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La santa escribe como madre y maestra del grupo, ensaya una postura neutral: “yo sé de unos y otros”, experta en servicios manuales y experta en contemplación. Pero instintivamente se coloca del lado de los contemplativos. Son ellos los mal comprendidos por los otros.

Desde el principio del libro, Teresa se ha esforzado en asegurarles que la oración y contemplación son, de por sí solas, un alto servicio a la Iglesia. Ahora les certifica que la contemplación no es sólo bienaventuranza, sino que conlleva una fuerte carga de trabajos.

Y por eso, a quien Él introduce en las altas formas de la oración cristiana, “lo primero que hace el Señor es ponerles ánimo”: darles fortaleza. Porque enseguida va a darles cruz. Y eso sencillamente porque “regalo y oración” no son compatibles: “creer que Él admite a su amistad estrecha gente regalada (comodona, diríamos hoy) y sin trabajos es disparate” (nº 2).

Teresa, para explicarse, toma unas imágenes de la vida militar y otra de la economía de su época.

Hemos observado ya, en capítulos pasados, que la pedagogía del camino apunta a dos hitos: formar para la brega de la vida y preparar a las lectoras para el remanso gozoso de la contemplación. El temple de la orante ha de tener algo de acero, de militancia ascética, de fortaleza evangélica. Pero ha de tener una segunda mitad, hecha de enamoramiento, unión mística, apertura al misterio. Dos cosas: ascesis y mística. Determinada determinación y gracia de agua viva.

Para inculcar esa doble componente en el temple que Teresa quiere para sí y para sus lectoras, recurre a una doble imaginería de fondo: imágenes de lucha y guerra, por un lado, e imágenes de idilio y misterio, por el otro. “Aquí venimos a pelear”, les dirá, “encerradas, peleamos”. Y a la vez: “esta casa es un cielo”, “paraíso de Dios”. Hay un aparente cruce de imagen y contenido. Quiere subrayar que la contemplación no sólo es idilio y misterio, sino lucha y trabajo en la brecha.

Para ese subrayado, introduce la imagen de la estrategia de Dios en la relación amorosa con los orantes, como el rey en el despliegue de su ejército. El rey, buen estratega, conoce a cada militante y le asigna el puesto adecuado. A éste, capitán; al otro, alférez; los otros, soldados.

Pero en el cuadro estratégico –al menos desde la óptica de Teresa-, la pieza que a ella le interesa es el alférez. “En las batallas, el alférez no pelea… pero trabaja más que todos;… como lleva la bandera, no se puede defender… aunque le hagan pedazos, no la ha de dejar de las manos” (nº 5).

Pues bien, en las batallas del espíritu el alférez es el contemplativo. Él lleva “levantada la bandera de la humildad”; “ha de sufrir cuantos golpes le dieren, sin dar ninguno”.

Identificado así el contemplativo con el alférez, la imagen se convierte en un tratadillo de militancia espiritual. El contemplativo no es ni puede ser un evadido del campo de la vida. Un instalado en el oasis del confort. Está encargado de alzar una señal en plena marea de la vida, en medio de todos los que luchan por vivirla y ganarla. “Mire lo que hace… todos los ojos (están clavados) en él” (nº 6).

La otra imagen es del mundo financiero. No en vano es nieta de mercaderes toledanos.

La generosidad de Dios supone por nuestra parte una pequeña tabla de valores o servicios.

Pues bien, los “juros perpetuos” (tienen valor permanente) son las virtudes del orante. Y las enumera: alegría en el servicio, humildad, mortificación, obediencia, disponibilidad y sumisión al plan de Dios. Y los “censos de al quitar” (de valor caduco o dudoso) son los farolillos y juegos de luces que acompañan a la oración del contemplativo: los gustos, arrobamientos, visiones.

Piedra de toque de la vida cristiana y de la oración son las virtudes de lo cotidiano, las que autentican el evangelio de la vida. Son ellas las que cuentan en la hoja de servicios, tanto del orante contemplativo como del humilde orante activo.

