Corso monache 26 giugnoOrando con el Evangelio

P. Bruno Moriconi, o.c.d.

EVANGELIO: Lc 9,51-62

51 Cuando se completaron los días en que iba a ser llevado al cielo, Jesús tomó la decisión de ir a Jerusalén. 52 Y envió mensajeros delante de él. Puestos en camino, entraron en una aldea de samaritanos para hacer los preparativos. 53 Pero no lo recibieron, porque su aspecto era el de uno que caminaba hacia Jerusalén. 54 Al ver esto, Santiago y Juan, discípulos suyos, le dijeron: «Señor, ¿quieres que digamos que baje fuego del cielo que acabe con ellos?». 55 Él se volvió y los regañó. 56 Y se encaminaron hacia otra aldea. 57 Mientras iban de camino, le dijo uno: «Te seguiré adondequiera que vayas». 58 Jesús le respondió: «Las zorras tienen madrigueras, y los pájaros del cielo nidos, pero el Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza». 59 A otro le dijo: «Sígueme». Él respondió: «Señor, déjame primero ir a enterrar a mi padre». 60 Le contestó: «Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú vete a anunciar el reino de Dios». 61 Otro le dijo: «Te seguiré, Señor. Pero déjame primero despedirme de los de mi casa». 62 Jesús le contestó: «Nadie que pone la mano en el arado y mira hacia atrás vale para el reino de Dios».

Nadie sabe lo que significa seguir a Jesús, ni los discípulos Santiago y Juan, ni los otros tres que, por una parte, querrían seguirle, pero, por otra, ponen condiciones que el Señor no puede aceptar. Puede que Jesús nos parezca exagerado, pero hay que leer todo a la luz del primer versículo: “Cuando se completaron los días en que iba a ser llevado al cielo, Jesús tomó la decisión de ir a Jerusalén” (v. 51).

          Traducido a la letra, este versículo, resulta todavía más expresivo sobre todo en la segunda parte. “Se estaban cumpliendo los dias de su elevación y él [Jesús], dirigiéndose hacia Jerusalén, endureció su rostro”. Solo el evangelista Lucas tiene esta anotación tan plástica y reveladora de como Jesús decide dar su vida. Mientras en los otros Sinópticos (Mateo y Marcos) y sobre todo el evangelio de Juan hablan justamente de varias idas de Jesús a la santa ciudad, Lucas, para subrayar que la vida de Jesús es como un único viaje hacia el cumplimiento de su misión, sin mirar nunca hacia atrás, nos dice que Jesús, terminado el apostolado en Galilea, no viendo otra manera de hacer entender su amor y el amor con el cual el Padre lo había enviado, decidió ponerse en marcha para ir a dar su vida en Jerusalén.

El tercer evangelista estructura, por lo tanto, su Evangelio como un solo viaje de Jesús hacia Jerusalén. Se había dado cuenta de que le iban a condenar y había decidido ofrecer su vida Él mismo. “Nadie me quita la vida”, dijo un día, “sino que yo la doy por mi propia voluntad. Tengo el derecho de darla y de volver a recibirla” (Jn 10,18). Y a sus discípulos varias veces a lo largo del camino: “El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, ser reprobado por los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar a los tres días” (Mc 8,31).  

          Endureció su rostro, porque le costaba, pero no se volvió nunca atrás, porque para eso había venido, como se lo confió a Nicodemo: “Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna” (Jn 3,16). Por eso se puso en camino decididamente, un camino que había empezado en la eternidad y que se va a cumplir en su muerte y su resurrección, para que se abran las puertas de la vida para todos.

Un autor francés, Christian Bobin, no creyente, pero encantado por el modo de ser de Jesús, ha escrito un librito donde nunca le nombra, pero se entiende muy bien que se trata de Él. Se titula “El hombre que camina” [L’homme qui marche], y estas son las palabras con las que se abre su libro: “Camina. Sin detenerse, camina. Va aquí y luego allí. Pasa su vida a lo largo de sesenta kilómetros de largo y treinta de ancho. Y camina. Sin descanso. Se diría que el descanso le está prohibido”.

