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Hoy quiero compartir con todos, mi forma de orar, porque las flores también oramos.

Cuando “El Sol que nace de lo alto” sale por el oriente, los pequeños sépalos que me envuelve, se desperezan y mis pétalos adquieren libertad de movimiento. Entonces me empapo de luz, de alegría, de libertad; los colores de mis hojas se revitalizan y toda yo me siento feliz, irradiando a mi alrededor una reconfortante sombra que mitiga los rayos de la canícula.

Cuando cae la tarde y el Sol se prepara para ocultarse en el ocaso, siento una necesidad imperiosa de entrar dentro de mí, de meterme en mi interior para saborear todo lo que mi Sol me ha proporcionado durante la jornada. Al día siguiente, todo se repite, pero la belleza que recibo de Él, es cada día distinta.

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“El escriba que entiende del Reino de los Cielos es como un padre de familia que va sacando del arca lo antiguo y lo nuevo (Mt. 13 51-52)” Tú y el Reino de los Cielos está representado por el haz de luz que entra por la ventana e ilumina la escena. Lo antiguo son, el ánfora, el brasero y los azulejos del S. XVIII que están desgastado por las pisadas de tantas Hermanas que decidieron seguir tus pasos escuchando tu llamada.

Lo nuevo, la vida que hay en las plantas que adornan este rincón y todo junto, la belleza que Tú proporcionas conjugando la sencillez con el detalle. “Dichosos los que viven en tu casa,”, reza el Salmo 83. Y conste que para “vivir en tu casa” no hace falta vivir en un convento. Tu “casa” es el interior del corazón de cada hombre, donde Tú habitas.

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Jesús te mando una foto nuestra en la que Tú no sales muy favorecido, pero representa muy bien lo que haces conmigo continuamente.

Yo soy ese pinito verde que tiene ramas secas a su alrededor, que Tú y yo sabemos lo que significan. Tú eres esa mata colgante que te derramas sobre mí con todas las gracias que necesito.

No te canses de hacerlo, ¡muchas gracias!

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Las fotos que os mando hoy tienen que ver mucho con las sombras, quizás en ellas está su belleza, pero para que haya sombras es imprescindible que haya Luz.

En la vida, lo pasamos mal cuando atravesamos días de sombras y oscuridad, pero nuestra Luz, que es Cristo, tiene el poder de sacar belleza hasta de nuestras oscuridades y sombras. Preguntémosle a Él qué podemos hacer para que nuestras sombras no "nos aplasten" y para que cuando los demás las vean, puedan observar, no oscuridad, sino la belleza que nos proporciona la Luz que de Él recibimos.

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Sí, ya sé que no soy una rosa, aunque tengo su forma aparente, pero me encanta ser cactus. No tengo perfume, pero a cambio, la presencia de la rosa es efímera y yo permanezco meses y meses adornando el jardín.

Quiero ser en la vida lo que Tú quieres que sea, y me gustan mis pétalos con ese borde rojizo contrastando con el verde.

No necesito grandes cuidados. Soporto el rigor del verano y no exijo mucho riego, pero ahí estoy, cantando la belleza que creaste exclusivamente para mí. Además, aceptar la diversidad, le da a mi vida una libertad inenarrable.