Corso monache 26 giugnoOrando con el Evangelio

P. Bruno Moriconi, o.c.d.

EVANGELIO: Lc 2,22-40 

22Cuando se cumplieron los días de su purificación, según la ley de Moisés, lo llevaron a Jerusalén para presentarlo al Señor, 23de acuerdo con lo escrito en la ley del Señor: «Todo varón primogénito será consagrado al Señor», 24y para entregar la oblación, como dice la ley del Señor: «un par de tórtolas o dos pichones».25Había entonces en Jerusalén un hombre llamado Simeón, hombre justo y piadoso, que aguardaba el consuelo de Israel; y el Espíritu Santo estaba con él. 26Le había sido revelado por el Espíritu Santo que no vería la muerte antes de ver al Mesías del Señor. 27Impulsado por el Espíritu, fue al templo. Y cuando entraban con el niño Jesús sus padres para cumplir con él lo acostumbrado según la ley, 28Simeón lo tomó en brazos y bendijo a Dios diciendo:29«Ahora, Señor, según tu promesa, | puedes dejar a tu siervo irse en paz.30Porque mis ojos han visto a tu Salvador,31a quien has presentado ante todos los pueblos:32luz para alumbrar a las naciones | y gloria de tu pueblo Israel».33Su padre y su madre estaban admirados por lo que se decía del niño. 34Simeón los bendijo y dijo a María, su madre: «Este ha sido puesto para que muchos en Israel caigan y se levanten; y será como un signo de contradicción 35—y a ti misma una espada te traspasará el alma—, para que se pongan de manifiesto los pensamientos de muchos corazones».36Había también una profetisa, Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser, ya muy avanzada en años. De joven había vivido siete años casada, 37y luego viuda hasta los ochenta y cuatro; no se apartaba del templo, sirviendo a Dios con ayunos y oraciones noche y día. 38Presentándose en aquel momento, alababa también a Dios y hablaba del niño a todos los que aguardaban la liberación de Jerusalén.39Y, cuando cumplieron todo lo que prescribía la ley del Señor, se volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret. 40El niño, por su parte, iba creciendo y robusteciéndose, lleno de sabiduría; y la gracia de Dios estaba con él.

Mientras en el día de Navidad todos los ojos estaban fijos en el Niño Jesús, ahora la Iglesia quiere que pongamos la mirada sobre toda la familia. Sagrada, porque se trata de Jesús, María y José.  Los tres a los cuales la piedad popular recurre con esta preciosa jaculatoria: “Jesús, José y María, os doy el corazón y el alma mía”.

Cuando se cumplieron los días de su purificación, según la ley de Moisés, llevaron al Niño a Jerusalén para presentarlo al Señor, de acuerdo con lo escrito en la ley del Señor: “Todo varón primogénito será consagrado al Señor», y para entregar la oblación, como dice la ley del Señor: «un par de tórtolas o dos pichones”.

Se había cumplido el tiempo (los cuarenta días) de su purificación, nos informa Lucas que, hablando de la necesidad de la purificación de los dos (María y José), no está bien informado, porque la ley mosaica no habla nunca de la purificación del esposo. Según esa ley (Lv 12,2-8), la mujer que da a luz a un hijo varón no puede tocar nada sagrado ni entrar en el área del templo por cuarenta días, a causa de su impureza. Al término de este período, tiene que ofrecer un cordero, del cual hay que quemarlo todo, y una tórtola o un pichón en expiación de sus pecados. Las mujeres pobres como María, que no pueden permitirse un cordero, ofrecen “un par de tórtolas o dos pichones”, como, de hecho, hace con José.

De todas formas, lo que aquí importa no es tanto la purificación de María, sino la presentación del Niño Jesús que, en cuanto primogénito - esto sí según los mandatos de la ley (Es 13,2.12) -, tiene que ser ofrecido a Dios. María y José lo hacen para cumplir esa ley, pero esta ofrenda toma un sentido del todo particular, puesto que es como la anticipación de la ofrenda que Jesús hará de su cuerpo y de su sangre por la remisión de los pecados de todos. 

De hecho, en el templo, María y José no encuentran solo sacerdotes y levitas para cumplir el rito, sino también un santo varón llamado Simeón, hombre justo y piadoso, que aguardaba el consuelo de Israel. Le había sido revelado por el Espíritu Santo que no vería la muerte antes de ver al Mesías del Señor que, enseguida, reconoció en el niño Jesús. Lo tomó en brazos y bendijo a Dios afirmando que ya podía morir en paz, puesto que sus ojos habían visto al Salvador esperado por todo el pueblo de Israel. 

Y no solo bendijo a Dios y a los dos esposos, sino que, a María le comunicó que iba a participar de manera muy íntima en los padecimientos de su Hijo.  “Éste”, dijo refiriéndose al Niño, “ha sido puesto para que muchos en Israel caigan y se levanten; y será como un signo de contradicción, y a ti misma”, añadió, “una espada te traspasará el alma”. No dijo lo mismo a José, porque no estaba hablando de las muchas fatigas y preocupaciones que él tenía que compartir con su mujer, sino de los dolores viscerales que - de manera única - unen a María con su Hijo, haciendo de ella una corredentora.

En el templo había también una profetisa, Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser, que tenía ya ochenta y cuatro años, siete de los cuales los había vivido con su esposo, pasando el resto sirviendo al Señor. Ella también, tomando la palabra en aquel momento, alababa a Dios y hablaba del Niño a todos los que aguardaban la liberación de Jerusalén.

No sabemos por qué el evangelista esté tan interesado en anotar los años que tenía esa santa mujer, pero algo se puede intentar de comprender, dividiendo 84 por 7, número que en la Biblia es el símbolo de la perfección de Dios. 

Ahora bien, 84 dividido por 7, da 12, o sea, doce veces siete ¡más de los necesarios para llegar a setenta (7x10, el máximo de lo que puede uno hacer)! Y si restamos los siete vividos con su esposo, quedan todavía 77 años, ¡todavía más de setenta!, todos vividos por el Señor.  Su Señor que ahora ella puede ver y contemplar en ese Niño de nombre Jesús. 

Bruno Moriconi, ocd