Corso monache 26 giugnoOrando con el Evangelio

P. Bruno Moriconi, o.c.d.

EVANGELIO: Mt 15,21-28

21Jesús salió y se retiró a la región de Tiro y Sidón. 22Entonces una mujer cananea, saliendo de uno de aquellos lugares, se puso a gritarle: «Ten compasión de mí, Señor Hijo de David. Mi hija tiene un demonio muy malo». 23Él no le respondió nada. Entonces los discípulos se le acercaron a decirle: «Atiéndela, que viene detrás gritando». 24Él les contestó: «Solo he sido enviado a las ovejas descarriadas de Israel». 25Ella se acercó y se postró ante él diciendo: «Señor, ayúdame». 26Él le contestó: «No está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perritos». 27Pero ella repuso: «Tienes razón, Señor; pero también los perritos se comen las migajas que caen de la mesa de los amos». 28Jesús le respondió: «Mujer, qué grande es tu fe: que se cumpla lo que deseas». En aquel momento quedó curada su hija.

         Este episodio es el único en las páginas evangélicas donde “parece” que Jesús cambia de opinión, influido por una mujer, además extranjera y pagana. Para entender bien de lo que se trata, hay que recordar lo que Jesús había dicho a sus doce discípulos el día en el cual les dio autoridad para expulsar a los espíritus inmundos y curar enfermedades y dolencias. Los había enviado con estas instrucciones: “No vayáis a tierra de paganos sino solo id a las ovejas descarriadas de Israel” (Mt 10,5-6).

Después de la resurrección será el mismo Señor quien los enviará a todo el mundo sin distinción de raza y religión.Id, pues”, les dirá, “y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo” (Mt 28, 19-20). De momento, sin embargo, mientras está todavía enseñando, Jesús no ha terminado su misión y, antes de su muerte y resurrección, su actividad tiene que desarrollarse en el pueblo donde ha nacido.

         Jesús es coherente, por tanto, al no querer hacer nada por aquella mujer de la región de Tiro y Sidón, donde se había retirado, tal vez a descansar, con sus discípulos. Pero tiene razón también esa pobre madre que le está suplicando en favor de su hija enferma. “Ten compasión de mí, Señor, Hijo de David”, le va repitiendo. “Mi hija tiene un demonio muy malo”.

A veces Jesús parece no tener corazón, aunque, en realidad siempre es para anunciar algo más grande e importante para todos. Por ejemplo, cuando contesta a sus padres en angustia por el miedo de haberle perdido cuando tenía doce años, en Jerusalén. “¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debía estar en las cosas de mi Padre?”, les contesta sin ninguna disculpa. Lo mismo con su madre en Caná de Galilea. Mujer”, le dice, “¿qué tengo yo que ver contigo?”. Lo mismo pasó cuando llegaron su madre y sus hermanos y lo mandaron llamar. “¿Quién es mi madre y mis hermanos?”, contestó. Y mirando a los que estaban sentados en círculo alrededor de Él, añadió: “Miren, éstos son mi madre y mis hermanos”.

Lo mismo con esta mujer cananea, a la cual, en un primer momento, ni siquiera le responde. Son los discípulos los que le exhortan a atenderla, pero Jesús se justifica con la razón que hemos explicado más arriba. “Solo he sido enviado a las ovejas descarriadas de Israel”, contesta. Y como la pobre mujer, no paraba de pedirle ayuda con todas sus fuerzas, Jesús, con palabras todavía más duras, le contestó: “No está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perritos”.

Según el Evangelio de Marcos, Jesús es menos duro, porque no dice que “no está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perritos”, sino que, antes que los paganos, tienen que comer los hijos [de Israel]. De hecho, en el Evangelio de Marcos, Jesús le dice así: “Deja que se sacien primero los hijos. No está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perritos” (Mc 7,27).

Decir perros es como decir paganos. “Bienaventurados”, se lee, por ejemplo, en el último capítulo de Apocalipsis, “los que lavan sus vestiduras para tener acceso al árbol de la vida y entrar por las puertas en la ciudad. Fuera los perros, los hechiceros, los lujuriosos, los asesinos, los idólatras y todo el que ama y practica la injusticia” (Ap 22,14-15). Hay que notar, sin embargo, que Jesús, ya un poco ablandado delante de la pobre mujer, atenúa la expresión con el diminutivo. Habla de perritos.

Un matiz que anima a la Cananea, la cual, no queriendo resignarse, replica así: Tienes razón, Señor, pero también los perritos se comen las migajas que caen de la mesa de los amos”. Una humildad que llega al corazón de Jesús. Ya no puede seguir argumentando sobre lo que habría que hacer antes. Tiene razón Él, pero la tiene también esa mujer. El milagro brota, entonces, de los dos. Por eso Jesús le dice: “Mujer, qué grande es tu fe: que se cumpla lo que deseas”.

El milagro es obra de los dos, como en el episodio de la mujer que desde hacía doce años seguía sufriendo flujos de sangre. Acercándose por detrás, había tocado el borde del manto de Jesús y, al instante, se había sentido sanada. Jesús no sabía quién le había tocado, pero sintió que una fuerza había salido de Él. Y cuando esa mujer se hizo reconocer, le dijo, con otras palabras, lo mismo que a la Cananea: “Hija, tu fe te ha salvado”.

Una enseñanza para nosotros

Los milagros, los extraordinarios y los pequeños de cada día, no dependen solo de Dios, sino de la fe en Él que nunca se aleja de la puerta de nuestro corazón. Si le abrimos, entrará. Si no le abrimos, respetará nuestra poca fe y también nuestro miedo. Él seguirá protegiéndonos, pero el milagro del encuentro que necesitaríamos se cumplirá solo al abrir la puerta. Y cuando nos parezca que el Señor no nos escucha, hay que seguir esperando, ciertos que Él sabe lo que es mejor para nosotros, y el mejor momento de respondernos.

Bruno Moriconi, ocd