Corso monache 26 giugnoOrando con el Evangelio

P. Bruno Moriconi, o.c.d.

EVANGELIO: Mc 11,1-10 

Cuando se acercaban a Jerusalén, por Betfage y Betania, junto al monte de los Olivos, mandó a dos de sus discípulos, 2diciéndoles: «Id a la aldea de enfrente y, en cuanto entréis, encontraréis un pollino atado, que nadie ha montado todavía. Desatadlo y traedlo. 3Y si alguien os pregunta por qué lo hacéis, contestadle: “El Señor lo necesita, y lo devolverá pronto”». 4Fueron y encontraron el pollino en la calle atado a una puerta; y lo soltaron. 5Algunos de los presentes les preguntaron: «¿Qué hacéis desatando el pollino?». 6Ellos les contestaron como había dicho Jesús; y se lo permitieron.7Llevaron el pollino, le echaron encima los mantos, y Jesús se montó. 8Muchos alfombraron el camino con sus mantos, otros con ramas cortadas en el campo. 9Los que iban delante y detrás, gritaban: «¡Hosanna! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! 10 ¡Bendito el reino que llega, el de nuestro padre David! ¡Hosanna en las alturas!».

El Evangelio de hoy – Domingo de Ramos - es el relato de la Pasión (Mc 14,1-15,47) que se ofrece, en su totalidad, para escucharlo atentamente y meditar su contenido. Aquí comentamos el Evangelio que se lee antes de empezar la procesión (Mc 11,1-10) y que relata la entrada y acogida de Jesús por la gente simple y sencilla que lo reconoce como Mesías.      

Todo empieza con la ubicación de Jesús y de sus discípulos. Se están acercando a Jerusalén, nos informa el evangelista, pasando por Betfage (casa de las higueras) y Betania (casa de los pobres o de Ananías), donde Jesús se encontraba a veces con Marta, María y Lázaro, sus amigos. Dos lugares que, llegando de Jericó donde hasta entonces habían estado, son las últimas poblaciones antes de llegar a la cumbre del monte de los Olivos, desde la cual se admira la ciudad en toda su espléndida anchura. Entre el monte y Jerusalén está el torrente Cedrón y, antes de bajar para subir de nuevo a la Ciudad, Jesús ordena a dos de sus discípulos que vayan a buscarle un pollino en el que quiere montar.

En ese momento Jesús, a pesar de lo que le va a pasar dentro de pocos dias, no está triste como lo estará poco después, como nos cuenta Lucas, cuando, al acercarse más a la ciudad y viendo la hostilidad de los jefes contra él, lloró sobre ella profetizando los asedios de los romanos que “no dejarán piedra sobre piedra”, por no haber reconocido el tiempo de la visita de Dios (cf. Lc 19,41-44). En el pasaje del evangelio de Marcos, solo se habla de la preparación de su ingreso por parte del mismo Jesús, que quiere dar una señal de su mesianismo pacífico, y de la bienvenida entusiasta por la gente del pueblo.               

No se conoce el lugar donde se encuentra la aldea “de enfrente”, a la que Jesús envía a los dos discípulos a desatar un pollino; quizás pueda ser un poblado en la misma cumbre del monte. Lo que interesa es el mismo pollino y el hecho de que nadie lo ha montado todavía. ¿Por qué? Porque, según Números 19,2 y Deuteronomio 21,3, un animal destinado al culto no tiene que haber llevado el yugo. Por su parte, Zacarías 9,9, refiriéndose directamente al ingreso del Mesías, había profetizado: ¡Salta de gozo, Sión; ¡alégrate, Jerusalén! Mira que viene tu rey, justo y triunfador, pobre y montado en un borrico, en un pollino de asna”.    

Los dos discípulos encargados por Jesús fueron a la aldea indicada por el Maestro y, después de haber aclarado que lo devolverían, volvieron con el pollino. Todo lo que sigue, después de haber echado unos mantos encima al animal y habiéndolo montado Jesús, parece acaecer espontáneamente. Muchos alfombraron el camino con sus mantos, otros con ramas cortadas en el campo y los que iban delante y detrás, iban gritando: “¡Hosanna! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Bendito el reino que llega, el de nuestro padre David! ¡Hosanna en las alturas!”.

La colocación de los mantos a los pies de la cabalgadura de Jesús recuerda la acogida de Jehú una vez ungido rey de Israel, contada en 2Re 9,11-13. De inmediato, también en aquella ocasión, cada uno se apresuró a tomar su manto para colocarlo a sus pies sobre el empedrado, mientras, al toque del cuerno, la gente iba gritando: “Jehú es rey”

La aclamación (el Hosanna) con la cual es acogido Jesús se encuentra en el Salmo 118,25-26, pero ya se usa solo como una aclamación de saludo. Un saludo, sin embargo, al que los evangelistas añaden unas palabras (¡Bendito el que viene en nombre del Señor!) para resaltar que Jesús es reconocido como Mesías hijo de David, como acaba de llamarlo Bartimeo, el ciego de Jericó, según el relato de Marcos (Mc 10,46-52), que merece la pena recordar aquí: 

Y llegan a Jericó. Y al salir él con sus discípulos y bastante gente, un mendigo ciego, Bartimeo, el hijo de Timeo, estaba sentado al borde del camino pidiendo limosna. Al oír que era Jesús Nazareno, empezó a gritar: «Hijo de David, Jesús, ten compasión de mí». Muchos lo increpaban para que se callara. Pero él gritaba más: «Hijo de David, ten compasión de mí». Jesús se detuvo y dijo: “Llamadlo”. Llamaron al ciego, diciéndole: “Ánimo, levántate, que te llama”. Soltó el manto, dio un salto y se acercó a Jesús. Jesús le dijo: “¿Qué quieres que te haga?”. El ciego le contestó: “Rabbuní, que recobre la vista”. Jesús le dijo: “Anda, tu fe te ha salvado”. Y al momento recobró la vista y lo seguía por el camino.

Hemos de atender particularmente a esta última expresión (“recobró la vista y lo seguía por el camino”), porque, a diferencia de la gente que ahora aclama a Jesús y dentro de pocos dias gritará a Pilato que lo crucifique (Jn 19,15), nuestro modelo es Bartimeo. Este ciego que, recobrada la vista, lo sigue por el camino, que ya no es una simple vía, sino el camino de Jesús que llega hasta Jerusalén, a la Cruz y a la resurrección.  El camino de la vida, como reconocemos los cristianos.  

Bruno Moriconi, ocd