Corso monache 26 giugnoOrando con el Evangelio

P. Bruno Moriconi, o.c.d.

EVANGELIO: Mc 1,14-20 

Después de que Juan fue entregado, Jesús se marchó a Galilea a proclamar el Evangelio de Dios; 15decía: «Se ha cumplido el tiempo y está cerca el reino de Dios. Convertíos y creed en el Evangelio».16Pasando junto al mar de Galilea, vio a Simón y a Andrés, el hermano de Simón, echando las redes en el mar, pues eran pescadores. 17Jesús les dijo: «Venid en pos de mí y os haré pescadores de hombres». 18Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron. 19Un poco más adelante vio a Santiago, el de Zebedeo, y a su hermano Juan, que estaban en la barca repasando las redes. 20A continuación los llamó, dejaron a su padre Zebedeo en la barca con los jornaleros y se marcharon en pos de él.

Según el cuarto Evangelio, en el fragmento que leímos el domingo pasado, Jesús comenzó a tener discípulos cuando el Bautista continuaba su actividad. Como seguramente recordaréis, se nos hablaba de los dos que, precisamente porque habían escuchado al Bautista señalar a Jesús como el Cordero de Dios, fueron a ver dónde moraba y se quedaron con Él todo aquel día y, luego, de Simón, al cual Jesús cambió el nombre en “Piedra” (Cefas). Marcos, por el contrario, nos dice que Jesús llamó a los primeros discípulos “después de que Juan fue entregado”, y una vez que el nuevo Maestro había vuelto a su región, “a Galilea a proclamar el Evangelio de Dios”.  

Y ésta es solo una de las numerosas diferencias que se encuentran en los evangelios, pero no suponen un problema serio, porque a los autores sagrados no interesan mucho los detalles cronológicos, sino el mensaje que puede brotar de su narración para los lectores cristianos, o sea, para nosotros. Lo que, por ejemplo, en este caso interesaba al cuarto evangelista era subrayar la necesidad de vivir con Jesús para crecer como discípulos, mientras que lo que interesa a Marcos, seguido en muchas cosas por Mateo y Lucas, es acentuar que la iniciativa de la llamada pertenece siempre a Jesús

Dicho esto, vamos a examinar los versículos del Evangelio de este domingo que podemos dividir en dos partes. En los dos primeros versículos (vv. 14-15) lo que el evangelista nos quiere hacer notar es que el anunciado (Jesús) sube al escenario una vez que ha dejado la escena el anunciador (Juan Bautista), independientemente de que la cronología, haya sido ésta o no. De hecho, en el cuarto Evangelio se lee ese precioso testimonio del mismo Bautista, una vez que sus discípulos le buscaron para que supiese que todo el mundo estaba acudiendo ya a Jesús en vez de a él: “Yo no soy el Mesías, sino que he sido enviado delante de Él”, les explicó. “Él tiene que crecer, y yo tengo que menguar” (Jn 3,26-30).

Jesús, entonces, se marchó a Galilea a proclamar el Evangelio de Dios, diciendo: “Se ha cumplido el tiempo y está cerca el reino de Dios. Convertíos y creed en el Evangelio”. El compromiso de Jesús en los años de su ministerio público consistió, efectivamente, en dos actividades constantes: dar la buena noticia (esto es el significado de evangelio) de la cercanía del reino de Dios (en otras ocasiones dirá que ya ha llegado) y curar a los enfermos. 

Los profetas habían predicho un tiempo en que Dios mismo reinaría en la tierra con Justicia y Paz (el verdadero Shalom). Obviamente, no pensaban en la encarnación del mismo Dios, sino en que Él lo habría cumplido por medio del Mesías prometido. Cuando Jesús anuncia que ese reino está cerca, está hablando de sí mismo, Mesías y, al mismo tiempo, Hijo de Dios. En Él ha llegado el reino de Dios, Él es el iniciador y en Él, el reino debe crecer, con la adhesión de todos los que estén dispuestos a seguirle. Por eso, habla de la necesidad de cambiar la mentalidad y creer en este anuncio (“convertíos y creed en el Evangelio”, decía). 

Con Jesús, nuevo Adán, comienza la nueva humanidad y es por eso por lo que Él empieza llamando a otros, como se lee en la segunda parte (vv. 16-20) que nos habla de la llamada de los primeros discípulos. Pasando junto al mar de Galilea, escribe Marcos, vio a dos hermanos pescadores, Simón y Andrés que estaban echando las redes en el mar, y un poco más adelante, a otros dos hermanos, Santiago y Juan, que estaban en la barca repasando las redes. A estos pescadores les propuso dejarlo todo para ir en pos de Él para dejarse transformar en pescadores de hombres. “Venid en pos de mí”, les dijo, “y os haré pescadores de hombres”. 

Tal vez, esta expresión (pescadores de hombres), nos resulte un poco tosca, aunque la diga Jesús, pero si la tomamos en el sentido en que debe ser leída, nos comunica algo muy importante. En efecto es Jesús el que llama, no son los discípulos los que le piden ser acogidos en su escuela. Es Él quien los escoge como discípulos y quiere que dejen todo, respetando, sin embargo, su naturaleza y su nivel de comprensión.  Son pescadores y Él les habla en el lenguaje que pueden entender mejor. Lo que quiere decir Jesús, lo aprenderán más tarde, y de la forma de vivir de su Maestro, el Hijo de Dios que no ha venido a “pescar” a nadie, sino para servir y dar la vida por el bien de todos. 

Los cuatro pescadores, escribe el evangelista, “inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron”, dándonos así también a nosotros la medida de cómo ser cristianos, es decir, dejándolo todo para seguir solamente a Jesús. Tampoco ese dejar inmediatamente las redes, sin embargo, hay que tomarlo necesariamente en el sentido material. Los mismos pescadores llamados aquel día, siguieron pescando hasta que - resucitado Jesús y llenos de Espíritu Santo - se dedicaron totalmente a la difusión del Evangelio. Hasta entonces, el mismo Jesús subía muy a menudo en sus embarcaciones y, después de resucitar, sin que nadie le hubiera reconocido, fue a esperarlos en la orilla del mar de Galilea, para preguntarles si habían pescado algo.   

Luego, sí, los Apóstoles, dejaron también sus oficios de pescadores, pero solo porque Jesús los había llamado para ser guías del nuevo pueblo. A todos los demás - a no ser que no se sientan llamados a una consagración especial – el Señor pide la misma radicalidad e inmediatez, pero a cada uno en su lugar y en su propia ocupación. Como el mismo Jesús trabajó de carpintero en su casa de Nazaret y los mismos apóstoles, hasta que Jesús los envió en el mundo para anunciar su buena noticia como primeros evangelizadores, junto a Simón Pedro. 

Bruno Moriconi, ocd