Corso monache 26 giugnoOrando con el Evangelio

P. Bruno Moriconi, o.c.d.

EVANGELIO: Mt 5,1-12a 

1Al ver Jesús el gentío, subió al monte, se sentó y se acercaron sus discípulos; 2y, abriendo su boca, les enseñaba diciendo:3«Bienaventurados los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos. 4Bienaventurados los mansos, porque ellos heredarán la tierra. 5Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados. 6Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos quedarán saciados. 7Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia. 8Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. 9Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios. 10Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos. 11Bienaventurados vosotros cuando os insulten y os persigan y os calumnien de cualquier modo por mi causa. 12Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo.

Para no equivocarnos ni espantarnos delante estas extrañas bienaventuranzas, que solo los grandes Santos han entendido y vivido sin miedo, hay que entender bien dos cosas. La primera, que Jesús las propone únicamente para sus discípulos y, la segunda, que hay que aprender lo que significa ser discípulos suyos. 

Una cosa que resulta clara de la contextualización del discurso por parte de los dos evangelistas (Mateo y Lucas), que lo relatan. “Al ver Jesús el gentío”, escribe Mateo, “subió al monte, se sentó y se acercaron sus discípulos; y, abriendo su boca, les enseñaba diciendo: […]” (Mt 5,1-12). “Levantando los ojos hacia sus discípulos”, escribe Lucas, “les decía: Bienaventurados vosotros los pobres […]” (Lc 6,20-26). 

Como se puede ver, en ambos textos está claro que el interlocutor de Jesús no es cualquiera, sino solo el grupo de sus discípulos. Tanto en el relato de Mateo como en el de Lucas, Jesús habla porque ha visto a las muchedumbres, pero su enseñanza revolucionaria, es para los discípulos. En otras palabras, habla a los que le siguen de cerca y podrán entenderlo, una vez iluminados por el Espíritu. Volvamos otra vez al texto de Mateo:  

Al ver Jesús el gentío”, escribe Mateo, “subió Jesús al monte, se sentó y se acercaron sus discípulos; y, abriendo su boca, les enseñaba diciendo:Bienaventurados los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos. Bienaventurados los mansos, porque ellos heredarán la tierra. Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados. Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos quedarán saciados. Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia. Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios. Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos. Bienaventurados vosotros cuando os insulten y os persigan y os calumnien de cualquier modo por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo”.

Las muchedumbres están presentes y constituyen indudablemente la preocupación constante de Jesús como en otras ocasiones. Sin embargo, según la explícita anotación de ambos evangelistas, el Maestro dirige, por ahora, sus bienaventuranzas solo a los discípulos. Este detalle es muy importante, no porque el evangelio de Jesús, y en particular las bienaventuranzas, sólo sean para algunos sabios privilegiados. El agradecimiento que Jesús ofrece al Padre en otra ocasión por haber escondido las cosas del Reino a los sabios y a los listos, para revelarlas a los simples (Mt 11,26), vendría a desmentirlo categóricamente.

 La razón no es ésta, sino la siguiente. Las bienaventuranzas las enseña Jesús únicamente a los "discípulos", porque sólo como tales, conociendo realmente a Jesús, son y serán, capaces de entender lo que Él dice demostrándolo con su vida. Entonces, no porque son más inteligentes que otros, sino porque, cuando hayan recorrido todo el camino detrás de Jesús, entenderán hasta lo que quiso decir en aquel discurso tan especial. 

Lo entenderán cuando, guiados por el Espíritu, se darán cuenta de que Jesús ha aceptado morir, no por debilidad, sino por su amor que le pedía dar la vida, para no quitarla a nadie. Y todavía más, para que todos puedan tener vida para siempre. 

Entenderán que era Él, el manso, Él aquel que había llorado, Él el perseguido por la justicia, Él el pobre, etcétera. Ni siquiera ellos, lo habían entendido aquel día y, llenos de miedo, se habían escondido cuando Jesús fue prendido y condenado a muerte. Hasta llegaron a pensar que se habían equivocado creyendo que Jesús era el Mesías.

Cuando, sin embargo, lo vieron de nuevo vivo, y el Espíritu Santo los iluminó, entonces lo entendieron todo. Entendieron y también se convirtieron ellos mismos en mansos, pobres, capaces de soportar el dolor y la persecución. No por espíritu de mortificación, sino por amor a los demás, como Jesús les había mostrado. 

Como verdaderos discípulos de su Maestro, empezaron a entender, lo que en la cumbre del monte les había parecido demasiado. En efecto, para entender las bienaventuranzas, hace falta fijarse en Jesús, o sea - como exhortó Teresa de Ávila a sus hijas carmelitas – hace falta tener la mirada fija en el crucificado.   

Bruno Moriconi, ocd

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