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Llevo en mi interior todo el dolor del mundo. Sé que no tengo capacidad para abarcarlo, pero no puedo, no quiero excluir a nadie. Mis posibilidades son escasas, pero tu poder es grande. Yo sé que mi actuar beneficia o perjudica al resto de mis hermanos, por eso Te pido: Señor, ensancha mis entrañas para que allí quepan todos los hombres, sobre todo los más excluidos, los que no se sienten amados, los que sufren injusticias, los más despreciados, los que no cuentan, los que ya no sirven, los que son tan pobres, tan pobres que sólo tienen dinero...

Así oraba yo mientras paseaba por la huerta, cuando me sorprendió contemplar mi sobra proyectada en el suelo. Si mi cuerpo ha menguado tanto, tantísimo, a causa del deterioro de los años en mi columna, ¿cómo estaba allí ella, esbelta y alargada; capaz de abarcarlos a todos? Por eso me decidí fotografiarla, porque en ella vi que sí cabían, porque me ibas a ayudar.

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No es cuestión de entender, sino más bien de adorar el Misterio, sin entenderlo. La fiesta de hoy, sólo desde la Fe es posible contemplarla. “Porque tanto amó Dios al mundo… que no envió su Hijo al mundo para condenarlo, sino para que el mundo se salve por Él” Jn.3,16-17.

Sólo desde aquí podemos festejar la Exaltación de la Santa Cruz y en ella, hacer presente a los innumerables crucificados que hoy siguen actualizando aquel derroche de amor.

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En la huerta hay un “olivo centenario” que está colocado en el centro del espacio más amplio. Como venía con todas sus raíces tuvieron que plantarlo encima de un montículo a guisa de “trono”, en un plano superior al resto del terreno. Desde el sitio que tengo en el coro, el olivo ocupa todo el espacio visual que puedo observar.

Fui a contemplarlo de cerca y vi que tenía tres ramas retorcidas y envejecidas que surgían de sus raíces. Pensé que ante mí tenía una buena imagen de la Trinidad: Tres ramas, tan antiguas, que parecían haber existido “desde siempre”, su copa en forma de cúpula, que me recordaba la Iglesia, las múltiples hojas que representan todos los hombres del mundo, aceitunas innumerables, que son los frutos del Espíritu, ramas erectas que señalan el Cielo y, para colmo, al atardecer, un bullicio de pajarillos que revoloteaban hacia él, seguros de encontrar refugio entre tus ramas, igual que los que queremos refugiarnos al calor de la Iglesia. Además, la pared que se ve al fondo es la que sostiene el Retablo donde está el Tabernáculo que guarda tu Presencia Viva. ¡Me alegré tanto cuando descubrí que todo me habla de ti…!

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Tú me envuelves, yo me dejo enrollar sobre mí misma. Tú me arropas, yo me acurruco en mi interior paladeando tus caricias. Tú me transmites tu Vida, yo la expando alrededor entre todas las espesuras que me rodean. Tú, solamente Tú eres el que actúas y yo soy sólo el vehículo que Tú utilizas. ¡Gracias por ese Amor Tuyo que tiñe de rojo toda mi vida!

“Enséñame señor tu camino para que siga tu verdad, mantén mi corazón entero en el temor de tu nombre” Salmo Nº 86.

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“A ti levanto mis ojos, a ti que habitas en el Cielo”. Desde mi cruz, colocada en lo alto de mi pequeña espadaña, desde la monotonía de mis días azules surcados por las nubes caprichosas, desde todas mis circunstancias, las que espero y las que me cogerán de sorpresa, desde mis logros y mis impotencias, desde quererlo abarcar todo sin tener reposo en nada, desde no acabar de asumir que lo más importante en la vida es “ser” antes que “hacer”, desde la debilidad no asumida, desde lo más profundo de mi ser: “a ti levanto mis ojos, Señor, porque espero en tu misericordia” Salmo 122.