El orante no es un traficante de la amistad de Dios. No es impositivo, ni emplaza (coloca) al Amigo, se fía de Él, le deja la iniciativa: “dejemos hacer al Señor”. “El nos conoce mejor que nosotras mismas”. Quien ha entrado en el camino de la oración debe educarse a la disponibilidad, hasta el abandono total.

El orante ha de adquirir capacidad de soportación para afrontar los trabajos de la vida. Incluso para encajar los golpes. Porque tanto la oración como la vida cristiana son empresas contraseñadas por la cruz. El orante se hace más y más consciente de la lucha que conlleva la vida. Cuanto más avance en la oración, su implantación en la brega será más intensa y menos violenta. Sin armas defensivas, tendrá que asumir más de lleno las responsabilidades y quebrantos de los otros.

Los rasgos de fondo que perfilan y van definiendo las facciones del orante: alegría, humildad, gozo en los logros ajenos, servicio, mortificación, obediencia.

CAPÍTULO 18

Que prosigue en la misma materia y dice cuánto mayores son los trabajos de los contemplativos que de los activos. -Es de mucha consolación para ellos.

1. Pues yo os digo, hijas, a las que no lleva Dios por este camino, que a lo que he visto y entendido de los que van por él, que no llevan la cruz más liviana y que os espantaríais por las vías y maneras que las da Dios. Yo sé de unos y de otros, y sé claro que son intolerables los trabajos que Dios da a los contemplativos, y son de tal suerte, que si no les diese aquel manjar de gustos no se podrían sufrir. Y está claro que, pues lo es que a los que Dios mucho quiere lleva por camino de trabajos, y mientras más los ama, mayores, no hay por qué creer que tiene aborrecidos los contemplativos, pues por su boca los alaba y tiene por amigos.

2. Pues creer que admite a su amistad estrecha gente regalada y sin trabajos, es disparate. Tengo por muy cierto se los da Dios mucho mayores. Y así como los lleva por camino barrancoso y áspero, y a las veces que les parece se pierden y han de comenzar de nuevo a tornarle a andar, que así ha menester Su Majestad darles mantenimiento, y no de agua, sino de vino, para que, emborrachados, no entiendan lo que pasan, y lo puedan sufrir. Y así pocos veo verdaderos contemplativos que no los vea animosos y determinados a padecer; que lo primero que hace el Señor, si son flacos, es ponerles ánimo y hacerlos que no teman trabajos.

3. Creo piensan los de la vida activa, por un poquito que los ven regalados, que no hay más que aquello. Pues yo digo que por ventura un día de los que pasan no lo pudieseis sufrir. Así que el Señor, como conoce a todos para lo que son, da a cada uno su oficio, el que más ve conviene a su alma y al mismo Señor y al bien de los prójimos; y como no quede por no os haber dispuesto, no hayáis miedo se pierda vuestro trabajo. Mirad que digo que todas lo procuremos, pues no estamos aquí a otra cosa; y no un año, ni dos solos, ni aun diez, porque no parezca lo dejamos de cobardes, y es bien que el Señor entienda no queda por nosotras; como los soldados que, aunque mucho hayan servido, siempre han de estar a punto para que el capitán los mande en cualquier oficio que quiera ponerlos, pues les ha de dar su sueldo. ¡Y cuán mejor pagado lo paga nuestro Rey que los de la tierra!

4. Como los ve presentes y con gana de servir y tiene ya entendido para lo que es cada uno, reparte los oficios como ve las fuerzas; y si no estuviesen presentes, no les daría nada ni mandaría en qué sirviesen.
Así que, hermanas, oración mental, y quien ésta no pudiere, vocal y lección y coloquios con Dios, como después diré. No se deje las horas de oración que todas. No sabe cuándo llamará el Esposo (no os acaezca como a las vírgenes locas) y la querrá dar más trabajo, disfrazado con gusto. Si no, entiendan no son para ello y que les conviene aquello, y aquí entra el merecer con la humildad creyendo con verdad que aun para lo que hacen no son.

