Corso monache 26 giugnoOrando con el Evangelio

P. Bruno Moriconi, o.c.d.

EVANGELIO: Mt 13,24-43

24Les propuso otra parábola: «El reino de los cielos se parece a un hombre que sembró buena semilla en su campo; 25pero, mientras los hombres dormían, un enemigo fue y sembró cizaña en medio del trigo y se marchó. 26Cuando empezaba a verdear y se formaba la espiga apareció también la cizaña. 27Entonces fueron los criados a decirle al amo: “Señor, ¿no sembraste buena semilla en tu campo? ¿De dónde sale la cizaña?”. 28Él les dijo: “Un enemigo lo ha hecho”. Los criados le preguntan: “¿Quieres que vayamos a arrancarla?”. 29Pero él les respondió: “No, que al recoger la cizaña podéis arrancar también el trigo. 30Dejadlos crecer juntos hasta la siega y cuando llegue la siega diré a los segadores: arrancad primero la cizaña y atadla en gavillas para quemarla, y el trigo almacenadlo en mi granero”». 31Les propuso otra parábola: «El reino de los cielos se parece a un grano de mostaza que uno toma y siembra en su campo; 32aunque es la más pequeña de las semillas, cuando crece es más alta que las hortalizas; se hace un árbol hasta el punto de que vienen los pájaros del cielo a anidar en sus ramas». 33Les dijo otra parábola: «El reino de los cielos se parece a la levadura; una mujer la amasa con tres medidas de harina, hasta que todo fermenta». 34Jesús dijo todo esto a la gente en parábolas y sin parábolas no les hablaba nada, 35para que se cumpliera lo dicho por medio del profeta: «Abriré mi boca diciendo parábolas; anunciaré lo secreto desde la fundación del mundo». 36Luego dejó a la gente y se fue a casa. Los discípulos se le acercaron a decirle: «Explícanos la parábola de la cizaña en el campo». 37Él les contestó: «El que siembra la buena semilla es el Hijo del hombre; 38el campo es el mundo; la buena semilla son los ciudadanos del reino; la cizaña son los partidarios del Maligno; 39el enemigo que la siembra es el diablo; la cosecha es el final de los tiempos y los segadores los ángeles. 40Lo mismo que se arranca la cizaña y se echa al fuego, así será al final de los tiempos: 41el Hijo del hombre enviará a sus ángeles y arrancarán de su reino todos los escándalos y a todos los que obran iniquidad, 42y los arrojarán al horno de fuego; allí será el llanto y el rechinar de dientes. 43Entonces los justos brillarán como el sol en el reino de su Padre. El que tenga oídos, que oiga.

Esta vez las parábolas sobre el reino de Dios son tres (la del trigo y la cizaña, la del grano de mostaza y la de la levadura), pero como la primera es el mismo Jesús el que la explica, podemos limitarnos a decir unas palabras sobre las otras dos.

El reino de los cielos – dijo Jesús - se parece a un grano de mostaza que uno toma y siembra en su campo; aunque es la más pequeña de las semillas, cuando crece es más alta que las hortalizas; se hace un árbol hasta el punto de que vienen los pájaros del cielo a anidar en sus ramas. El “reino de los cielos”, o “reino de Dios” es esa realidad comenzada por Jesús en nuestra tierra y llevada adelante por sus mejores discípulos, es decir, por los que operan como el mismo Hijo de Dios hecho hombre en el seno de María: por amor y solo por amor.

El Reino de Dios no se encuentra en un lugar particular (una región o una nación), sino por doquier se obra el bien y donde se vive como hermanos, queriéndose mutuamente y hasta a los enemigos. Esa pequeña semilla que va creciendo sin ruido es el amor que, cuando es verdadero, es capaz de transformar al mundo desde dentro. Un Amor que crece y puede calentar a muchos otros como el árbol de la mostaza llama a los pájaros y les permite nidificar entre sus ramas, humildes, pero acogedoras. Los discípulos de Jesús pueden parecer insignificantes como la pequeña semilla de mostaza, pero tienen esa fuerza que acoge y estimula a todos. Con los grandes gestos de los mártires, pero también con los pequeños gestos de cada día hechos con el mismo amor.

Más que una parábola se trata de una similitud, como la que sigue y es todavía más pequeña. El reino de los cielos – añade Jesús - se parece a la levadura; una mujer la amasa con tres medidas de harina, hasta que todo fermenta. De esta imagen de la levadura, se pueden deducir al menos tres observaciones relativas al reino de Dios del cual es figura. Qué es necesario para el mundo, como la levadura para el pan. Que, aunque escondido, está presente entre los hombres como la levadura en la harina. El bien no hace ruido, pero está presente y hace bien, como el amor que, aunque poco, agrada y cautiva. Atrae más moscas una cucharita de miel, dice un refrán, que un barril de vinagre.

El amor penetra de manera suave, reservada. Por la potencia del Espíritu Santo que reengendra la parte interior de una persona que empieza a vivir según el Amor que es el mismo Dios. Escondida y silenciosa, la levadura se expande en favor de toda la masa de la harina que, junto al amor, escondido y silencioso, fecunda a la humanidad entera. Con estas sencillas comparaciones, Jesús quiere animarnos a cumplir el bien, no sólo para nosotros mismos, sino en favor del mundo entero. Incluso, aunque quede escondido, cada acto nuestro de generosidad, pequeño o grande, no importa, va en beneficio de todos.

Las pequeñas parábolas del grano de mostaza y de la levadura simbolizan la naturaleza de la presencia de los discípulos de Jesús en la humanidad. Un pequeño trozo de levadura puede empapar una gran cantidad de masa todavía no fermentada y hacerla convertirse en mucho pan. Al principio no hubo más que un pequeño puñado de creyentes que, en cambio, fermentaron mucha parte del mundo. Dentro de poco, en un mundo cada vez más secularizado, los cristianos serán, quizás, de nuevo pocos, pero su naturaleza de levadura misionera, queda fuerte, si se mantienen unidos al mismo Señor Jesús en el Espíritu Santo.

Bruno Moriconi, ocd

Roma, 15 de Julio 2020

La cizaña entre el trigo

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El árbol de la mostaza

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El pan fermentado con buena levadura

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