empleado por Jesús, porque nadie hubiera podido pensar en la cruz (el instrumento de condena maldecido por la misma Escritura) como la vemos ahora nosotros a la luz de su muerte y resurrección.  Pero lo que quiso decir Jesús – a lo mejor con otro término (yugo, por ejemplo) - aparece claro en las palabras que siguen: “Quien se aferre a la vida la perderá, quien la pierda por mí la conservará”. No agarrarse a la vida y entregarla por los demás, fue precisamente lo que hizo Jesús al que, justamente, Dietrich Bonhoeffer definió como el Hombre “por”. Marchando delante de nosotros como hermano mayor, Jesús nos ha dado el ejemplo de lo que significa vivir (dar la vida) y no simplemente sobrevivir (aferrarse a la vida sin pensar en nadie). 

Si seguimos, a Jesús, somos dignos hermanos suyos y el que nos reciba, es a Él al que recibe y, al mismo tiempo, recibe al Padre que ha enviado a Jesús (El que os recibe a vosotros, me recibe a mí, y el que me recibe, recibe al que me ha enviado). Esto dice Jesús para subrayar la dignidad de sus verdaderos discípulos, pero esta enseñanza vale también como una exhortación dirigida a ellos, para que sepan, a su vez, recibir a cualquier hombre como hermano. “Hospes venit”, decían los antiguos cristianos, “Christus venit” (llega un huésped, llega Jesucristo). 

En un libro que se llama Didaqué que, según la tradición, recoge la enseñanza de los Doce Apóstoles, se exhorta al obispo a ofrecer su misma cátedra de presidencia a un hermano que venga de camino cansado y no encuentre otro asiento para sentarse y descansar. Por su parte, San Juan Crisóstomo, hablando de la dignidad del huésped, llega a comparar el cáliz eucarístico al vaso de agua que uno ofrece al hermano sediento y necesitado de descanso. Sí, porque un gesto de caridad reviste un valor sacramental y hasta sacerdotal, sea quien sea quien lo cumple. Lo asegura el mismo Jesús en otro texto: “Lo que hicisteis a uno solo de estos mis hermanos más pequeños, a mí me lo hicisteis” (Mt 25,40).

Como se puede ver, cuando nos habla de la necesidad de cargar nuestra cruz, Jesús no nos está hablando de penitencias y mortificaciones, sino de la actitud ante la vida. Si somos generosos y hacemos todo lo posible en emplear nuestro tiempo y nuestras fuerzas para el bien de los demás, estamos tomando nuestra “cruz”. No hay que hacer programas de penitencias, sino disponernos cada día para hacer bien lo que se nos presente. Así como pedimos el pan de cada día, cada mañana podemos pedir la gracia de disponernos a asumir lo que la vida nos ofrezca aquel día que está comenzando.

         

         En otras palabras, Jesús no nos pide asumir una cruz abstracta o construida por nosotros, aunque sea muy pesada, sino nuestra cruz de cada día (Lc 9,23). Los evangelistas han introducido la palabra cruz, para que volvamos los ojos a Su muerte por amor, pero cruz significa todos los pesos que nos alcanzan cada día y que tenemos que asumir, sin preocuparnos demasiado de lo que vendrá mañana. De hecho, Jesús añade: “No os preocupéis por el día de mañana, pues el mañana se preocupará por sí mismo. A cada día le bastan sus penas” (Mt 6,34). 

Bruno Moriconi, ocd