Por nuestra parte, si tomamos en serio la grave decisión de Jesús que, endurecido su rostro se puso en camino hacia Jerusalén, nos resultará más fácil entender sus reacciones a las cuatro preguntas que le ponen, primero sus discípulos y, luego, tres hombres deseosos de seguirle. La primera de las preguntas es la de Santiago y Juan, discípulos suyos, que, al ver que los samaritanos, enemigos de los judíos (Jn 4,9), no quieren hospedarlos porque se estaban dirigiendo, con su Maestro, a Jerusalén, se enfadan y piden a Jesús si quiera que diga “que baje fuego del cielo que acabe con ellos”.

Aparte la necedad de afirmarse capaces de realizar un milagro, Santiago y Juan no han entendido que Jesús acaba de ponerse, decidido, en marcha hacia Jerusalén, no para visitar el Templo, sino para dar la vida por todos, incluidos los samaritanos. Por eso, “Él [Jesús] se volvió y los regañó”. Los regañó y, sin decir otra cosa, hizo que se encaminaran hacia otra aldea, porque había que llegar a la meta.

De hecho, es el mismo Lucas quien insiste con el vocabulario de la marcha. “Mientras iban de camino”, y nos encontramos con la segunda pregunta, “le dijo uno: Te seguiré adondequiera que vayas”. “Las zorras tienen madrigueras, y los pájaros del cielo nidos”, le respondió Jesús, “pero el Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza”. Palabras con las cuales no está pidiendo renunciar a tener un lugar donde habitar, sino que esta recalcando que, seguirle a Él que está caminando dando la vida, quiere decir estar dispuestos a todo, o sea, no tener ni lugares de retiro ni casas seguros.

A otro es el mismo Jesús quien le invita a caminar tras Él. “Sígueme”, le dice. “Señor”, le contesta aquel hombre, “déjame primero ir a enterrar a mi padre”. Tal vez, su padre es viejo y él, como manda el cuarto mandamiento, no quiere abandonarle… La respuesta de Jesús no puede no estorbarnos: “Deja que los muertos entierren a sus muertos”, le contesta, “tú vete a anunciar el reino de Dios”. Aquí también, sin embargo, hay que pararse a pensar en lo que quiere decir Jesús que ciertamente asistió a su padre José y que, en la cruz, antes de morir se preocupó de recomendar su madre a Juan.

Jesús que ha reprochado a los escribas y fariseos descuidar a sus padres porque han declarado ofrenda sacra (korbán) lo que les deberían,[1] no podría pedir a sus discípulos infringir los mandamientos. Y eso, por haberlo dicho expresamente con estas palabras: “No creáis que he venido a abolir la Ley y los Profetas: no he venido a abolir, sino a dar plenitud” (Mt 5,17). En su camino hasta Jerusalén, Jesús quiere solo decir que seguirle a Él es una cosa muy seria, ante la cual todo lo demás pasa a ser secundario.

Lo mismo vale para lo que dice al último postulante, decidido a seguir al Maestro con la única condición de ir a despedirse de los de su casa. Jesús le contesta que “nadie que pone la mano en el arado y mira hacia atrás vale para el reino de Dios”. Despedirse de los suyos es cosa muy buena y no es a esto a lo que Jesús se opone, sino que, aquí también, quiere subrayar la radicalidad de lo que supone ir detrás de Él. Que hay que pensarlo bien, antes de ponerse en marcha. Emplea, para este último, la imagen del labrador. El agricultor que ara su campo no puede mirar hacia atrás, pues sus surcos no resultarían ya rectos, sino torcidos. Del mismo modo, el que quiere recorrer el camino de Jesús, debe abandonar toda incertidumbre y segundas intenciones.

Como Él, que, como escribe un escritor francés (Christian Bobin), “camina. Sin detenerse, camina. Va aquí y luego allí. Pasa su vida a lo largo de sesenta kilómetros de largo y treinta de ancho. Y camina. Sin descanso. Se diría que el descanso le está prohibido”.

Bruno Moriconi, ocd


[1]Anuláis el mandamiento de Dios por mantener vuestra tradición. Moisés dijo: ‘Honra a tu padre y a tu madre’ y ‘el que maldiga a su padre o a su madre es reo de muerte’. Pero vosotros decís: ‘Si uno le dice al padre o a la madre: los bienes con que podría ayudarte son korbán, es decir, ofrenda sagrada’, ya no le permitís hacer nada por su padre o por su madre; invalidando la palabra de Dios con esa tradición que os transmitís; y hacéis otras muchas cosas semejantes” (Mc 7,9-13).