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Hoy es la fiesta de Santa Teresa del Niño Jesús, la Gran Teresa, digna hija de tan Gran Madre.

Teresa, a la temprana edad de 24 años y 9 de Carmelita, llegó a alcanzar la Santidad, a ser Patrona de las misiones y Doctora de la Iglesia. Vamos a hacer la oración con un trozo de una poesía suya titulada: “Una rosa deshojada”

La rosa deshojada/ ¡oh mi Niño divino! / es la más fiel imagen/ del corazón que quiere a cada instante/ por tu amor inmolarse enteramente. / Hay muchas rosas frescas/ que gustan de brillar en tus altares/ y se entrega a ti. / Más yo anhelo otra cosa: /deshojarme…

El poema continúa, pero a mí “me tiembla el pulso del alma” y prefiero pararme en los puntos suspensivos, para que cada uno de nosotros termine la frase con lo que el Señor vaya suscitando en nuestros corazones.

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Me sorprendes con una preciosa guirnalda de flores color malva en la unión de un muro medio caído y un suelo de cemento, que en realidad no es más que una hierbecilla florecida.

A nadie se le ocurriría derrochar tanta hermosura en un lugar tan pobre como éste y utilizando hierba, tan perecedera. Y es que, para nosotros, lo que es pobre no cuenta, porque no se le concede atención ninguna, porque no tiene valor, ni siquiera derechos… Pienso en tantos inmigrantes que huyen del hambre, de la guerra, de la persecución, del miedo. Lo dejan todo en su desespero, pensando que encontrarán “guirnaldas de flores malvas”, pero lo que encuentran es rechazo, exclusión, incomprensiones o, a lo peor, mafias que se aprovechan de su vulnerabilidad y hasta, en vez de florecillas malvas, encuentran esclavitud. Sólo Tú los amas y ojalá también nosotros aprendiéramos a amarlos como ellos se merecen y como Tú lo haces.

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Hoy vengo a ti, sólo para darte gracias por todas las cosas bellas has creado.

Por la luz del amanecer, por la soberana grandeza del mar, por el aire que respiramos, por el amor de las madres, por la entrega incondicional de tantos hermanos que pierden su vida por los demás, por los que enjugan las lágrimas de los tristes, por los que dan sin esperar nada, por los que comparten sonrisas aunque tengan triste el corazón, por los que piensan en los que a nadie les interesa, por los que trabajan sin descanso para aliviar a los que están agobiados… y también por esta rosa que, al verla, cautivó mi corazón.

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Este conjunto de plantas nos muestra lo exuberante y bella que es la vida, teniendo en cuenta que su principal encanto es justamente la delicada composición de lo diferente. Cuando se vive en familia, en el trabajo, en la sociedad, en la comunidad o en cualquier grupo de personas, cuando sabemos acoger, aceptar e incluso amar “la diferencia”, vemos cómo todo cambia a nuestros ojos, y la vida es más serena y llevadera. Esto parece fácil, pero es la piedra de tropiezo donde todos, sin excepción, caemos.

Si somos coherentes con nosotros mismos, no tenemos más remedio que admitir que, por más belleza que haya en un detalle concreto, la repetición constante de ese detalle tan bello, nos haría entrar en la monotonía, y el detalle perdería importancia e incluso valor. Sin embargo, la diversidad tiene un precio y la mayor parte de las veces, no estamos dispuestos a pagarlo, porque es perder parte de nuestro punto de vista y contemplar el punto de vista del que es distinto a nosotros, para poder, con el diálogo, llegar a una solución intermedia. Podría ser éste, el motivo que hoy haga fluir nuestra reflexión ante el Señor.

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Contemplando esta foto observo que hay un florero transparente, unas calas y follaje verde, que tratan de estirarse para tender hacia ti, sin embargo, en el fondo del florero, hay unas caracolas que están firmes y escondidas pasando casi desapercibidas. Es importante constatar que, si en el fondo no estuvieran las caracolas, sería muy difícil que las flores, permaneciera constantemente fiel a la forma estética que le hemos querido dar.

En la vida, a veces nos toca ser flores, y entonces nos alegramos porque lucimos, pero a veces nos toca estar en el fondo, como las caracolas, para que los que tienen que lucir puedan cumplir bien su servicio, y entonces hay que alegrarse más todavía; porque “el que no sirve para servir, no sirve para amar”