Corso monache 26 giugnoOrando con el Evangelio

P. Bruno Moriconi, o.c.d.

EVANGELIO: Juan 13,31-33a-34-35

31 Cuando [Judas] salió [del cenáculo], dijo Jesús: «Ahora es glorificado el Hijo del hombre, y Dios es glorificado en él. 32 Si Dios es glorificado en él, también Dios lo glorificará en sí mismo: pronto lo glorificará. 33 Hijitos, me queda poco de estar con vosotros. […] 34 Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros; como yo os he amado, amaos también unos a otros. 35 En esto conocerán todos que sois discípulos míos: si os amáis unos a otros».

Para entender cómo Jesús pueda decir que, precisamente “ahora [una vez que Judas ha salido del cenáculo para entregarlo a los judíos que quieren matarlo] es glorificado el Hijo del hombre [o sea Él], y Dios es glorificado en Él”, hay que reflexionar un poco más de lo habitual alrededor del texto.

Solo él, Judas, es responsable de haber entregado a Jesús, como solo Pedro es culpable de no haber tenido el ánimo de reconocerse discípulo suyo, pero hay que separar la responsabilidad objetiva de la subjetiva. Objetivamente, la gravedad de la entrega de Jesús a las autoridades judías es enorme y, desde este punto de vista es cierto, como dijo Jesús, que hubiera sido mejor para aquel hombre no haber nacido (Mt 26,24), pero esto no impide que el Señor - que ha dado la vida por la humanidad entera - muera también por Judas.

En cualquier caso, no se debe pensar que la entrega de Jesús por medio de Judas a las autoridades judías, fuera indispensable. Antes o después sus enemigos habrían podido atraparlo sin necesidad de Judas y, de hecho, se sentían justificados para hacerlo, puesto que el propio Jesús, sobre todo en los últimos tiempos, con la entrada triunfal en Jerusalén y la purificación del templo, no había hecho otra cosa que provocar su condena.

Venido en el mundo para la salvación de todos, sin excluir a ninguno, se había dado cuenta de que, ofrecerse a Él mismo por el bien de todos era el único camino posible. Por eso, varias veces, había dicho a sus discípulos que el Hijo del hombre tenía que padecer mucho, ser reprobado por los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar a los tres días (cf. Mc 8,31). Y, con mucha seriedad, había tomado la decisión de ir a Jerusalén (cf. Lc 9,51).

Una conciencia y una decisión sabiamente realzadas por el evangelista del cuarto Evangelio que, explicando la razón del lavatorio de los pies a sus discípulos (anticipación de su muerte por ellos) escribe: “Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó [los quiso amar] hasta el extremo (Gv 13,1).  

Los suyos que estaban en el mundo, en aquel entonces son los Doce, Judas incluido, a los que lava materialmente los pies, pero representan a toda la humanidad, puesto que también ellos son pobres ignorantes que no saben ni lo que hacen, ni lo que hace Jesús. El papel de traidor le toca a Judas, como a Pedro el de renegador, pero – en términos absolutos - quién entrega a Jesús, después de que el Padre lo ha entregado a la humanidad, somos todos, representados por las autoridades del tiempo. Venido, en efecto, a su casa [en aquel momento en el pueblo de Israel, pero representante de toda la humanidad], los suyos no lo recibieron, pero Él, para que todos se dieran cuenta de su amor, no tuvo otra manera que dejarse matar y pedir perdón al Padre por esta gran ignorancia.[[1]]

         Una vez entendido todo esto, resulta claro que Jesús hable de su muerte como de su glorificación y la del Padre, precisamente en la hora en la que va a ser entregado a las autoridades que le condenarán. Palabras que, además, incluyen al final una exhortación a sus discípulos: “Hijitos, me queda poco de estar con vosotros. […] Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros; como yo os he amado, amaos también unos a otros. En esto conocerán todos que sois discípulos míos: si os amáis unos a otros”. Seguro que no las entendieron tampoco sus discípulos aquella noche de la última cena, pero más tarde sí las entenderían.

Una vez que el Espíritu les hizo comprender que su condena en la cruz no había sido un fracaso, sino la victoria del Amor, empezaron a entenderlo todo. Entendieron que al Amor solo se puede corresponder con amor. Supieron a lo que se refería Jesús al decir que tenían que amarse unos a otros “como yo os he amado. Ese “como yo os he amado” les hizo comprender que no se trataba de un nuevo mandamiento, sino de un mandamiento nuevo, fundado en el Amor con que Dios, en su Hijo, nos ha amado y sigue amándonos.

 


[1] Tanto amó Dios al mundo”, había dicho Jesús a Nicodemo, “que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna” (Jn 3,16).