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EVANGELIO: Mc 13,33-37

33Estad atentos, vigilad: pues no sabéis cuándo es el momento. 34Es igual que un hombre que se fue de viaje, y dejó su casa y dio a cada uno de sus criados su tarea, encargando al portero que velara. 35Velad entonces, pues no sabéis cuándo vendrá el señor de la casa, si al atardecer, o a medianoche, o al canto del gallo, o al amanecer: 36no sea que venga inesperadamente y os encuentre dormidos. 37Lo que os digo a vosotros, lo digo a todos: ¡Velad!».

El anuncio de la llegada del Hijo del hombre desemboca en la exhortación a permanecer despiertos. Para ilustrar esa exhortación a estar alerta ante la incertidumbre de la hora en la cual volverá tras su marcha, Jesús presenta una comparación. Los siervos han sido encargados cada uno de su trabajo y advertidos. Él volverá cuando menos lo esperan y, por eso, es prudente que, en el momento del regreso se encuentren cada uno en su sitio, cumpliendo con su deber. Cada uno ocupado en su trabajo: el portero que los vela y el resto.

¿Qué pasará, si los encuentra ociosos? Aquí no hay ninguna amenaza, como, por ejemplo, al final del capítulo 25 de Mateo, donde, hablando de los que no habían reconocido a Jesús en los necesitados, se lee que “irán al castigo eterno”. Aquí, solo se insiste sobre la necesidad de velar, “pues no sabemos cuándo vendrá el señor, si al atardecer, o a medianoche, o al canto del gallo, o al amanecer”. La amenaza consiste solo en la vergüenza de ser encontrados indolentes. “No sea que venga inesperadamente y os encuentre dormidos”, concluye Jesús hablando a los que le estaban escuchando aquel día recién salido del templo y estando en el monte de los Olivos, pero sobre todo a nosotros que leemos su Evangelio. “Lo que os digo a vosotros”, añadió de hecho, “lo digo a todos: ¡Velad!”.

         Al salir del templo, uno de sus discípulos le había dicho: “Maestro, mira qué piedras y qué edificaciones”. El templo, construido por Herodes, era esplendoroso, pero Jesús le respondió: “¿Ves esos grandes edificios?; pues serán destruidos, sin que quede piedra sobre piedra”. Ahora, llegados al monte de los Olivos, desde donde se veía muy bien el templo y toda la ciudad, Pedro, Santiago, Juan y Andrés, impresionados por este triste vaticinio, querían saber más. “Dinos”, le preguntaron, “¿cuándo sucederán estas cosas?”.

Seguramente la misma pregunta acerca del momento: ¿qué podríamos hacer nosotros? ¿qué nos gustaría? pues nos resultaría muy útil saber cuándo va a volver el Señor. Tenemos, sin embargo, que escuchar lo que contestó Jesús a la pregunta de sus mejores discípulos. “Estad atentos”, les dijo, “para que nadie os engañe. Vendrán muchos en mi nombre, diciendo: “Yo soy”, y engañarán a muchos. Cuando oigáis hablar de guerras y noticias de guerra”, añadió, “no os alarméis. Todo esto ha de suceder, pero no es todavía el final”.

Se engañó incluso san Pablo, pensando que el Señor llegaría durante el tiempo de su generación y entonces, por ejemplo, dijo que no hacía falta ya casarse, ya que estaba por comenzar otro tipo de mundo. Se engañaron muchos y, por eso, Pedro, en su segunda carta tuvo que escribir que sí, “el Día del Señor llegará como un ladrón”, pero que no hay que olvidar una cosa, “que para el Señor un día es como mil años y mil años como un día”. Y lo que Pedro añadió enseguida es muy consolador. “El Señor”, siguió escribiendo Pedro dejándolo escrito para nosotros, “no retrasa su promesa, como piensan algunos, sino que tiene paciencia, porque no quiere que nadie se pierda, sino que todos accedan a la conversión” (2 Pe. 3,8-9).

         Es en estas últimas palabras de Pedro en las que hay que fijar nuestra atención. El Señor no quiere que nadie se pierda, sino que todos accedan a la conversión. Por eso nos quiere encontrar despiertos y vigilantes. No por miedo a Él, sino para que Él nos pueda reconocer como suyos: ya no más siervos, sino hermanos suyos, hijos del mismo Padre que no hace otra cosa que esperar que nos demos cuenta de que estamos en su casa. Lo que dijo el padre de la parábola al hijo mayor, lo dice a cada uno de nosotros: “Hijo, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo (Lc 15,31)

Esperar al Señor quiere decir hacerlo partícipe de nuestra vida, felices por haber conocido su buena noticia y por ser enviados a reconocerla en nuestra vida eficaz y laboriosa. “El Señor Jesús”, dejó escrito el Jesuita, filósofo, paleontólogo y poeta, Pierre Teilhard de Chardin (1881-1955), “vendrá pronto solo si lo sabemos esperar ardientemente”.

Esta es la venida importante, la que nos hace cristianos operosos. El momento de la última venida, como dice el mismo Jesús en el evangelio de Mateo, nadie lo sabe. “En cuanto al día y la hora”, dijo, “nadie lo conoce, ni los ángeles de los cielos ni el Hijo, sino solo el Padre” (Mt 24,36). Un motivo más, no para tener miedo, sino para velar despiertos.

Bruno Moriconi, ocd