Corso monache 26 giugnoOrando con el Evangelio

P. Bruno Moriconi, o.c.d.

EVANGELIO: Lc 21,25-28.34-36

25 Habrá signos en el sol y la luna y las estrellas, y en la tierra angustia de las gentes, perplejas por el estruendo del mar y el oleaje, 26 desfalleciendo los hombres por el miedo y la ansiedad ante lo que se le viene encima al mundo, pues las potencias del cielo serán sacudidas. 27 Entonces verán al Hijo del hombre venir en una nube, con gran poder y gloria. 28 Cuando empiece a suceder esto, levantaos, alzad la cabeza; se acerca vuestra liberación». […] 34 Tened cuidado de vosotros, no sea que se emboten vuestros corazones con juergas, borracheras y las inquietudes de la vida, y se os eche encima de repente aquel día; 35 porque caerá como un lazo sobre todos los habitantes de la tierra. 36 Estad, pues, despiertos en todo tiempo, pidiendo que podáis escapar de todo lo que está por suceder y manteneros en pie ante el Hijo del hombre».

Alzad la cabeza; se acerca vuestra liberación

Dicen que, para ser eficaz, una imagen tiene que ser más concreta que una piedra y más viva que una culebra. Pero las imágenes de tipo apocalíptico, como las que usan los Sinópticos en los respectivos capítulos “escatológicos” (Mt 24, Mc 13 y Lc 21) y en el libro de la Revelación (el Apocalipsis), llegan a amedrentar al lector, si no se atiende a las palabras claves que, aquí, por ejemplo, son éstas: “Cuando empiece a suceder esto, levantaos, alzad la cabeza; se acerca vuestra liberación”.

Dios, en Cristo, ha vencido una vez por siempre y los males que siguen pasando en el mundo estarán allí, por desgracia, hasta el fin, pero, son triunfos secundarios, puesto que la victoria de Cristo nos salva pase lo que pase. Lo escribió san Pablo en el capítulo 8 de la carta a los Romanos, para que no perdamos nunca, tampoco en los tiempos más recios, la paz del corazón.

Si Dios está con nosotros”, nos va preguntando, “¿quién estará contra nosotros? El que no se reservó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará todo con él? ¿Quién acusará a los elegidos de Dios? Dios es el que justifica. ¿Quién condenará? ¿Acaso Cristo Jesús, que murió, más todavía, resucitó y está a la derecha de Dios y que además intercede por nosotros? ¿Quién nos separará del amor de Cristo?, ¿la tribulación?, ¿la angustia?, ¿la persecución?, ¿el hambre?, ¿la desnudez?, ¿el peligro?, ¿la espada?” […]Pues”, concluye, “estoy convencido de que ni muerte, ni vida, ni ángeles, ni principados, ni presente, ni futuro, ni potencias, ni altura, ni profundidad, ni ninguna otra criatura podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, nuestro Señor” (Rom 8,31-39).

          Lo mismo quiere decirnos Jesús, al asegurarnos que cuando empiecen a suceder estos eventos no tenemos que tener miedo, sino, levantar la cabeza, porque se está acercando nuestra liberación. O sea, que por encima de los eventuales sucesos cósmicos está Él dominándolos, incluso cuando no lo parezca. Hijo de Dios y nuestro hermano, tiene el control sobre las fuerzas del mal, sean ellas guerras o peligros que surgen del cielo y del mar. Levantar la cabeza en señal de coraje y de esperanza es una imagen que invita a no portarse como la región de Madián sometida por Gedeón que, como escribe el autor del libro de los Jueces, “no volvió a levantar cabeza” (8,28). Al contrario, los discípulos pueden mirar adelante, no solo sin miedo, sino con la esperanza de ver “al Hijo del hombre venir en una nube, con gran poder y gloria”.

          Claro que no fue de esta manera que el Hijo de Dios apareció naciendo en un establo en Belén y muriendo condenado entre ladrones en el Calvario, pero su gloria, para los que creen en Él, es ésta. ¿Aparecerá glorioso al final de los tiempos? En los discursos escatológicos se nos presenta también el tema de la segunda venida del Señor, que la comunidad de los creyentes invoca al final del libro del Apocalipsis con estas palabras: “¡Ven, Señor Jesús!”. Una invocación a la cual, en el alma de los creyentes, resuena esta respuesta alentadora: “Sí, vengo pronto” (Ap 22,20). Un “pronto” que, sin embargo, no hay que tomar en sentido temporal, sino cualitativo (¡Seguro, que vengo!).

          De hecho, también san Pablo y la primera generación de cristianos se equivocaron pensando que el Señor volvería pronto, pero Pedro, en su segunda Carta, habla claramente sobre la manera de entender la promesa de su venida. “No olvidéis una cosa, queridos míos”, escribió, “que para el Señor un día es como mil años y mil años como un día. El Señor no retrasa su promesa, como piensan algunos, sino que tiene paciencia con vosotros, porque no quiere que nadie se pierda, sino que todos accedan a la conversión” (2Pd 3,7-9).

          Por eso, el mismo Jesús finaliza su discurso diciendo: Estad, pues, despiertos en todo tiempo, pidiendo que podáis escapar de todo lo que está por suceder y manteneros en pie ante el Hijo del hombre” (v. 36). Lo que importa, entonces, es estar despiertos en cada tiempo, o sea, en los buenos y malos momentos, porque, como escribió el gran novelista José Luis Borges (1899-1986), “no hay un instante que no pueda ser el cráter del Infierno. No hay un instante que no pueda ser el agua del Paraíso. No hay un instante que no esté cargado como un arma. En cada instante puedes ser Caín o Siddhartha, la máscara o el rostro”.

Despiertos, pues, hay que estar, e invocar al Espíritu para no caer en la tentación de escoger lo malo.

 

Bruno Moriconi, ocd