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A veces nuestra vida parece un cactus; pinchamos por aquí, raspamos por allá, arañamos por el otro lado... Entonces nos deprimimos, porque pensamos que somos un desastre o le echamos la culpa a los demás porque no nos valoran o nos malinterpretan. Las dos evaluaciones son falsas; simplemente hay que contar con nuestras limitaciones y también pensar que, cambiar, es una de las posibilidades más gratificantes de nuestra vida.

Lo bueno y lo sorprendente es cuando comprobamos que también a nuestro cactus le puede nacer una flor. Sí, una flor que tiene la particularidad de que, además, permanece inmarchitable durante muchos meses.

Sería bueno reconocer la bondad de Dios que, en medio de las mediocridades cotidianas, nos regala con frecuencia flores que nos alegran y que alegran a los demás