Corso monache 26 giugnoOrando con el Evangelio

P. Bruno Moriconi, o.c.d.

EVANGELIO: Mt 25,14-30 

14«Es como un hombre que, al irse de viaje, llamó a sus siervos y los dejó al cargo de sus bienes: 15a uno le dejó cinco talentos, a otro dos, a otro uno, a cada cual según su capacidad; luego se marchó. 16El que recibió cinco talentos fue enseguida a negociar con ellos y ganó otros cinco. 17El que recibió dos hizo lo mismo y ganó otros dos. 18En cambio, el que recibió uno fue a hacer un hoyo en la tierra y escondió el dinero de su señor. 19Al cabo de mucho tiempo viene el señor de aquellos siervos y se pone a ajustar las cuentas con ellos. 20Se acercó el que había recibido cinco talentos y le presentó otros cinco, diciendo: “Señor, cinco talentos me dejaste; mira, he ganado otros cinco”. 21Su señor le dijo: “Bien, siervo bueno y fiel; como has sido fiel en lo poco, te daré un cargo importante; entra en el gozo de tu señor”. 22Se acercó luego el que había recibido dos talentos y dijo: “Señor, dos talentos me dejaste; mira, he ganado otros dos”. 23Su señor le dijo: “¡Bien, siervo bueno y fiel!; como has sido fiel en lo poco, te daré un cargo importante; entra en el gozo de tu señor”. 24Se acercó también el que había recibido un talento y dijo: “Señor, sabía que eres exigente, que siegas donde no siembras y recoges donde no esparces, 25tuve miedo y fui a esconder tu talento bajo tierra. Aquí tienes lo tuyo”. 26El señor le respondió: “Eres un siervo negligente y holgazán. ¿Con que sabías que siego donde no siembro y recojo donde no esparzo? 27Pues debías haber puesto mi dinero en el banco, para que, al volver yo, pudiera recoger lo mío con los intereses. 28Quitadle el talento y dádselo al que tiene diez. 29Porque al que tiene se le dará y le sobrará, pero al que no tiene, se le quitará hasta lo que tiene. 30Y a ese siervo inútil echadlo fuera, a las tinieblas; allí será el llanto y el rechinar de dientes”».

El hombre rico que se va de viaje y llama a sus siervos para dejarles al cargo de sus bienes representa a Jesús que ha vuelto al Padre y nos espera allí, cuando sea nuestra hora. Los siervosrepresentan a sus discípulos que ya no son siervos, sino amigos y hermanos suyos, enviados a construir el Reino de Dios, empezado por Él en este mundo. Los talentos son los dones recibidos por naturaleza y por gracia que nos deberían empujar a crecer y producir siempre más frutos. 

Como en la parábola de las diez muchachas, donde cinco son sabias y cinco necias, aquí hay dos siervos que saben emplear los talentos y uno que, no siendo capaz de nada, no obtiene nada. Como en la parábola de las vírgenes, no se trata de buenos y malos, sino de listos y de necios, inteligentes y estúpidos.    

El hombre rico que representa a Jesús tiene ocho talentos y, asumiendo el peligro de perder esa gran cantidad de dinero (cada uno de los talentos de oro, corresponde a 35/60 kilos de ese precioso metal), los distribuye en tres cantidades distintas. A uno da cinco talentos, a otro dos y al tercero uno, según los juzga capaces. También entre los hijos de una misma familia, hay quien es más inteligente que otro. Todos son hijos y tienen los mismos derechos, pero con capacidades distintas, uno para llegar a profesor, otro para el comercio, otro como artista, etc. Lo importante es que cada terreno, donde cae la semilla del buen sembrador, produzca su treinta, su sesenta y, tal vez, su cien por cien. 

La distinta cantidad de talentos cedida a cada uno de los tres siervos (5, 2 y 1) no depende de la parcialidad del Señor, sino del respeto por las capacidades de cada uno y de la posibilidad de que todos estén al alcance de dar su máximo. Como se ve, no importa que uno haya producido cinco más de los recibidos y otro solo dos más. Ambos se han portado como buenos administradores. De hecho, a los dos, el dueño dice lo mismo, o sea: “¡Bien, siervo bueno y fiel! Como has sido fiel en lo poco, te daré un cargo importante; entra en el gozo de tu señor”.   

El tercer servidor no viene condenado porque no ha sido capaz de producir mucho, sino porque no se ha movido para nada. Con menos esfuerzo de lo que le ha costado excavar la tierra y esconder allí el talento recibido, habría podido ponerlo en el banco, pero ni siquiera ha hecho eso. No sólo ha sido perezoso, sino también necio y temeroso. Necio y temeroso y también malvado porque no se ha fiado, como los otros, de la confianza recibida por parte de su dueño. 

Nos resulta difícil aceptar que ese dueño, representante del Señor, confirme ser uno que siega donde no siembra y recoge donde no esparce, aunque sea solo para subrayar la necedad del siervo que, aun temiendo esa severidad, no ha hecho nada, por lo que ha recibido. De hecho, solo obrándolo, puede crecer. No haciendo nada, no solo no crece nada, sino que disminuye también lo poco que uno tenía o pensaba tener. Non progredi est regredi, decían los latinos, no avanzar es regresar. Por eso, el dueño ordena a sus siervos: “Quitadle el talento y dádselo al que tiene diez. Porque al que tiene, se le dará y le sobrará, pero al que no tiene, se le quitará hasta lo que tiene”. 

Efectivamente, lo que tiene el tercer siervo no es suyo y su nada no puede crecer. Su culpa es no haberse prestado para el bien. No basta no hacer el mal, hace falta operar el bien, aunque sea poco, porque lo único que queda de nosotros es lo que hemos dado. Sin embargo, si Jesús nos cuenta que ese hombre que se va de viaje y llama a sus siervos para dejarles al cargo de sus bienes, se enfada con el siervo necio llamándolo siervo inútil y ordenando que lo echen fuera, a las tinieblas donde hay llanto y rechinar de dientes, no es para espantarnos, sino para despertarnos como discípulos suyos.

No tenemos que pensar enseguida en el infierno, sino en la necesidad de hacer algo, porque no basta con decir Señor, Señor. El verdadero discípulo en el cual el Señor confía al punto de darle sus bienes para que los haga fructificar - como aprenderá en lo que sigue en el mismo capítulo 25 de Mateo (vv. 31-46) que se leerá el domingo que viene - tiene que dar de comer a los hambrientos, de beber a los que tienen sed, hospedar a los forasteros, visitar a los enfermos y a los encarcelados. Sí, porque haber sido llamados a ser cristianos es un don que nadie puede dejar de vivir sin producir algún bien.

Bruno Moriconi, ocd