Corso monache 26 giugnoOrando con el Evangelio

P. Bruno Moriconi, o.c.d.

Enséñanos a orar (Lc 11.1-3)
Bruno Moriconi, ocd

Más allá de la oración del Pater, simple y, al mismo tiempo, profundísima, en esta pieza del Evangelio de Lucas hay otra cosa aún más importante. Sólo la encontramos en este Evangelio, pero no tenemos que dejar de leerla y releerla. Podríamos considerarla una simple anotación mientras, en cambio, es la llave para entender el mismo Padre nuestro. Se trata de las primeras palabras que suenan así: “Una vez estaba [Jesús] en un lugar orando. Cuando terminó, uno de los discípulos le pidió: Señor, enséñanos a orar como Juan enseñó a sus discípulos”. El Maestro estaba orando, cuando uno de los que le seguían le pidió que enseñara a orar a sus discípulos.

Si entonces las palabras son aquellas del Pater (Cuando oréis, decid: Padre, sea respetada la santidad de tu nombre, venga tu reinado; …), la manera de decirlas y la confianza son las de Jesús. Él mismo, en efecto, aun siendo el Hijo de Dios, entrado en nuestras condiciones como nuestro hermano, necesitaba estar, en cuanto las circunstancias se lo permitían (casi siempre de noche), en intimidad con el Padre.

Cuando los discípulos le pedían que les enseñara a orar, como lo había hecho Juan Bautista con los suyos, no piensan en nuevas oraciones, sino en el modo de estar con Dios y a la necesidad de hacerlo pidiendo las cosas que el Hijo ha venido a cumplir en este nuestro mundo. Con la confianza de los hijos que preguntan sin miedo cualquier cosa, incluso sabiendo que el Padre les dará, si no la cosa solicitada en el momento, la capacidad de seguir confiando en su presencia. Éste es, en efecto, el sentido de las palabras finales de Jesús: “Si vosotros, con lo malos que sois (aun no siendo buenos), sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¡cuánto más vuestro Padre del cielo dará el Espíritu Santo a quienes lo pidan!”.

EVANGELIO: Lucas 11,1-13

Una vez que estaba Jesús orando en cierto lugar, cuando terminó, uno de sus discípulos le dijo:

-Señor, enséñanos a orar, como Juan enseñó a sus discípulos.

El les dijo:

-Cuando oréis, decid: «Padre, santificado sea tu nombre, venga tu reino, danos cada día nuestro pan del mañana, perdónanos nuestros pecados, porque también nosotros perdonamos a todo el que nos debe algo, y no nos dejes caer en la tentación.»

Y les dijo:

-Si alguno de vosotros tiene un amigo y viene durante la medianoche para decirle: «Amigo, préstame tres panes, pues uno de mis amigos ha venido de viaje y no tengo nada que ofrecerle.» Y, desde dentro, el otro le responde: «No me molestes; la puerta está cerrada; mis niños y yo estamos acostados: no puedo levantarme para dártelos.» Si el otro insiste llamando, yo os digo que, si no se levanta y se los da por ser amigo suyo, al menos por la importunidad se levantará y le dará cuanto necesite.

Pues así os digo a vosotros: Pedid y se os dará, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá; porque quien pide, recibe, quien busca, halla, y al que llama se le abre.

¿Qué padre entre vosotros, cuando el hijo le pide pan, le dará una piedra?

¿O si le pide un pez, le dará una serpiente? ¿O si le pide un huevo, le dará un escorpión?

Si vosotros, pues, que sois malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo piden?

EVANGELIO: Mc 10,38-42

En aquel tiempo, entró Jesús en una aldea, y una mujer llamada Marta lo recibió en su casa.
Esta tenía una hermana llamada María, que, sentada a los pies del Señor, escuchaba su palabra.
Y Marta se multiplicaba para dar abasto con el servicio; hasta que se paró y dijo:
-Señor, ¿no te importa que mi hermana me haya dejado sola con el servicio? Dile que me eche una mano.
Pero el Señor le contestó:
-Marta, Marta: andas inquieta y nerviosa con tantas cosas: sólo una es necesaria. María ha escogido la parte mejor, y no se la quitarán.

EVANGELIO: Lucas 10,25-37

En aquel tiempo, se presentó un letrado y le preguntó a Jesús para ponerlo a prueba:
-Maestro, ¿qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?
El le dijo:
-¿Qué está escrito en la Ley?, ¿qué lees en ella?
El letrado contestó:
-«Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma y con todas tus fuerzas y con todo tu ser. Y al prójimo como a ti mismo.»
El le dijo:
-Bien dicho. Haz esto y tendrás la vida.
Pero el letrado, queriendo aparecer como justo, preguntó a Jesús:
-¿Y quién es mi prójimo?
Jesús dijo:
-Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó, cayó en manos de unos bandidos, que lo desnudaron, lo molieron a palos y se marcharon, dejándolo medio muerto. Por casualidad, un sacerdote bajaba por aquel camino y, al verlo, dio un rodeo y pasó de largo. Y lo mismo hizo un levita que llegó a aquel sitio: al verlo dio un rodeo y pasó de largo.
Pero un samaritano que iba de viaje llegó a donde estaba él y, al verlo, le dio lástima, se le acercó, le vendó las heridas, echándoles aceite y vino y, montándolo en su propia cabalgadura, lo llevó a una posada y lo cuidó. Al día siguiente sacó dos denarios y, dándoselos al posadero, le dijo:
-Cuida de él y lo que gastes de más ya te lo pagaré a la vuelta. ¿Cuál de estos tres te parece que se portó como prójimo del que cayó en manos de los bandidos?
El letrado contestó:
-El que practicó la misericordia con él.
Díjole Jesús:
-Anda, haz tú lo mismo.

Eran 49 en Abilinia los cristianos obligados a esconderse. No sabemos si alrededor había navajas o lunas encubridoras o los soldados prepararon emboscadas detrás de las palmeras. Seguramente, entre los 49, más de un niño lloraría indefenso y algún que otro anciano pediría fuerza a las estrellas.

Eran 49 y Diocleciano los sorprendió cuando partían el Pan, semiescondidos, bajo las hojas de un platanar donde no llegaban fácilmente los ojos de los guardias.

-Estamos comiendo, como hermanos, la flor de la Palabra que nos dejó el Maestro. Nadie puede sentirse ofendido. Partimos el Pan con la mano y lo besamos antes de comerlo para que Dios pueda llevarse también al pecho la intención del labio.

-¿Por qué hacéis esto? El emperador lo ha prohibido.

-Sí, sí, conocemos su deseo, pero sine dominico non possumus, sin el Pan del domingo no podemos vivir.

Y se llevaron a los 49 a una condena sólo justificada por el capricho de quien gobernaba el Imperio.

Testigos hubo que les oyeron cantar camino de la muerte

...Sin este Pan no se puede vivir.

No se puede vivir.