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No, no es que haya fuego y atiné a fotografiar las llamas, es que “a Dios se le ocurrió coger su paleta de colores y sus pinceles” para darle a este atardecer ese aspecto tan singular.

Sinceramente, yo no sé pintar ni entiendo mucho de técnicas de pinturas, pero si alguien me presentara un boceto preguntándome si me parecía que estaba bien plasmada una puesta de sol, le respondería que eran colores demasiado “forzados” y que no correspondían a la realidad.

Así es Dios. El Salmo 113 dice: “El Señor está en el Cielo y lo que quiere lo hace” y lo mismo pasa con nuestra vida. Todo es cuestión de tener confianza en Él, de saber que estamos en sus Manos y de pensar que nuestra lógica nunca va a coincidir con la suya. Que en un momento determinado coge su paleta y sus pinceles y cambia el color de nuestra existencia, pero… Estamos tranquilos porque sabemos que:” ¿Quién podrá separarnos del amor de Cristo?

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Ayer rezábamos ante una hierba florecida y catábamos la magnanimidad de Dios que ensalza lo pequeño, pero hoy estamos ante una hierba engañosa y malévola de la que tenemos que aprender a defendernos. Es engañosa, porque su flor es hermosa y esbelta; es malévola porque, si no la arrancamos en cuanto la detectamos, se apoderará de todo el arriate, ahogando a las demás plantas que existen en él.

¡Cuánto nos enseña esta foto! En la vida, pasamos por situaciones que, son inofensivas e incluso “hermosas” a simple vista, como esta margarita amarilla, pero si no estamos alerta y las eliminamos pronto de nuestro camino, nos harán prisioneros de su “dependencia” y no nos dejarán ser libres, frustrando así, el proyecto hermoso que Dios ideó para cada uno de nosotros. Proyecto que es, tan personalizado que, podríamos decir que tiene una especie de A.D.N

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Padre, no sabes cómo me emociona contemplar una hierba con flores. Tienes un amor tan exquisito por tus criaturas, que las engalanas a tu capricho, por pura liberalidad, gratuitamente, sin tener en cuenta su practicidad ni la duración de su existencia… La verdad es que a mí no se me ocurriría actuar así. Yo valoro lo que creo que tiene valor y paso indiferente ante algo que hoy es y mañana se seca, como ante una hierba.

Hoy rezo ante esta hierba florecida, porque quiero aprender de tu actuar. Quiero repartir sonrisas, ya que no sé quién la está necesitando; quiero que todas, todas las criaturas sean importantes para mí, porque lo son para Ti; quiero cultivar los detalles que, aparentemente son insignificantes y pequeños, pero que pueden hacer felices a los que me rodean; quiero “ponerle flores” a las cosas efímeras, porque ellas también se las merecen, sólo por el hecho de que Tú las hiciste

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Hoy conmemoramos a nuestros difuntos y, normalmente, le damos al día un tinte de tristeza, que no coincide con la Esperanza que los cristianos tenemos de que la muerte es el paso a la VIDA.

Martín Descalzo escribía muy atinadamente: “Morir sólo es morir. Morir se acaba/ Morir es una hoguera fugitiva. / Es cruzar una puerta a la deriva/ y encontrar lo que tanto se buscaba”.

Hoy contemplamos dos fotos. El año pasado, a nuestro jardinero se le pasó podar el jazmín, y este año estaba crecido, ampuloso, superflorido, pero, un viento fuerte de la primera tarde de otoño, lo derribó totalmente.

Esto me hizo pensar: La poda duele, pero es imprescindible para poder crecer. En la segunda foto, vemos el jazmín, podado por el viento y entre sus troncos, aparentemente muertos, surgiendo la vida en esas ramitas verdes que, tímidamente se abren paso.

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En la foto vemos un hipotético bolo terráqueo cubierto de flores blancas y, se nos viene a la memoria el párrafo del Libro del Apocalipsis que dice: - “Éstos que están vestidos de blancas vestiduras, ¿quiénes son y de dónde vienen?...

-Éstos son los que vienen, de la gran tribulación y han lavado sus túnicas en la Sangre del Cordero”

Hoy celebramos la Fiesta de Todos los Santos. Ser santos nos parece una cosa extraordinaria pero, la posibilidad que Dios nos ofrece de ser santo, es para todos los bautizados, también para todos los que quieren acogerse a la Bondad y la Misericordia de Dios y abandonarse a su Voluntad como un niño se abandona a los brazos de su madre. Sobre todo, ser santo es saberse HIJO y saberse AMADO, pero creyéndolo desde las raíces más profundas de nuestro ser.

Que todos disfrutemos de esta promesa que hoy la Iglesia nos invita a celebrar y… ¡manos a la obra!