Corso monache 26 giugnoOrando con el Evangelio

P. Bruno Moriconi, o.c.d.

EVANGELIO: Lc 4,21-30

21 Y él comenzó a decirles: «Hoy se ha cumplido esta Escritura que acabáis de oír». 22 Y todos le expresaban su aprobación y se admiraban de las palabras de gracia que salían de su boca. Y decían: «¿No es este el hijo de José?». 23 Pero Jesús les dijo: «Sin duda me diréis aquel refrán: “Médico, cúrate a ti mismo”, haz también aquí, en tu pueblo, lo que hemos oído que has hecho en Cafarnaún». 24 Y añadió: «En verdad os digo que ningún profeta es aceptado en su pueblo. 25 Puedo aseguraros que en Israel había muchas viudas en los días de Elías, cuando estuvo cerrado el cielo tres años y seis meses y hubo una gran hambre en todo el país; 26 sin embargo, a ninguna de ellas fue enviado Elías sino a una viuda de Sarepta, en el territorio de Sidón. 27 Y muchos leprosos había en Israel en tiempos del profeta Eliseo, sin embargo, ninguno de ellos fue curado sino Naamán, el sirio». 28 Al oír esto, todos en la sinagoga se pusieron furiosos 29 y, levantándose, lo echaron fuera del pueblo y lo llevaron hasta un precipicio del monte sobre el que estaba edificado su pueblo, con intención de despeñarlo. 30 Pero Jesús se abrió paso entre ellos y seguía su camino. 31 Y bajó a Cafarnaún, ciudad de Galilea, y los sábados les enseñaba.

 

¡Atención!

La sentencia con la cual comienza la lectura del Evangelio de hoy es la misma con la que terminaba la del pasado domingo (Y él comenzó a decirles: “Hoy se ha cumplido esta Escritura que acabáis de oír”). Es evidente que, desde un punto de vista objetivo, en esta afirmación de Jesús se incluye todo, no hay lugar a ninguna duda: con Él se cumple la profecía de Isaías y mucho más de lo esperado. El Mesías es Él, no hay que aguardar a otro. Juan Bautista, al ver que Jesús se ocupa más de los pecadores que de los “justos”, no tendría que tener miedo, no se ha equivocado.

        ¡El problema es subjetivo!

Toca de lleno a los vecinos de Nazaret, que son los que se lo plantean, y nos interesa también a nosotros, representados por ese grupo que está el sábado en la sinagoga. Acaban de escuchar a Jesús y, en un primer momento, le alaban. Y todos le expresaban su aprobación”, escribe el evangelista, “y se admiraban de las palabras de gracia que salían de su boca”.

¿De hecho, cómo entristecerse por tan buenas noticias, o sea, al escuchar que se va cumpliendo el año de gracia del Señor, anunciado por el profeta? Cierto que se alegran, pero pensando bien en lo que ha dicho Jesús, o sea, que es sobre Él que el Espíritu se ha posado, ese contento se desvanece lentamente. Poco antes, al terminar la lectura del profeta, el evangelista había notado que “toda la sinagoga tenía los ojos clavados en Él” (v. 20), pero ahora la misma gente se da cuenta de que conoce bien al lector. Mirándose, entonces, unos a otros, comenzaron a decir: “¿No es este el hijo de José?

¡Hay un escándalo insuperable!

Jesús es uno del pueblo, hijo de José el carpintero, y no es posible – como dirá Natanael en el cuarto Evangelio – que de Nazaret pueda salir nada bueno. Y lo que sorprende es que el mismo Jesús le dará razón, reconociendo en aquel discípulo un verdadero israelita que conoce bien la ley, representada por la higuera debajo de la cual dice haber visto a aquel futuro discípulo. Recuerdo ese encuentro de Jesús con Natanael porque resulta útil para entender lo que pasó en la sinagoga de Nazaret aquel día.

Viendo Natanael que se estaba acercando Jesús dijo que se trataba de un israelita de verdad, en el cual no se encuentra engaño y, al preguntarle Natanael cómo le conocía, el Maestro le dijo: “Antes de que Felipe te llamara, cuando estabas debajo de la higuera, te vi”. Sintiéndose entonces reconocido, Natanael reconoció a su vez a Jesús como el Mesías. Lo reconoció, sin embargo, sin saber de verdad a quien había reconocido. Se lo hizo entender Jesús con estas palabras: “¿Por haberte dicho que te vi debajo de la higuera, crees? Has de ver cosas mayores”. Y le añadió: “En verdad, en verdad os digo: veréis el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del hombre” (Jn 1,50-51).

Palabras que indican la necesidad – para conocer quien es de verdad Jesús - de esperar su manifestación en la cruz y en la resurrección. De hecho, será entonces cuando el centurión, que estaba frente a la cruz, al ver cómo había expirado, dijo: “Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios” (Mc 15,39). De momento, los vecinos de Jesús solo saben que es hijo de José y, como Natanael, no pueden ni pensar que Dios, para salvarnos, haya querido que su Hijo naciera de una mujer y se presentara como uno de nosotros, necesitado de trabajar como carpintero Él mismo, según Mc 6,3. Algo han oído de Jesús, y como se anda diciendo que en la cercana ciudad de Cafarnaún ha hecho algo extraordinario, de manera provocativa le piden que, al menos, haga cosas parecidas también en su pueblo.

Y es aquí donde nos encontramos con algo que nos toca entender, si queremos que lo que ha hecho Jesús para nosotros llegue a modificar nuestra vida. Jesús no puede hacer nada si no confiamos en Él como la viuda de Sarepta “en los días de Elías” confió en el profeta y como el leproso Naaman el sirio, en los tiempos de Eliseo. Eran dos extranjeros, pero creyeron más que los israelitas, representados ahora por los vecinos de Nazaret que, al mismo tiempo, como hemos dicho, nos representan también a nosotros.

Sintiéndose ofendidos por esta comparación con paganos, juzgados mejores que ellos, los nazarenos reaccionaron incluso desproporcionadamente. “Se pusieron furiosos y, levantándose, lo echaron fuera del pueblo y lo llevaron hasta un precipicio del monte sobre el que estaba edificado su pueblo, con intención de despeñarlo”.

¿Hubiéramos llegado a esto también nosotros?

Probablemente no, pero lo que importa retener es que Jesús, abriéndose el paso entre ellos siguió su camino. De momento, “bajó a Cafarnaún, ciudad de Galilea, y los sábados les enseñaba”, pero cada día no cesa de continuar su camino para tocar la puerta de cada uno de nosotros, “por si le damos posada”, diría san Juan de la Cruz.

Bruno Moriconi, ocd