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Seguimos avanzando y Teresa vuelve a hablarnos desde su experiencia. Ella trata cosas que a simple vista parecen “menudas” pero que, precisamente porque ya las ha experimentado, ve que son de un gran provecho para la buena marcha del proceso que está todavía en ciernes en San José. Veamos los puntos más importantes:

1. Guerra contra nosotras mismas (nº 1)
2. Servir al Señor (nº 2)
3. Contradecir nuestra voluntad (nº 3)

Parece que para superar este primer punto es necesario un gran esfuerzo y una negación excesiva, pero ella lo aclara al escribir: “mas comenzándose a obrar, obra Dios tanto en el alma y hácela tantas mercedes, que todo le parece poco cuanto se puede hacer en esta vida.” (nº 1)

Ésta es su experiencia y quiere dejarla escrita a fuego en el corazón de sus hijas y de todos sus lectores, ya que mortificar el interior, no haciendo nuestra voluntad y rendir el cuerpo al espíritu, no limita ni traumatiza sino que concede alas al espíritu y enseñorea a quien lo hace, en la verdadera libertad.

Con respecto al servicio del Señor nos advierte que no nos engañemos a nosotras mismas y no manipulemos nuestras palabras ni nuestras ideas. Al Señor se le sirve con toda el alma: “que quien de verdad comienza a servir al Señor, lo menos que le puede ofrecer es la vida; pues le ha dado su voluntad, ¿qué teme?” (nº 2)

Una mujer práctica, sin dobleces, transparente, auténtica hasta la médula… y que quiere que sus hijas actuemos según los genes que ella intenta trasplantarnos cueste lo que cueste.

Para esto, sencillas recetas: Huir de “si soy más antigua” “si tengo más años” “si tratan a la otra mejor”…”estos pensamientos si vinieren, es menester atajarlos con presteza” (nº 4), porque si no, pueden acabar con todo el edificio.

En el nº 8 de este capítulo, hay un párrafo de antología “diréis que son cosillas naturales, que no hay que hacer caso. No os burléis con eso, que crece como espuma, y no hay cosa pequeña en tan notable peligro como son estos puntos de honra y mirar si nos hicieron agravios”.

Recopilando. No cegarnos con nuestros criterios; confiar en el Señor, que Él lleva a cabo nuestros buenos deseos, servirle con todo el corazón y cuidar la arrogancia del “personajillo” que todos llevamos dentro.

CAPÍTULO 12

Trata de cómo ha de tener en poco la vida el verdadero amador de Dios, y la honra.

1. Vamos a otras cosas que también importan harto, aunque parecen menudas. Trabajo grande parece todo, y con razón, porque es guerra contra nosotros mismos; mas comenzándose a obrar, obra Dios tanto en el alma y hácela tantas mercedes, que todo le parece poco cuanto se puede hacer en esta vida. Y pues las monjas hacemos lo más, que es dar la libertad por amor de Dios poniéndola en otro poder, y pasan tantos trabajos, ayunos, silencio, encerramiento, servir el coro, que por mucho que nos queramos regalar es alguna vez, y por ventura sola yo en muchos monasterios que he visto, pues ¿por qué nos hemos de detener en mortificar lo interior, pues en esto está el ir todo estotro muy más meritorio y perfecto, y después obrarlo con más suavidad y descanso? Esto se adquiere con ir -como he dicho- poco a poco, no haciendo nuestra voluntad y apetito, aun en cosas menudas, hasta acabar de rendir el cuerpo al espíritu.

2. Torno a decir que está el todo o gran parte en perder cuidado de nosotros mismos y nuestro regalo; que quien de verdad comienza a servir al Señor, lo menos que le puede ofrecer es la vida. Pues le ha dado su voluntad, ¿qué teme? Claro está que si es verdadero religioso o verdadero orador, y pretende gozar regalos de Dios, que no ha de volver las espaldas a desear morir por él y pasar martirio. Pues ¿ya no sabéis, hermanas, que la vida del buen religioso y que quiere ser de los allegados amigos de Dios es un largo martirio? Largo, porque para compararle a los que de presto los degollaban, puédese llamar largo; mas toda es corta la vida, y algunas cortísimas. ¿Y qué sabemos si seremos de tan corta, que desde una hora o momento que nos determinemos a servir del todo a Dios se acabe? Posible sería; que, en fin, todo lo que tiene fin no hay que hacer caso de ello; y pensando que cada hora es la postrera, ¿quién no la trabajará? Pues creedme que pensar esto es lo más
seguro.

3. Por eso mostrémonos a contradecir en todo nuestra voluntad; que si traéis cuidado, como he dicho, sin saber cómo, poco a poco os hallaréis en la cumbre. Mas ¡qué gran rigor parece decir no nos hagamos placer en nada, como no se dice qué gustos y deleites trae consigo esta contradicción y lo que se gana con ella! Aun en esta vida, ¡qué seguridad! Aquí, como todas lo usáis, estáse lo más hecho; unas a otras se despiertan y ayudan; en esto ha cada una
procurar ir adelante de las otras.

