Corso monache 26 giugnoOrando con el Evangelio

P. Bruno Moriconi, o.c.d.

EVANGELIO: Mt 18,21-35

21Acercándose Pedro a Jesús le preguntó: «Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces tengo que perdonarlo? ¿Hasta siete veces?». 22Jesús le contesta: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete. 23Por esto, se parece el reino de los cielos a un rey que quiso ajustar las cuentas con sus criados. 24Al empezar a ajustarlas, le presentaron uno que debía diez mil talentos. 25Como no tenía con qué pagar, el señor mandó que lo vendieran a él con su mujer y sus hijos y todas sus posesiones, y que pagara así. 26El criado, arrojándose a sus pies, le suplicaba diciendo: “Ten paciencia conmigo y te lo pagaré todo”. 27Se compadeció el señor de aquel criado y lo dejó marchar, perdonándole la deuda. 28Pero al salir, el criado aquel encontró a uno de sus compañeros que le debía cien denarios y, agarrándolo, lo estrangulaba diciendo: “Págame lo que me debes”. 29El compañero, arrojándose a sus pies, le rogaba diciendo: “Ten paciencia conmigo y te lo pagaré”. 30Pero él se negó y fue y lo metió en la cárcel hasta que pagara lo que debía. 31Sus compañeros, al ver lo ocurrido, quedaron consternados y fueron a contarle a su señor todo lo sucedido. 32Entonces el señor lo llamó y le dijo: “¡Siervo malvado! Toda aquella deuda te la perdoné porque me lo rogaste. 33 ¿No debías tú también tener compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de ti?”. 34Y el señor, indignado, lo entregó a los verdugos hasta que pagara toda la deuda. 35Lo mismo hará con vosotros mi Padre celestial, si cada cual no perdona de corazón a su hermano».

Las veces que Pedro, y todos los discípulos de Jesús, tendrían que perdonar a su hermano, serían setenta veces siete, o sea 490 veces, si el cálculo está bien hecho. En realidad, Jesús no piensa en esto, porque, si bien sea muchísimo, limitar el perdón a “solo” 490 veces, sería también un límite que el Señor no quiere poner. Con una probable contraposición a la desenfrenada disposición a la venganza de Lamec en Gen 4,24 (“Si la venganza de Caín valía por siete, la de Lamec valdrá por setenta y siete”), Jesús quiere decir que el perdón, como el suyo, no debe tener límites.

De hecho, la parábola del siervo sin entrañas que sigue es el mejor comentario a una de las invocaciones del Padre Nuestro (Y perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos han ofendido). ¡El criado que debía a su dueño diez mil talentos y se los había perdonado, a su vez no quiso perdonar los cien denarios que un compañero suyo le debía a él, nos aparece como una verdadera bestia, sin entrañas. Pero, ¡cuidado! ¡el Señor está dirigiéndose a Pedro!  Y si, en aquel momento, está hablando para él, ahora, desde las páginas del Evangelio, nos está hablando a nosotros. 

 Y también el patrón de la parábola que llama a su empleado sinvergüenza, está hablando con nosotros en nombre del Señor que siempre está dispuesto a perdonarnos.  Nos llama y, a cada uno de nosotros, dice: “¡Siervo malvado! Toda aquella deuda te la perdoné porque me lo rogaste. ¿No debías tú también tener compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de ti?”. Tal vez no tengamos deudas tan gordas como este siervo sin entrañas, pero es lo que Jesús nos ha enseñado a pedir en el Padre Nuestro: “perdónanos nuestras deudas, como también nosotros hemos perdonado a nuestros deudores”. 

Una responsabilidad muy grande, pero es esta capacidad de perdonar siempre lo que califica al cristiano. Una cosa nada fácil, sobre todo cuando la culpa cometida es humanamente insoportable y la herida no cicatriza nunca. Pero, no tenemos que equivocarnos. El perdón que Jesús solicita de sus discípulos, no se refiere a los sentimientos, sino a la voluntad. 

Las heridas quedan y nadie nos pide que volvamos a trabajar con uno que nos ha engañado o ha matado a nuestro hijo. Esto suelen pedirlo solo los periodistas más bobos cuando van a entrevistar a las pobres víctimas de pérdidas tan grandes. 

En casos graves como estos, pero también en otros menos duros, lo que se requiere es el deseo de perdonar, hecho oración. El deseo de poder llegar un día a no odiar, ni siquiera a los que nos han hecho mucho mal. La herida permanece, pero, con la ayuda de Dios, y el tiempo necesario, podremos llegar a ser capaces de decir al Señor, sin miedo de ser mentirosos, “perdónanos nuestras deudas, Padre, como también nosotros hemos perdonado [queremos perdonar] a nuestros deudores”.

Las heridas no han desaparecido tampoco del cuerpo glorioso de Jesús, pero Él, a pesar de esto, desde la cruz, dijo al mismo Padre: “Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen (Lc 23,14).

Bruno Moriconi, ocd