Corso monache 26 giugnoOrando con el Evangelio

P. Bruno Moriconi, o.c.d.

EVANGELIO: Jn. 1,1-8

En el principio existía el Verbo, y el Verbo estaba junto a Dios, y el Verbo era Dios. 2Él estaba en el principio junto a Dios. 3Por medio de él se hizo todo, y sin él no se hizo nada de cuanto se ha hecho. 4En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres. 5Y la luz brilla en la tiniebla, y la tiniebla no la recibió. 6Surgió un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan: 7este venía como testigo, para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por medio de él. 8No era él la luz, sino el que daba testimonio de la luz. 9El Verbo era la luz verdadera, que alumbra a todo hombre, viniendo al mundo. 10En el mundo estaba; | el mundo se hizo por medio de él, y el mundo no lo conoció. 11Vino a su casa, y los suyos no lo recibieron. 12Pero a cuantos lo recibieron, les dio poder de ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre. 13Estos no han nacido de sangre, ni de deseo de carne, ni de deseo de varón, sino que han nacido de Dios. 14Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria: gloria como del Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad. 15Juan da testimonio de él y grita diciendo: «Este es de quien dije: el que viene detrás de mí se ha puesto delante de mí, porque existía antes que yo». 16Pues de su plenitud todos hemos recibido, gracia tras gracia. 17Porque la ley se dio por medio de Moisés, la gracia y la verdad nos han llegado por medio de Jesucristo. 18A Dios nadie lo ha visto jamás: Dios unigénito, que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado a conocer.

¡En el principio!

Son las mismas palabras del comienzo de la Biblia (Gén 1,1: “Al principio creó Dios el cielo y la tierra”). Aquí se habla, entonces, de la nueva creación por medio de la encarnación del Hijo de Dios. En el principio existía el Verbo (la Palabra), y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios. El verbo griego empleado en estas tres afirmaciones es siempre el mismo (era), pero, correctamente, la traducción resalta los tres significados distintos que indican la existencia eterna del Verbo (existía), su relación con el Padre (estaba junto a Dios) y su divinidad (era Dios).

El Verbo (Logos) es la Palabra de Dios en acción, o sea, la palabra con la cual crea (Gen 1,3), se revela (Amos 3,7-8) y redime (Salmo 107,19-20). El texto continúa diciendo que “por medio de él se hizo todo, y sin él no se hizo nada de cuanto se ha hecho”, pero la intención del evangelista no es hacer un tratado sobre la creación, sino introducir el hecho de la encarnación que declara abiertamente en el versículo 14, donde se leen estas palabras: “Y el Verbo [esa palabra por medio de la cual se había hecho todo lo que existe] se hizo carne y habitó entre nosotros”.

Una afirmación sin embargo ya implícita en las palabras del versículo 4 (“en Él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres”) y en las del versículo 5 (“la tiniebla no la recibió”), alusivas al rechazo de Jesús por las autoridades religiosas y civiles de su tiempo. Unas palabras, estas últimas del versículo 5 referidas a la luz (“la tiniebla no la recibió”) que, con otra traducción, tal vez mejor, se pueden también leer como “no la pudo vencer”. En el sentido de que, si bien la luz de Jesús no fue bien recibida por la “tiniebla” de este mundo, sigue brillando para siempre.

Sin embargo, después del paréntesis dedicado a la venida y al rol del precursor (Surgió un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan) en los versículos 6-8, y la repetición con otras palabras de la luz del Verbo no recibida (vv. 9-10), todo se hace muy concreto y definido. “Vino a su casa”, escribe el evangelista, hablando del pueblo de Israel donde nace Jesús, “y los suyos no lo recibieron” (v. 11).

Sí, porque es esto lo que se pasó. En su tierra y por su pueblo, el Hijo de Dios no fue recibido y hasta fue condenado como un malhechor. Ello pudo ser juzgado como un fracaso solo a los ojos del mundo, pero no a los ojos de los creyentes. Estos saben que, “a cuantos lo recibieron, les dio poder de ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre. Estos no han nacido de sangre, ni de deseo de carne, ni de deseo de varón, sino que han nacido de Dios” (vv12-13). Los creyentes llegan a ser hijos de Dios, no en una de las tres maneras mencionadas, sino por la intervención del mismo Dios que, en su Hijo, los hace hijos suyos.

Bruno Moriconi, ocd