4. En los movimientos interiores se traiga mucha cuenta, en especial si tocan en mayorías. Dios nos libre, por su Pasión, de decir ni pensar para detenerse en ello «si soy más antigua», «si he más años», «si he trabajado más», «si tratan a la otra mejor». Estos pensamientos, si vinieren, es menester atajarlos con presteza; que si se detienen en ellos, o lo ponen en plática, es pestilencia y de donde nacen grandes males. Si tuvieren priora que consiente cosa de éstas, por poco que sea, crean por sus pecados ha permitido Dios la tengan para comenzarse a perder, y hagan gran oración porque dé el remedio, porque están en gran peligro.

5. Podrá ser que digan «que para qué pongo tanto en esto» y «que va con rigor»; «que regalos hace Dios a quien no está tan desasido». -Yo lo creo, que con su sabiduría infinita ve que conviene para traerlos a que lo dejen todo por El. No llamo «dejarlo», entrar en religión, que impedimentos puede haber, y en cada parte puede el alma perfecta estar desasida y humilde; ello a más trabajo suyo, que gran cosa es el aparejo. Mas créanme una cosa, que si hay punto de honra o de hacienda (y esto tan bien puede haberlo en los monasterios como fuera, aunque más quitadas están las ocasiones y mayor sería la culpa), que aunque tengan muchos años de oración (o, por mejor decir, consideración, porque oración perfecta, en fin, quita estos resabios), que nunca medrarán mucho ni llegarán a gozar el verdadero fruto de la oración.

6. Mirad si os va algo, hermanas, en estas cosas, pues no estáis aquí a otra cosa. Vosotras no quedáis más honradas, y el provecho perdido para lo que podríais más ganar; así que deshonra y pérdida cabe aquí junto.
Cada una mire en sí lo que tiene de humildad y verá lo que está aprovechada. Paréceme que al verdadero humilde aun de primer movimiento no osará el demonio tentarle en cosa de mayorías; porque, como es tan sagaz, teme el golpe. Es imposible, si uno es humilde, que no gane más fortaleza en esta virtud, y aprovechamiento, si el demonio le tienta por ahí; porque está claro que ha de dar vuelta sobre su vida, y mirar lo que ha servido con lo que debe al Señor, y las grandezas que hizo en bajarse a sí para dejarnos ejemplo de humildad, y mirar sus pecados y adónde merecía estar por ellos. Sale el alma tan gananciosa, que no osa tornar otro día por no ir quebrada la cabeza.

7. Este consejo tomad de mí y no se os olvide: que no sólo en lo interior -que sería gran mal no quedar con ganancia-, mas en lo exterior procurad la saquen las hermanas de vuestra tentación; si queréis vengaros del demonio y libraros más presto de la tentación, que así como os venga pidáis a la prelada que os mande hacer algún oficio bajo o, como pudiereis, los hagáis vos, y andéis estudiando en esto cómo doblar vuestra voluntad en cosas contrarias, que el Señor os las descubrirá, y con esto durará poco la tentación. Dios nos libre de personas que le quieren servir acordarse de honra. Mirad que es mala ganancia, y -como he dichola misma honra se pierde con desearla, en especial en las mayorías, que no hay tóxico en el mundo que así mate como estas cosas la perfección.

8. Diréis «que son cosillas naturales, que no hay que hacer caso». -No os burléis con eso, que crece como espuma, y no hay cosa pequeña en tan notable peligro como son estos puntos de honra y mirar si nos hicieron agravio. ¿Sabéis por qué, sin otras hartas cosas? -Por ventura en una comienza por poco y no es casi nada, y luego mueve el demonio a que al otro le parezca mucho, y aun pensará es caridad decirle que cómo consiente aquel agravio, que Dios le dé paciencia, que se lo ofrezcáis, que no sufriera más un santo. Pone un caramillo en la lengua de la otra, que ya que acabáis con vos de sufrir, quedáis aún tentada de vanagloria de lo que no sufristeis con la perfección que se había de sufrir.

9. Y es esta nuestra naturaleza tan flaca, que aun diciéndonos que no hay qué sufrir, pensamos hemos hecho algo y lo sentimos, cuánto más ver que lo sienten por nosotras. Y así va perdiendo el alma las ocasiones que había tenido para merecer, y queda más flaca y abierta la puerta al demonio para que otra vez venga con otra cosa peor; y aun podrá acaecer, aun cuando vos queráis sufrirlo, que vengan a vos y os dirán «que si sois bestia», «que bien es que se sientan las cosas». ¡Oh, por amor de Dios, hermanas mías!, que a ninguna le mueva indiscreta caridad para mostrar lástima de la otra en cosa que toque a estos fingidos agravios, que es como la que tuvieron los amigos del santo Job con él, y su mujer.