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“A ti levanto mis ojos, a ti que habitas en el Cielo”. Desde mi cruz, colocada en lo alto de mi pequeña espadaña, desde la monotonía de mis días azules surcados por las nubes caprichosas, desde todas mis circunstancias, las que espero y las que me cogerán de sorpresa, desde mis logros y mis impotencias, desde quererlo abarcar todo sin tener reposo en nada, desde no acabar de asumir que lo más importante en la vida es “ser” antes que “hacer”, desde la debilidad no asumida, desde lo más profundo de mi ser: “a ti levanto mis ojos, Señor, porque espero en tu misericordia” Salmo 122.