Corso monache 26 giugnoOrando con el Evangelio

P. Bruno Moriconi, o.c.d.

EVANGELIO: Mt 21,28-32 
 
28 ¿Qué os parece? Un hombre tenía dos hijos. Se acercó al primero y le dijo: “Hijo, ve hoy a trabajar en la viña”. 29Él le contestó: “No quiero”. Pero después se arrepintió y fue. 30Se acercó al segundo y le dijo lo mismo. Él le contestó: “Voy, señor”. Pero no fue. 31 ¿Quién de los dos cumplió la voluntad de su padre?». Contestaron: «El primero». Jesús les dijo: «En verdad os digo que los publicanos y las prostitutas van por delante de vosotros en el reino de Dios. 32Porque vino Juan a vosotros enseñándoos el camino de la justicia y no le creísteis; en cambio, los publicanos y prostitutas le creyeron. Y, aun después de ver esto, vosotros no os arrepentisteis ni le creísteis». 
 
Un domingo en el cual se leía esta página del Evangelio y yo estaba en mi pueblo celebrando la misa y mi madre allí presente, al volver a casa, me contó lo que sigue. Cuando era niña y el cura explicaba esta parábola, siempre ella pensaba en sus dos hermanos, Gracián y Elías, que así se llamaban. Ellos eran ya hombres de veinte y dieciocho años y, cuando el padre les decía que la mañana siguiente había que empezar un trabajo en el viñedo o en el olivar, Gracián respondía enseguida sí papá, mientras Elías se enfadaba y, a su padre, le decía que no se daba cuenta de lo que significaba eso que proponía y que, ¡ni pensarlo! Pero al día siguiente, contaba sonriendo mi madre, Gracián nadie sabía dónde se había metido, mientras Elías estaba en el olivar o en la viña, desde las seis de la mañana, trabajando como un burro. 
 
¡Lo mismo que en la parábola de Jesús! El hombre que tenía dos hijos, se acercó al primero y le dijo: “Hijo, ve hoy a trabajar en la viña”. “No quiero”, contestó éste, pero después se arrepintió y fue. El segundo contestó enseguida: “Voy, señor”, pero no fue. 
 
Este importante contraste entre el decir y el hacer, muy claro en la conducta de los dos hermanos de la parábola, Jesús lo aplica a dos categorías distintas de personas: los publicanos y las prostitutas, de una parte, y los hombres piadosos, como los sacerdotes, los escribas y los fariseos, de la otra. Oficialmente, los primeros son malos y los otros buenos, pero no siempre es así, porque una cosa es aparentar bondad (como el hijo que dice a su padre: “Voy, señor”, pero no va), y otra cosa decir no, pero arrepentirse y andar. 
 
Los publicanos y las prostitutas, dice Jesús a la presumida gente de religión, os llevarán la delantera en el camino del Reino. La lógica es la misma que está detrás de la parábola del publicano y del fariseo que fueron al templo a la misma hora. El fariseo pasó todo el tiempo en contar sus méritos a Dios, mientras el pobre publicano, estando muy atrás en el templo, cerca de la puerta, no supo más que repetir: “Ten piedad de mí, Señor, que soy un pecador”. El primero, a pesar de juzgarse muy bueno, pensaba orar. El otro, el malo, sin saberlo, oraba de verdad. Al punto que el Señor escuchó solo a este pobre pecador.              
 
“¿Quién de los dos cumplió la voluntad de su padre?”, pregunta Jesús al final de la parábola del padre que tenía dos hijos, uno que decía sí y no hacía nada, y el otro que decía no, pero obedecía. “El primero”, contestan todos, sin saber que Jesús los consideraba como el hijo que decía sí y luego desaparecía. De hecho, les dijo que los publicanos y las prostitutas iban por delante de ellos en el reino de Dios. Iban detrás de esa gente, porque, a diferencia de los pecadores, pensaban no tener necesidad, ni de las enseñanzas de Juan Bautista, ni de las de Jesús. Eran creyentes y pensaban que eso bastaba.
 
Y es lo que nos puede pasar también a nosotros, cuando pensamos que sea suficiente ser devotos (decir: “Voy Señor” o “qué bueno eres Señor”), aunque poco generosos. “Estamos quizá sirviendo al Señor toda la vida – escribía hace años el carmelita Jesús Castellano - pero con tal tibieza y desgana que pensamos y decimos, como el hijo de la parábola, que estamos sirviendo al Señor, pero en realidad seguimos haciendo nuestra voluntad, sin un verdadero movimiento de renovación espiritual y cambio”.
 
 
Bruno Moriconi, ocd