Corso monache 26 giugnoOrando con el Evangelio

P. Bruno Moriconi, o.c.d.

Mons. Santiago Agrelo

“¡Vendrán” porque los “atraeré!”

Lo había dicho el Señor por medio del profeta: “Yo vendré para reunir a las naciones”. Y añadió: “Vendrán para ver mi gloria”.

Hoy has oído que Jesús decía en el evangelio: “Vendrán de Oriente y Occidente, del Norte y del Sur, y se sentarán a la mesa en el Reino de Dios”.

Lo dice el mismo que, entrando en la hora del juicio contra el mundo, en su hora, proclamará: “Cuando yo sea elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí”.

Vendré –dice el Señor-, para que vengan. Los “atraeré” y “vendrán”.

Vine a traer fuego a la tierra (Lc 12,49-53)

Vine a traer fuego a la tierra, y, ¡qué más quiero si ya ha prendido! Tengo que pasar por un bautismo, y, ¡cómo me apuro hasta que se realice! ¿Pensáis que vine a traer paz a la tierra? No paz, os digo, sino la división. En adelante en una familia de cinco habrá división: tres contra dos, dos contra tres. Se opondrán padre a hijo e hijo a padre, madre a hija e hija a madre, suegra a nuera y nuera a suegra.
Bruno Moriconi, ocd

EVANGELIO: Lucas 12,49-53

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
He venido a prender fuego en el mundo: ¡y ojalá estuviera ya ardiendo! Tengo que pasar por un bautismo, ¡y qué angustia hasta que se cumpla!
¿Pensáis que he venido a traer al mundo paz? No, sino división.
En adelante una familia de cinco estará dividida: tres contra dos y dos contra tres; estarán divididos: el padre contra el hijo y el hijo contra el padre, la madre contra la hija y la hija contra la madre, la suegra contra la nuera y la nuera contra la suegra.

EVANGELIO: Lucas 12,32-48

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
[No temas, pequeño rebaño: porque vuestro Padre ha tenido a bien daros el reino.
Vended vuestros bienes, y dad limosna; haceos talegas que no se echen a perder, y un tesoro inagotable en el cielo, adonde no se acercan los ladrones ni roe la polilla. Porque dónde está vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón.]
Tened ceñida la cintura y encendidas las lámparas: Vosotros estad como los que aguardan a que su señor vuelva de la boda, para abrirle, apenas venga y llame.
Dichosos los criados a quienes el Señor, al llegar, los encuentre en vela: os aseguro que se ceñirá, los hará sentar a la mesa y los irá sirviendo.
Y si llega entrada la noche o de madrugada, y los encuentra así, dichosos ellos.
Comprended que si supiera el dueño de casa a qué hora viene el ladrón, no le dejaría abrir un boquete.
Lo mismo vosotros, estad preparados, porque a la hora que menos penséis, viene el Hijo del Hombre.
[Pedro le preguntó:
-Señor, ¿has dicho esa parábola por nosotros o por todos? El Señor le respondió:
-¿Quién es el administrador fiel y solícito a quien el amo ha puesto al frente de su servidumbre para que les reparta la ración a sus horas?
Dichoso el criado a quien su amo al llegar lo encuentre portándose así. Os aseguro que lo pondrá al frente de todos sus bienes.
Pero si el empleado piensa: «Mi amo tarda en llegar», y empieza a pegarles a los mozos y a las muchachas, a comer y beber y emborracharse; llegará el amo de ese criado el día y a la hora que menos lo espera y lo despedirá, condenándolo a la pena de los que no son fieles.
El criado que sabe lo que su amo quiere y no está dispuesto a ponerlo por obra, recibirá muchos azotes; el que no lo sabe, pero hace algo digno de castigo, recibirá pocos.
Al que mucho se le dio, mucho se le exigirá; al que mucho se le confió, más se le exigirá.]

«Donde está vuestro tesoro,
allí estará también vuestro corazón»
(Lc 12,32-48)

Bruno Moriconi, ocd

Lc 12,13-21 (4 agosto 2019)

Uno de la gente dijo un día a Jesús: “Maestro, di a mi hermano que reparta la herencia conmigo”. Por su parte, Jesús le respondió: “Amigo, ¿quién me ha nombrado juez o árbitro entre vosotros?”. El problema era la distribución de las tierras entre los hijos. Siendo la familia grande, existía el peligro de que la herencia se dividiera en pequeños trozos de tierra que ya no habrían podido garantizar la supervivencia de esos bienes. Por eso, para evitar la desintegración de la herencia y mantener vivo el nombre de la familia, el primogénito recibía el doble de los demás hijos (cf. Dt 21,17 y 2Rs 2,11), como puede haber pasado en el caso de aquel hombre. 

En la respuesta de Jesús ("Amigo, ¿quién me ha nombrado juez o árbitro entre vosotros?”) brota la conciencia que Él tiene de su misión en este mundo. Jesús no ha sido mandado por el Padre para resolver peleas entre los parientes por las cosas materiales que tienen que resolver ellos mismos. Él ha venido para enseñar cómo administrar la verdadera riqueza que es la vida. Por ejemplo, como en este caso quiere hacer entender a través de la parábola que cuenta, que lo importante es guardarse de cualquier codicia, “que, por más rico que uno sea, la vida no depende de los bienes".

La misión de Jesús, en efecto, no consiste en sustituirnos a nosotros y solucionar los problemas de la sociedad, sino en iluminarnos sobre el sentido profundo de la vida. El valor de uno no consiste en poseer muchas cosas, sino en el ser rico dentro. Quien piensa sólo a poseer (acumulando muchos bienes), olvida la importancia del vivir como hijo del Padre (rico a los ojos de Dios). Con su comportamiento antes que con sus palabras, Jesús enseña que quien quiere ser el primero, tiene que ser el último. Que es mejor dar que recibir. Que el más grande es quien se considera el menos importante. Que salva la vida solo aquel que es capaz de darse a los demás.

Bruno Moriconi, ocd