5. Andar alegres sirviendo en lo que les mandan, como he dicho; y si es de veras esta humildad, bienaventurada tal sierva de vida activa, que no murmurará sino de sí. Deje a las otras con su guerra, que no es pequeña. Porque aunque en las batallas el alférez no pelea, no por eso deja de ir en gran peligro, y en lo interior debe de trabajar más que todos; porque como lleva la bandera, no se puede defender, y aunque le hagan pedazos no la ha de dejar de las manos. Así los contemplativos han de llevar levantada la bandera de la humildad y sufrir cuantos golpes les dieren sin dar ninguno; porque su oficio es padecer como Cristo, llevar en alto la cruz, no la dejar de las manos por peligros en que se vean, ni que vean en él flaqueza en padecer; para eso le dan tan honroso oficio. Mire lo que hace, porque si él deja la bandera, perderse ha la batalla. Y así creo que se hace gran daño en los que no están tan adelante, si a los que tienen ya en cuento de capitanes y amigos de Dios les ven no ser sus obras conforme al oficio que tienen.

6. Los demás soldados vanse como pueden, y a las veces se apartan de donde ven el mayor peligro, y no los echa nadie de ver ni pierden honra; estotros llevan todos los ojos en ellos, no se pueden bullir. Así que bueno es el oficio, y honra grande y merced hace el rey a quien le da, mas no se obliga a poco en tomarle.
Así que, hermanas, no sabemos lo que pedimos; dejemos hacer al Señor; que hay algunas personas que por justicia parece quieren pedir a Dios regalos. ¡Donosa manera de humildad! Por eso hace bien el conocedor de todos, que pocas veces creo lo da a éstos: ve claro que no son para beber el cáliz.

7. Vuestro entender, hijas, si estáis aprovechadas, será en si entendiere cada una es la más ruin de todas, y esto que se entienda en sus obras que lo conoce así para aprovechamiento y bien de las otras; y no en la que tiene más gustos en la oración y arrobamientos o visiones o mercedes que hace el Señor de esta suerte, que hemos de aguardar al otro mundo para ver su valor. Estotro es moneda que se corre, es renta que no falta, son juros perpetuos y no censos de al quitar, que estotro quítase y pónese; una virtud grande de humildad y mortificación, de gran obediencia en no ir en un punto contra lo que manda el prelado, que sabéis verdaderamente que os lo manda Dios, pues está en su lugar.
En esto de obediencia es en lo que más había de poner, y por parecerme que, si no la hay, es no ser monjas, no digo nada de ello, porque hablo con monjas, y a mi parecer buenas, al menos que lo desean ser. En cosa tan sabida e importante, no más de una palabra porque no se olvide.

8. Digo que quien estuviere por voto debajo de obediencia y faltare no trayendo todo cuidado en cómo cumplirá con mayor perfección este voto, que no sé para qué está en el monasterio; al menos yo la aseguro que mientras aquí faltare, que nunca llegue a ser contemplativa ni aun buena activa; y esto tengo por muy muy cierto.
Y aunque no sea persona que tiene a esto obligación, si quiere o pretende llegar a contemplación, ha menester, para ir muy acertada, dejar su voluntad con toda determinación en un confesor que sea tal. Porque esto es ya cosa muy sabida, que aprovechan más de esta suerte en un año que sin esto en muchos, y para vosotras no es menester, no hay que hablar de ello.

9. Concluyo con que estas virtudes son las que yo deseo tengáis, hijas mías, y las que procuréis y las que santamente envidiéis. Esotras devociones no curéis de tener pena por no tenerlas; es cosa incierta. Podrá ser en otras personas sean de Dios, y en vos permitirá Su Majestad sea ilusión del demonio y que os engañe, como ha hecho a otras personas. En cosa dudosa ¿para qué queréis servir al Señor, teniendo tanto en qué seguro? ¿Quién os mete en esos peligros?

10. Heme alargado tanto en esto, porque sé conviene, que esta nuestra naturaleza es flaca, y a quien Dios quisiere dar la contemplación, Su Majestad le hará fuerte; a los que no, heme holgado de dar estos avisos, por donde también se humillarán los contemplativos.
El Señor, por quien es, nos dé luz para seguir en todo su voluntad, y no habrá de qué temer.