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Hoy conmemoramos a nuestros difuntos y, normalmente, le damos al día un tinte de tristeza, que no coincide con la Esperanza que los cristianos tenemos de que la muerte es el paso a la VIDA.

Martín Descalzo escribía muy atinadamente: “Morir sólo es morir. Morir se acaba/ Morir es una hoguera fugitiva. / Es cruzar una puerta a la deriva/ y encontrar lo que tanto se buscaba”.

Hoy contemplamos dos fotos. El año pasado, a nuestro jardinero se le pasó podar el jazmín, y este año estaba crecido, ampuloso, superflorido, pero, un viento fuerte de la primera tarde de otoño, lo derribó totalmente.

Esto me hizo pensar: La poda duele, pero es imprescindible para poder crecer. En la segunda foto, vemos el jazmín, podado por el viento y entre sus troncos, aparentemente muertos, surgiendo la vida en esas ramitas verdes que, tímidamente se abren paso.

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En la foto vemos un hipotético bolo terráqueo cubierto de flores blancas y, se nos viene a la memoria el párrafo del Libro del Apocalipsis que dice: - “Éstos que están vestidos de blancas vestiduras, ¿quiénes son y de dónde vienen?...

-Éstos son los que vienen, de la gran tribulación y han lavado sus túnicas en la Sangre del Cordero”

Hoy celebramos la Fiesta de Todos los Santos. Ser santos nos parece una cosa extraordinaria pero, la posibilidad que Dios nos ofrece de ser santo, es para todos los bautizados, también para todos los que quieren acogerse a la Bondad y la Misericordia de Dios y abandonarse a su Voluntad como un niño se abandona a los brazos de su madre. Sobre todo, ser santo es saberse HIJO y saberse AMADO, pero creyéndolo desde las raíces más profundas de nuestro ser.

Que todos disfrutemos de esta promesa que hoy la Iglesia nos invita a celebrar y… ¡manos a la obra!

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- “Por la entrañable misericordia de nuestro Dios, nos visitará el Sol que nace de lo alto”, rezamos todos los días en el canto de Benedictus en Laudes y, mientras saboreaba este pensamiento tratando de hacer oración con él, al ir a atender el torno, me encontré sorprendida con esta imagen. ¿Cómo enfocar al mismo Sol, tan refulgente, sin que se me lastimen los ojos? Me escondí detrás de una columna y saqué el móvil, para ver si atinaba a captarla, intentando hacerlo” a ciegas”.

Entonces se me vinieron a la memoria las palabras de Mateo 5, 6: “cuando vayas a orar, entra en tu aposento y, después de cerrar la puerta, ora a tu Padre que está allí, en lo secreto”. Comprendí entonces que es imposible encontrarse con Dios, si antes no me escondo para buscarle, porque cuando lo hago y lo consigo, y trato de repetir y repetir siempre que me acuerdo, compruebo la razón que tenía Santa Teresa cuando nos repetía: “¡Acostumbraos, acostumbraos! Mirad que sé yo que podéis hacer esto”. Camino 26,2. Y también “Si os acostumbráis a traerle cabe vos y Él ve que lo hacéis con amor y que andáis procurando contestarle, no le podréis -como digo- echar de vos” Camino 26,1.

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Una maceta a reventar de clavellinas floridas, con ese color fucsia que se debate entre el rojo y el rosa. Para permanecer tan bella durante todos los días del año, sólo necesita sol y riego diario.

Hay en la vida elementos imprescindibles que hacen posible lo que nos parece que nunca se va a realizar y, a veces estos, elementos están tan devaluado y desprestigiados que los hemos borrado de nuestro disco duro sólo porque necesitan tesón y fidelidad.

Pero la fidelidad de Dios, es impresionante y Él, sorprendentemente, nos la transmite a nosotros si se lo pedimos y queremos recibirla.

Una gota de agua constante puede horadar una roca; un beso continuado, ha desgastado el Pilar de Zaragoza y el talón del pie del Gran Poder. No hay nada que emocione más, que dos ancianos cogidos de la mano y que se miran sin decirse nada, porque ya se lo dijeron todo y se siguen amando…

Si conseguimos valorar la interioridad y esforzarnos por “hacer costumbre de practicarla,” posiblemente estemos poniendo nuestro granito de arena para salvar este mundo de “papel” que ahora vivimos.

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“-Maestro, ¿Dónde vives? _Venid y lo veréis. Fueron… y se quedaron con Él aquél día” Jn. 1,38-39”

Jesús siempre aparece en nuestra vida de improviso. No agobia, pero se hace sentir de una manera suavemente irresistible. El camino con Él, siempre es “subiendo a Jerusalén”, aunque en el transcurso del viaje, también hay paradas para descansar “en verdes praderas” y con sombras reconfortantes, porque por ellas corre el “agua viva”, pero “el final”, se oculta a nuestra mirada escrutadora, aunque todos lo querríamos saber… Bueno, el final es Su compañía y plena posesión, lo que se oculta a nuestros ojos, es la manera concreta de cómo llegaremos a ella. Una cosa nos anima: Él no sólo nos acompaña, sino que también, a la vez, es “el Camino”. No nos queda más que decir: “¿Adónde vamos a acudir?, Tú tienes palabras de vida eterna.” “¡Yo sé de quién me he fiado!”