Corso monache 26 giugnoOrando con el Evangelio

P. Bruno Moriconi, o.c.d.

EVANGELIO: Mt 22,15-21


15Entonces se retiraron los fariseos y llegaron a un acuerdo para comprometer a Jesús con una pregunta. 16Le enviaron algunos discípulos suyos, con unos herodianos, y le dijeron: «Maestro, sabemos que eres sincero y que enseñas el camino de Dios conforme a la verdad, sin que te importe nadie, porque no te fijas en apariencias. 17Dinos, pues, qué opinas: ¿es lícito pagar impuesto al César o no?». 18Comprendiendo su mala voluntad, les dijo Jesús: «Hipócritas, ¿por qué me tentáis? 19Enseñadme la moneda del impuesto». Le presentaron un denario. 20Él les preguntó: «¿De quién son esta imagen y esta inscripción?». 21Le respondieron: «Del César». Entonces les replicó: «Pues dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios».


Solo aparentemente la premisa de la pregunta de los fariseos es gentil y respetuosa. “Maestro, sabemos que eres sincero y que enseñas el camino de Dios conforme a la verdad, sin que te importe nadie, porque no te fijas en apariencias”, le dicen, añadiendo en seguida la pregunta sobre la legitimidad de pagar los impuestos al Emperador romano. Jesús sabe que, si dice que sí, pueden acusarlo de enemigo de su pueblo y si dice no, puede ser denunciado a las autoridades de los opresores. Por eso, comprendiendo su mala voluntad, les reprocha como hipócritas, porque, sin quererlo aparentar, quieren ponerle en peligro. “Hipócritas”, les dice, “¿por qué me tentáis?”

Pero, detrás de esa pregunta hipócrita con la intención de meter en dificultad a Jesús, hay también un implícito reproche a Él, que no manifiesta nada contra los opresores. De hecho, según las esperanzas mesiánicas más comunes en aquella época, el Mesías tiene que corresponder al prometido hijo de David, enviado por Dios a liberar a su pueblo de cualquiera opresión extranjera, y a restablecer la gloria y el poder de Israel delante de todas las naciones. Por medio del profeta Natán, Dios lo había asegurado a David, su ultimo hijo “consolidará su trono para siempre” (2Sam 7,13).
Si, entonces, Jesús pretende ser el Mesías, ¿por qué no se empeña en expulsar a los romanos? La pregunta que le hacen (¿es lícito pagar impuesto al César o no?), incluye también esa insinuación. Y, en esto, a pesar de su malicia, un poco de razón tienen. Los propios discípulos de Jesús esperaban lo mismo y, muy a menudo, iban discutiendo entre sí, a quiénes tocasen los primeros sitios en el reino que su Maestro, según ellos, estaba para establecer. Para entenderlo bien, basta con recordar el interés de los dos hijos de Zebedeo (Santiago y Juan), unos de los mejores del grupo.
Según nos cuenta el evangelista Marcos (10,35-40), se acercaron un día a Jesús y le pidieron que les concediera sentarse, en su gloria, uno a su derecha y otro a su izquierda. Jesús les había replicado que no sabían lo que estaban pidiendo, que se trataba de beber el cáliz que tenía que beber Él. Siguiendo sin entender habían contestado que sí, que lo podían, que lo beberían, pero lo que entendía Jesús con el “cáliz”, lo entenderían solo mucho más tarde y por medio del Espíritu, una vez resucitado su Maestro. Que se trataba de dar la vida, en aquel momento, ¡ni idea!
La encarnación del Hijo de Dios en el mundo tenía otro plan, respecto a lo que se podía esperar por parte de Israel. Ninguno de los profetas había podido hablar de lo que iba a pasar y que Pablo, en su carta a los Gálatas (4,4-5), resumiría muy bien en pocas palabras. Que, cuando el tiempo se había cumplido, Dios había enviado a su Hijo, a nacer de mujer y en nuestra condición, para rescatar a todos del pecado y para que todos, judíos y paganos, recibieran la condición de hijos, o sea, de hermanos suyos.
De momento, a la pregunta capciosa de los fariseos, Jesús, sirviéndose de la imagen y de la inscripción sobre la moneda romana que había querido que le enseñasen, contestó que había que dar al César lo que era del César y a Dios lo que es de Dios.
No era para ser revolucionario político que había venido al mundo, sino para llevar luz a cualquiera. A su pueblo, pero también a los romanos, todos hijos del mismo Padre que le había enviado a la humanidad. Aquel día, todo eso no pudo explicarlo, porque, como hemos dicho, no lo hubieran comprendido, pero era por eso que no se había puesto en contra tampoco de los romanos. Lo que importa, impuestos sí, impuestos no, es dar a Dios el amor, porque, es esto suyo: Dios es Amor.

Bruno Moriconi, ocd

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