Corso monache 26 giugnoOrando con el Evangelio

P. Bruno Moriconi, o.c.d.

EVANGELIO: Mc 4,35-41 

Aquel día, al atardecer, les dice Jesús: «Vamos a la otra orilla». 36Dejando a la gente, se lo llevaron en barca, como estaba; otras barcas lo acompañaban. 37Se levantó una fuerte tempestad y las olas rompían contra la barca hasta casi llenarla de agua. 38Él estaba en la popa, dormido sobre un cabezal. Lo despertaron, diciéndole: «Maestro, ¿no te importa que perezcamos?». 39Se puso en pie, increpó al viento y dijo al mar: «¡Silencio, enmudece!». El viento cesó y vino una gran calma. 40Él les dijo: «¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?». 41Se llenaron de miedo y se decían unos a otros: «¿Pero ¿quién es este? ¡Hasta el viento y el mar lo obedecen!».

Creo que, en este fragmento del Evangelio, en lugar de detenernos en el milagro de Jesús, que enmudece la fuerte tormenta que de repente se levanta en el mar de Galilea, resulte mejor pararnos a examinar las tres preguntas: dos de Jesús a los discípulos (¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?) y otra de los discípulos, estupefactos por el hecho de que hasta el viento y el mar obedezcan a su maestro (Pero ¿quién es este?). 

         Dicho esto, también es importante fijarnos en la primera orden que Jesús, llegado el atardecer, da a sus discípulos (Vamos a la otra orilla). Esta otra orilla, en efecto, no solo indica el otro lado de la laguna, sino que tiene también un significado simbólico, dado que el milagro de Jesús se refiere más a la vida futura de la Iglesia, representada por la barca y los discípulos temerosos, que al simple hecho de haber Jesús calmado las olas de la laguna aquel día. 

Desde esta perspectiva, el hecho extraño de que Jesús duerma tranquilo sobre el cómodo cabezal de popa mientras la barca es alzada y hundida violentamente por las olas, más que una prueba de fe para aquellos hombres, quiere significar su presencia entre los suyos hasta el fin del mundo, aunque, muchas veces, parezca que no está. Es para nuestro tiempo para el que los evangelios han sido escritos, y las preguntas de Jesús un poco provocativas (¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?) son más bien un aguijón para despertar y avivar nuestra fe que la de los primeros discípulos. 

         Después de estas dos preguntas, el evangelista anota una cosa aún más notable y, en cierto modo, extraña. Los discípulos no pasan miedo solo cuando el mar se agita contra ellos y Jesús duerme tranquilo; este, incluso, se acentúa después de que su maestro haya calmado las olas y haya llegado la bonanza, o sea, tras el milagro. Para ser más precisos, después de que Jesús les haya regañado por su pusilanimidad y su falta de fe. Mientras, de hecho, Él les reprocha el haber sido cobardes (deiloi, en griego), cuando el mar se agitaba y Él dormía, ahora se llenan “de miedo”. Literalmente “sintieron un miedo grande” (ephobethesan phobon megan). 

Para intentar entender esta ulterior y más grande turbación, podemos contemplarla a la luz de la experimentada al momento de la transfiguración, que tuvo lugar más tarde (Mc 9,2-13). También allí en aquel monte, en efecto, no pudieron entender cómo, su maestro, aun cuando fuera incluso el mejor de todos y, quizás, el mesías esperado, pero siempre un hombre, apareciera como divinizado. También en aquella ocasión, no supieron decir nada sensato, porque “tenían miedo” (ekphoboi egenonto). 

Lo mismo aquí: están contentos de que las aguas se hayan calmado, pero no pueden asumir que un hombre, incluso si Jesús es el mesías, pueda mandar a los elementos de la naturaleza. “Se llenaron de miedo - escribe Marcos - y se decían unos a otros: “Pero ¿quién es éste? ¡Hasta el viento y el mar lo obedecen!”. Ellos no podían saber todavía que Jesús era aquel Hijo que, llegada la plenitud de los tiempos, el Padre había enviado a nacer de mujer (Gal 4,4), pero la historia de la tormenta calmada ha sido escrita para nosotros que lo sabemos, aunque a menudo lo olvidamos. Con la encarnación de su Hijo, Dios ya no es simplemente el que, desde el cielo, protege la creación y la humanidad, como se profesa en cada religión, sino parte de nuestra historia, dentro de la cual ha vivido y sufrido, con y portodos los hombres. 

El milagro en el que hay que creer y que tiene que confortarnos en cada situación pacífica o borrascosa es éste. El Señor está con nosotros. No calma los mares que continúan, como los volcanes y los terremotos, a acechar la vida de muchos, pero, habiendo pasado por este mundo, sigue formando parte de nuestra historia, durante la cual ha sido hasta condenado y enviado a muerte. El milagro es éste. Aunque Jesús se duerma tranquilo en la popa de la barca, es su presencia silenciosa pero segura, junto a cada uno de nosotros, lo que verdaderamente importa. Lo encontramos en la eucaristía, en la oración y en nuestros hermanos y hermanas. Solo hay que descubrirle. 

Como lo descubrió en medio de la ciudad bombardeada el poeta Giuseppe Ungaretti (1888-1970) y lo expresó en su poema: “Mi río también”. Se vuelve a Cristo como hermano que sufre entre los horrores de la segunda guerra mundial que han devastado cada callejón y torturado a sus habitantes. Lo evoca e invoca para poder decir, seguro de su compañía: “Llaga tu corazón / tanto dolor /que esparce el hombre sobre la tierra / [...] Santo, Santo que sufres / para librar de la muerte a los muertos / y sostenernos, infelices vivientes / Ya no lloro solo mi llanto / Sí, Te llamo Santo, / Santo, Santo que sufres".

Estando en Roma en los años 1943-44, entre deportaciones y bombardeos, después de haber perdido a su hermano y más tarde también a su único hijo, es la segunda guerra mundial la que le inspira versos memorables. Mi río también es un himno a la fe que, mientras condena la raíz del mal histórico, da sentido al sufrimiento. La historia aparece como "noche", una larga noche turbada, atormentada, trastornada, pero, a pesar de todo, no desesperante, porque existe dentro de ella una presencia misteriosa: “Cristo, pensativo latido / Astro encarnado en las humanas tinieblas". Un pensativo Cristo que continúa inmolándose "perennemente para reedificar / humanamente al hombre", también y justo en los momentos más trágicos como aquel de la guerra y de la violencia [ahora que en las fosas / con fantasía siniestra / y manos viles / de los semblantes humanos el hombre lacera / la imagen divina]. 

Mejor que muchos teólogos y pastores, el poeta encuentra en la encarnación del Hijo de Dios, el motivo resolutivo de la tragedia de la historia: “Ahora veo, en la noche triste aprendo, / sé que el infierno se abre bajo la tierra / a la medida en que / el hombre ignora, loco / la pureza de Tu pasión". 

El poeta quiere decir que, ignorar el amor manifestado por Cristo al hombre, es como aceptar hacerse partícipes de una vida infernal, en cuanto insoportable.  Y es precisamente en este momento en el que Jesús, como a los temerosos primeros discípulos, nos interpela con estas palabras: “¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?”.

 Y nosotros, no nos preguntamos ya: “¿Quién es éste, a quien hasta el viento y el mar lo obedecen?”. Porque lo sabemos y seguimos buscándole. En la oración y en los acontecimientos de la vida.

Bruno Moriconi, ocd